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11 noviembre 2018

El precio del objetivo

Ella quería alcanzar la sabiduría de los grandes sabios, llegar a ser tan poderosa como ellos, pero sabía que el comienzo sería muy complicado porque llegar a ser una de las grandes era casi una misión imposible. Necesitaba mucho tiempo y no perder el aliento a las primeras de cambio. Perseverar hasta conseguir su objetivo, sin perder la esencia que la definía; la humildad.
Comenzó a trabajar sin descanso para alcanzar su objetivo, día y noche. Pasados diez años lo había conseguido. Había llegado por fin a la cima; la propusieron para el Consejo de Sabios.
Sin embargo, la tarde anterior a su nombramiento todo cambió. Salió de su casa camino a la biblioteca. Un mendigo se le acercó y le pidió una limosna. Ella lo miró con desprecio y le dijo apartándolo con la mano derecha:
—Quítate de mi camino.
Caminó durante unos minutos y se detuvo frente a la biblioteca. Dio media vuelta y regreso a su casa. Una vez allí, hizo una pequeña maleta con lo justo y necesario y se fue para siempre.
Fuente de las imágenes: Pixabay y @talentclub

01 octubre 2018

Quieres que llegue el invierno

Ya sé que quieres que llegue el invierno. Que no te gusta el verano, ni el Sol, ni la playa, ni su engorrosa arena. También sé que no te gusta la oscuridad, ni el olor rancio de la humedad, que se te mete hasta la más oculta de tus fibras. Que esperas a que abran las puertas y que te liberen de la madera sucia de este viejo ropero y volver a pasear por los parques de la ciudad; pero no olvides que este es el sino de los abrigos de paño. 
Entiendo tu añoranza por el frío, por esos días en que el viento gélido acaricia tu lana y los copos de nieve se posan suavemente sobre tus pliegues. Aguardas paciente, mientras el calor se desvanece lentamente, imaginando esos momentos en los que vuelves a ser útil y necesario. La vida en la penumbra del armario no es fácil, lo sé. La espera se hace eterna y las sombras que te rodean se vuelven compañeras indeseadas. La madera cruje con cada cambio de estación, y el moho amenaza con dejar su impronta.
Pero no desesperes, querido abrigo. El verano no es eterno y tu momento llegará. Las puertas se abrirán, la luz volverá a acariciar tus botones y la brisa invernal te envolverá una vez más. Entonces, volverás a sentirte vivo, recorriendo las avenidas, protegiendo del frío a quien te lleva. Ese será tu instante de gloria, cuando el invierno te devuelva a la vida y los días soleados sean solo un recuerdo lejano.
Hasta entonces, resiste. La oscuridad no dura para siempre y la madera vieja no puede contener tu esencia. Llegará el día en que los parques te vean pasar, que las hojas secas crujan bajo tus pasos, y que el viento frío sea tu compañero. No olvides que, aunque el ropero sea tu prisión temporal, el invierno siempre vuelve, y con él, tu propósito.
Fuente de las imágenes: Pixabay

26 septiembre 2018

El recuerdo de tus huellas



Guardaba aquel vaso con sus huellas porque era lo único tangible que le quedaba de ella. Todo lo demás eran recuerdos que eran borrados, día a día, con el cincel inexorable del tiempo.
Fuente de las imágenes: Pixabay

04 julio 2018

El carnaval de la vida



Se miró en el espejo de cuerpo entero de su habitación. No se reconocía, pero se gustaba mucho, demasiado, pensó para sus adentros. Se observó con detenimiento, por un lado y por otro. Había hecho un buen trabajo. Ese día se lo merecía y porque lo esperaba, con ansia, todo el año. La peluca rubia, con aquellos rizos mágicos de pelo natural, el rímel negrísimo en las pestañas, el colorete justo en las mejillas, el carmín rojo, intenso, en los labios, las lentillas azul marino, el traje negro azabache y entallado, las medias negras de rejilla, los ligueros rojos, la ropa interior a juego y los zapatos de aguja de ocho centímetros de tacón.
Por unos días dejaba atrás a esa persona que nunca quiso ser y que guardaba en el armario, para sacar a la mujer que siempre llevaba dentro, la mujer que quería ser, pero que no se atrevía a ser porque eso significaba romper, en mil pedazos, la rígida estructura del mundo que él conocía y que mantenía a su familia.
Así salía a la calle, dispuesta a comerse el mundo y a todo lo que se le pusiera por delante.
Por fin había llegado el carnaval, donde todo era posible por unos días.
Fuente de la imagen: Pixabay

25 junio 2018

Entre tréboles, picas, rombos y corazones

cards
Él sabía que suerte era un ser que no tenía dueño, que no había manera de atarla en corto, que, a la primeras de cambio, se te escapaba y no volvías a verla en mucho tiempo.
Lo había probado todo, tocar madera, los tréboles, los santos patrones y hasta el dorado gato chino, pero no había manera. La suerte lo había abandonado.
Recordó los tiempos aquellos en que la suerte le sonreía, aquellas partidas interminables con los tahúres que ya se conocían como hermanos, sus gestos, sus tics, sus sonrisas socarronas y hasta el olor cuando la partida se torcía. Tiempos en los que ganó mucho dinero y la suerte lo abrazaba con fuerza, hasta que una noche lo perdió todo.
Ahora entra en un bar, se detiene delante de una máquina tragaperras y busca, en sus bolsillos, una moneda que sabe que no tiene. Se queda hipnotizado viendo el baile, monótono, de las picas, los rombos, los tréboles y los corazones, hasta que alguien le toca en el hombro y le dice que se aparte. Entonces se da media vuelta y se va. No le gusta ver cómo la suerte le sonríe a otros.
Entonces, antes del anochecer, se va al viejo puente que está a las afueras de la ciudad, para encontrar un buen lugar a sotavento donde dormir entre cartones. Allí, entre la duermevela, cuenta los días que le quedan para que le ingresen los cuatro cientos ochenta y cinco euros de la paga no contributiva y darse una ducha, afeitarse y dormir una noche en caliente, en una pensión de mala muerte.
A la mañana siguiente buscará una buena partida y ver si le cambia la suerte. Sin embargo, el se olvida que la suerte es esquiva, que se pierde en los vapores etílicos, en la noche oscura y entre los tréboles, las picas, los rombos y los corazones.

Fuente de la imagen: Pixabay

23 mayo 2018

Muñecos rotos

Aquella noche fue diferente, tan diferente que decidió salir en busca de él. No recordaba como le había dicho que estaría vestido, solo un lugar y una hora. Se dio una ducha ligera para quitarse el sudor pegajoso de la noche del cálido verano, pidió un taxi y esperó. Mientras esperaba, pensó cómo sería aquel desconocido que se había atrevido a quedar con ella la primera noche y después de un breve intercambio de palabras a través del ordenador.

Sí, definitivamente, a ella le gustaba jugar al filo del precipicio y sentir esa sensación, incomprensible, de vértigo, que ninguna experiencia se la hacía sentir, pero

¿le gustaría a él?
Ese aspecto, la verdad, le importaba poco o nada. A ella solo le importaba disfrutar con aquella experiencia arrebatadora que la embargaba por completo.
Se levantó, fue a su cuarto oscuro donde guardaba todos sus juguetes, cogió las esposas, su traje de látex negro, las pinzas de acero, las bolas y el látigo corto. Cuando agarró el cuchillo de dos filos, una sonrisa se le dibujó en sus labios y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo que hizo que se pusiera en marcha.
Hoy volvería a jugar con otro muñeco que, con toda seguridad, al amanecer, terminaría roto en el fondo de un barranco.
Así eran los juegos a los a ella le gustaba jugar.

Fuente de la imagen: Pixabay

25 abril 2018

La hora del viaje

Era la hora. Cogió la cucharilla ennegrecida y preparó el billete para su viaje. Cargó la jeringuilla con el líquido burbujeante que revivía en la cuchara. Buscó la vena del tobillo, esa que se escondía en el calcetín y allí se pinchó.

El viaje comenzaba con un sopor que lo elevaba hacia lugares siempre desconocidos y se mantenía allí, sin saber muy bien dónde estaba, pero se sentía feliz.

Así escapaba de una realidad que no le gustaba, que evitaba que se tirase por un puente y enterraba, una vez más, a su cobardía.

Fuente de la imagen: Pixabay

12 abril 2018

A por tabaco


Él se levantó sin decir nada. Miró a través de la ventana. No llovía. Miró el reloj de la pared. Eran las doce y cuarto de la mañana. Apagó la televisión, se quitó el pijama y se vistió. Cogió la cartera y las llaves. Se quedó un instante con las llaves en la mano como si quisiera saber cuánto pesaban y las volvió a dejar donde siempre; en el cenicero de granito negro que le había regalado su hermano.  Miró a su mujer y le dijo que iba a por tabaco y que regresaría en cinco minutos. 

En ese momento ella comprendió que jamás volvería. 
Sentada en el sillón de cuero raído, recordó aquel día en que lo había obligado a dejar de fumar. ¿Cuánto tiempo había pasado? Ya casi no lo recordaba. 

—¿Hacía treinta o treinta cinco años? —Se preguntó mientras  recordaba cuando entraron por primera vez en el piso de protección oficial. Él fumaba un cigarrillo mientras contemplaba las vistas desde su balcón. 

Ella se acercó, le quitó el cigarro, abrió la ventana, lo tiró y le dijo muy seriamente:
—Paco, aquí no se fuma. El tabaco o yo.


Fuente de la imagen: Pixabay

14 marzo 2018

El olvido


Llegó a casa temprano, estaba cansado, una siesta no le vendría mal. Se desvistió, se duchó y se puso el pijama. Iba meterse en la cama, cerrar las persianas y dormir hasta que llegara su mujer. Se sentó en su lado de la cama, se acostó y se dispuso a leer un rato. Buscó el libro que estaba leyendo, pero no lo encontró. En su lugar había unas gafas que no reconocía, con una montura azul eléctrico rematada por tonos amarillos en sus extremos. Las cogió y se las puso, entonces comprendió que su mujer le debía una explicación.


Fuente de la imagen: propia.