17 diciembre 2012

Merche, un alma caritativa

Aquella pesadilla era recurrente, siempre la misma. Se veía tirado en una esquina, durmiendo en la calle, entre cartones viejos y con todas sus pertenencias en el carrito de un hipermercado. Sintió como alguien lo llamaba por su nombre y lo zarandeaba para despertarlo:

—¿Mario? Despierta, ya casi ha amanecido. Hoy tenemos café con leche, calentito, con dos buenas cucharadas de gofio y un pan con chorizo de Teror. ¿Qué te parece?
Abrió los ojos como pudo, con el regusto amargo de aquella pesadilla y la realidad lo abofeteó. Estaba rodeado de mantas viejas, cartones, el carrito del hiper y tenía mucho frío.
—¿Cómo te encuentras hoy?

Él la miró. Era Merche, puntual como siempre a su cita. Todos los días recorría las calles del barrio con su bicicleta repartiendo el desayuno a los que dormían en la calle.

—Ya sabes, Merche, estamos bien, pero siempre podríamos estar peor.

—¿Necesitas algo?
—Está haciendo mucho frío y ayer me robaron el abrigo...

—A ver...Tenemos la misma talla. Toma mi abrigo. Es también chubasquero. Te vendrá de perlas para este invierno.
—Pero...

—No hay pero que valga, Mario. Yo soy una mujer de campo y aguanto muy bien el frío —le dijo quitándose el abrigo y entregándoselo.

—Gracias.

—Toma el bocadillo y el café con leche. Cuídate Mario. Hasta mañana y abrígate.

La vio alejarse calle abajo, pedaleando en busca de otro a quién darle el desayuno. Mario pensó que si Dios existía, tenía que llamarse Merche.