04 julio 2018

El carnaval de la vida



Se miró en el espejo de cuerpo entero de su habitación. No se reconocía, pero se gustaba mucho, demasiado, pensó para sus adentros. Se observó con detenimiento, por un lado y por otro. Había hecho un buen trabajo. Ese día se lo merecía y porque lo esperaba, con ansia, todo el año. La peluca rubia, con aquellos rizos mágicos de pelo natural, el rímel negrísimo en las pestañas, el colorete justo en las mejillas, el carmín rojo, intenso, en los labios, las lentillas azul marino, el traje negro azabache y entallado, las medias negras de rejilla, los ligueros rojos, la ropa interior a juego y los zapatos de aguja de ocho centímetros de tacón.
Por unos días dejaba atrás a esa persona que nunca quiso ser y que, por unos días, guardaba en el armario, para sacar a la mujer que siempre llevaba dentro, la mujer que quería ser, pero que no se atrevía a ser porque eso significaba romper, en mil pedazos, la rígida estructura del mundo que él conocía y que mantenía a su familia.
Así salía a la calle, dispuesta a comerse el mundo y a todo lo que se le pusiera por delante.
Por fin había llegado el carnaval, donde todo era posible por unos días.
Fuente de la imagen: Pixabay