06 febrero 2012

Amparo y su sonrisa

Se llamaba Amparo y tenía una sombra siempre triste en su mirada, pero solo si te encontrabas con ella antes de las siete de la mañana porque, a partir de ese momento y después de que sentía el agua fresca en su cara, todo cambiaba, se miraba al espejo y se le dibujaba una enorme sonrisa en su rostro. 

La mayoría de los días amanecía con aquella sombra triste en su semblante; era como una maldita garrapata que intentaba chuparle la alegría de vivir. Pero Amparo se decía: ¡Qué coño, para tres días que estamos aquí, no voy a salir a la calle con esta cara de cuatro metros! Y salía radiante y sonriente, a tratar de ser feliz, porque pensaba, que una sonrisa era el mejor saludo que le podías dar a un nuevo día.

Muchas veces se preguntaba por qué se levantaba tan triste. Ella pensaba que, de alguna forma, durante la noche bajaba a sus infiernos y que su maldito inconsciente, traía de vuelta toda la inmundicia como una asquerosa mercancía y se la ponía en la mesa para desayunar. 

Sin embargo, Amparo, a pesar de la realidad de sus infiernos oníricos, se revelaba cada día contra ellos. No estaba dispuesta a caminar con la loza de un pasado que le había tocado vivir, que no había podido elegir y que se encontró en el camino, como el que se encuentra, sin esperarlo, con una tormenta.

Sí, ella tenía sus infiernos, pero no estaba dispuesta a quemarse en ellos. Por esa razón sonreía todos los días, porque sabía, que sus sonrisas, siempre convertían su triste mirada en una mirada llena de vida.