14 octubre 2016

Quinientos gramos

Al entregarle el paquete, lo miraba, le temblaba la mano al entregárselo, se quedaba en silencio mientras él abandonaba la panadería y sonreía cuando volvía antes de cerrar. Sin embargo, ella sabía que un día no regresaría y sabría que lo habían matado, como a un perro, en cualquier esquina del barrio, para robarle los quinientos gramos de farlopa que había en el paquete. «Así era el negocio y las cuentas hay que pagarlas. De hacer pan no se vive, querida.», le dijo su segundo marido cuando perdió a su primer hijo. Aún le quedaban dos de sus hijos en la lista.