03 mayo 2019

Historia de ayer. Cometas


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Ya ha pasado mucho tiempo de cuando lanzábamos las cometas al viento, quizás más de cuarenta años, que son muchos, pero el recuerdo sigue ahí, vivo y nostálgico.
Recuerdo que comenzábamos yendo a buscar las cañas a los barrancos cercanos, que, por aquella época, no teníamos que ir muy lejos, porque nuestro barrio, Escaleritas, todavía estaba en la frontera exterior y no había sido engullido por la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y gozábamos de algunos descampados para jugar.
Justo al lado de nuestra calle teníamos un pequeño barranco, que estaba cerca del canódromo, aunque nosotros lo llamábamos los Galgos, porque la palabra canódromo nos resultaba algo extraña y los galgos nos parecía un topónimo más acertado y, por supuesto, más coloquial.

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Allí, en ese pequeño barranco, crecían algunas cañas que cortábamos para hacer el esqueleto de nuestra futura cometa, después las cortábamos por la mitad y montábamos la estructura utilizando el tan socorrido hilo carreto, luego cortábamos el papel de seda y lo pegábamos con una masa de papa sancochada, porque no teníamos goma de pegar.

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Para terminar confeccionábamos la cola de la cometa y para ello utilizábamos retales de ropa vieja; las camisas eran nuestras preferidas porque pesaban poco y eran ideales para el equilibrio de la cometa.
Luego atábamos el mazo de hilo carreto al centro de la cometa, nos íbamos al descampado que estaba detrás de nuestra calle a echar las cometas que habíamos hecho. Averiguábamos la dirección del viento utilizando el dedo índice mojado con saliva, entonces uno la agarraba y cogía distancia, mientras el otro corría agarrando el hilo hasta que la cometa subía impulsada por la velocidad y el viento.
Así, poco a poco, la cometa subía y subía hasta que llegaba al límite del mazo. Algunos, los más atrevidos, ataban otro mazo para que la cometa subiera hasta que la perdíamos de vista porque decían que pedía más, que daba tirones para que le diéramos más hilo y decíamos: échale hilo a la cometa.
Cuando la teníamos allá arriba, jugábamos a enviarle un mensaje, que no era otra cosa que un cartón recortado de forma redonda, cuadrada o triangular, que enganchábamos al hilo y veíamos como nuestro mensaje subía dando vueltas hasta que se perdía de nuestra vista.
Luego la bajábamos y al tenerla en tierra con nosotros, comprobábamos que el papel de seda estaba mojado, prueba de que la cometa había subido mucho.
Después nos íbamos satisfechos para casa porque habíamos hecho un buen trabajo, una experiencia aeronáutica muy básica, pero inolvidable para los niños de mi época.

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