06 marzo 2015

Hay que cerrar las puertas

Kénan Tursó había llegado a Gran Canaria en un vuelo con escala en Barajas, procedente de Marsella para pasar unos días de descanso en el sur de la isla redonda y dejar atrás, por unas jornadas, todo el ajetreo y la tensión diaria que suponía estar al frente de una de las organizaciones mafiosas más importantes de Francia.

Al llegar a su habitación del Hotel Sheraton de Maspalomas, pensó que necesitaba una buena ducha caliente para mitigar el cansancio y el estrés que había acumulado desde hacia muchos meses, justo desde que accedió a la cúpula de la mafia marsellesa.

Se desnudó, se dirigió al aseo, abrió el grifo del agua caliente para llenar la bañera y darse un baño de sales. Mientras esperaba, se detuvo delante del gran espejo que ocupada toda la pared. Observó la multitud de cicatrices que tenía por todo su cuerpo. Se palpó la que tenía bajo su pecho izquierdo, muy cerca del corazón, que se la había hecho en una reyerta entre dos bandas rivales que luchaban por el control de la droga en el barrio de La Canebiére y que estuvo a punto de mandarlo para el otro barrio. Buscó, sin éxito, algún rastro de la gran cicatriz que le había cruzado el rostro, desde el extremo del ojo derecho hasta la comisura derecha de la boca y que le había acompañado desde los catorce años hasta hace casi seis meses, cuando se sometió a una cirugía estética, que la borró para siempre. 

Recordó perfectamente que se la había hecho en el patio del reformatorio, cuando André Bugart, uno de los matones más temidos del correccional, le quiso dar una lección y le cortó la cara con un tenedor que había afilado hasta dejarlo tan fino como una cuchilla de afeitar. Mientras sentía como la sangre caliente que le recorría por el rostro, él pudo revolverse, arrebatarle el tenedor y clavárselo en el corazón en tres ocasiones, hasta que André cayó de bruces sin un aliento de vida. 

Volvió a la realidad. Se metió en la bañera y el agua le cubrió todo el cuerpo, dejando solo su cabeza fuera, con una pequeña toalla caliente, azul eléctrico que le ocultaba el rostro. 

Sin saber muy bien por qué, pensó en los padres que nunca tuvo, porque desde que tenía uso de razón, no recordaba otra cosa que las paredes sucias y los barrotes de los reformatorios. Nunca tuvo familia. ¿Hubieran sido diferentes las cosas si hubiera tenido familia? Ahora, eso ya no importaba nada; la vida era la que le había tocado vivir, no había otra.

Se sumergió dentro del agua hasta que los pulmones le empezaron a arder, salió y se secó con una de las magníficas toallas de la suite. Se puso el pijama de raso negro que estaba doblado encima de la cama, buscó su móvil, le colocó la tarjeta y la batería y llamó a René Rongar, su lugarteniente y fiel amigo. Pero René no contestó.

Al otro lado de la calle, muy cerca de la vivienda de René, una pequeña furgoneta Peugeot, color granate, había recibido el primer aviso de que Tursó había activado su teléfono, menos de cuarenta segundos, los suficientes para localizar la llamada.

Kénan volvió a desmontar su teléfono móvil, quitándole la batería y la tarjeta porque sabía perfectamente que podían dar con su paradero y no quería que nadie supiera dónde se encontraba. Abrió el minibar, buscó entre las pequeñas botellas algún Whisky apto para beber, pero solo los encontró de mala calidad. Así que levantó el teléfono, marcó el nueve, se puso en contacto con la recepción, pidió una botella The Macallan, de treinta años, un filete de ternera poco hecho y un cóctel de frutas variadas.

En la espera, pensó que acabar con Ives Fournier no había sido la mejor manera de llegar a la cúpula de la organización mafiosa, pero no había tenido otra alternativa. Ives no era un buen tipo, estaba desequilibrado y los hubiese llevado, sin remedio, al conflicto permanente con las otras mafias que residían en Marsella. Hubiera echado por tierra todo el trabajo que había realizado su padre, Marcel, durante casi treinta años. Todos estaban hasta el gorro de las locuras de Ives, pero nadie era capaz de poner fin al asunto. Hasta aquella tarde, en la que acribilló, a balazos, a toda la familia de un jamaicano por haber vendido unas papelinas de heroína en sus calles. 

Esa misma noche, Kénan fue al hospital a visitar a Marcel. El viejo patriarca llevaba en coma inducido más de seis meses, después de un derrame cerebral que lo había dejado como un vegetal. Quería decírselo, aunque sabía que no escuchaba.

Luego citó a Ivés en el velero de cincuenta pies de su padre, para hablar del futuro de la organización. A los treinta segundos de pisar el salón principal del barco, le metió un tiro en la cabeza. No tuvo ningún remordimiento.

Después de cenar y de unas cuantas copas del espléndido whisky escocés, a eso de la una de la madrugada, decidió ir a dar un paseo por los alrededores, pidió un taxi y se dirigió hacia la zona de Playa del Inglés. Paseó por la orilla hasta casi las tres de la mañana, mientras los últimos turistas buscaban refugió en algunos de la garitos que permanecían abiertos. El primer bostezo fue la señal inequívoca de que ya era hora de volver. Caminó por las calles desiertas sin saber muy bien hacia donde se dirigía. Se sentía perdido. Buscó un taxi para que lo llevase al hotel, miró hacia su izquierda y vio como un coche se aproximaba, pensó que podría tratarse de un taxi, pero no. El coche puso las luces largas y aceleró de una manera inesperada y rápida. Kenán, instintivamente, sacó su pistola y efectuó cuatro tiros, pero sin dar en el blanco. Al instante, el morro del coche impactó contra su muslo derecho, partiéndole el fémur en tres partes y levándolo más de tres metros del suelo. Al caer, se rompió la nariz y sintió cómo se le rompía la mandíbula. Intentó levantarse, pero no sentía los pies. Buscó con desesperación la pistola, pero no la encontró. El coche hizo un trompo, subió por la acera, volvió hacia donde él estaba y lo arrolló rompiéndole la caja torácica, dejándole el corazón destrozado. Kenán sentía que la vida se le iba, levantó como pudo la vista y vio cómo alguien se bajaba del coche. Oyó unos pasos que rompían los cristales de los faros del coche, el sonido metálico de un cargador y la voz de una mujer que le decía: 

—Hay que cerrar bien las puertas, Kénan. ¿No te lo enseñaron en el reformatorio?

Se oyeron dos tiros secos, apagados por el silenciador. Después la mujer se perdió, a pie, por las calles de Maspalomas. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, buscó un teléfono público, marcó un número internacional y cuando descolgaron a cuatro mil kilómetros dijo:

—Muerto el perro, se acabó la rabia.