08 octubre 2012

Aleguetiando con CHO JUAÁ


El invierno y el frío ya estaban aquí. Llegaron del norte, de la  mano de una ola de frío Siberiano que se metía por todas las rendijas de mi cuerpo mientras paseaba por la calle de Triana en Las Palmas de Gran Canaria.
Cuando la tarde se puso la máscara de la noche, recordé la invitación de Malena para que fuera a ver la exposición de su padre, el gran Cho Juaá. Con paso ligero y decidido, me dirigí hacia el CICCA donde estaba la exposición de Eduardo Millares Sall.
A llegar, no sé porqué, no había nadie; ni el vigilante jurado, ni la celadora, nadie por ningún lado, solo yo. Miré el reloj: las siete y siete minutos con siete segundos del día siete de febrero. El siete siempre ha sido un número mágico, pensé.
Miré para todos lados y encogiéndome de hombros, bajé a ver la exposición. Al entrar, me sentí extraño, con escalofríos y algo mareado. Me convencí de que se debían a los restos del resfriado que me había acompañado en las últimas dos semanas y no al acontecimiento más increíble que me había pasado nunca.
Comencé a disfrutar de la exposición y cuando estaba contemplando uno de los primeros cuadros, oí el murmullo lejano de la música de un timple, acompañado del bullicio de gente que hablaba. Me giré y creí que sería el hilo musical que ambientaba la exposición. Pero el sonido fue creciendo y el mareo también, tanto, que me tuve que sentar debajo de un arco de medio punto un rincón tranquilo en el que podía descansar. Desde ese lugar, tenía la visión perfecta del maletín de pinturas de Eduardo Millares, del que brotaban todos los colores y figuras que nacían de su desbordante imaginación.
Sentado, seguía oyendo el timple del que salían los acordes inconfundibles de una folía, el tintenear de los vasos al brindar y el grito de: salú, compadre. Sin quererlo fui perdiendo la conciencia y me despertó el zarandeo y una voz masculina que me decía:
—Cristiano, vuelva en sí. Tome, jéchese un carta di oro, que despierta a los mismos muertos.
Miré para todos lados. ¿Dónde demonios estaba? ¿En un bar rodeado de parroquianos salidos de las viñetas de Cho Juaá? Sin duda estaba soñando o delirando.
—¿Oíga, ya está mejó? Es que, mie uste, que con estos fríos del jártico, a cualquiera se le camba el totiso y le da un vahio de esos.
—Sí, ya estoy mejor, gracias —le contesté sin saber muy bien porqué lo hacía.
—Venga, levántese, coja un poco de resuello y siéntese uste con nosotros.

Gentileza de Malena Millares
—Gracias, es que no sé dónde estoy... —le dije confuso al tiempo que me sentaba junto a él y sus amigos.
—¡Ay, mi madre! ¿No estará uste templao y quiere dormir la mona?
—No, caballero, no estoy borracho, solo algo aturdido, no entiendo muy bien que me está pasando.
—Mire amigo, está uste en La Puntilla, en el bar de Pepito, el Sajosniao...
—Pepito, ¿el qué?
el Sajosniao...usted no es de por aqui, verda, parece peninsulá.
—No..., no, nací aquí, en Escaleritas —le contesté aturdido.
—¡Coño! Ahí viven mi compadre Marsialito y mi comadre, Casildita. Jace unos años le dieron una casa del Patronato, de esas de las de Franco. Pero no están a gusto en ese barrio, ¿entiende?, no hay un buen bar, p’a jablar con los amigos y echarse al buche, unos manises, un enyesquito de carajaca y un traguito de ron. Es que cuando has nacido en La Isleta, te mueres en La Isleta, eso le digo yo, a mi compadre. Por eso se vienen toas las tardes p’a La Puntilla, en la línea tre, aquí si están bien, están en su salsa. Él jugando conmigo a la baraja, jugándonos unas perras y ellas, aleguetiando cosas de mujeres.
—¿Pero dónde estoy? —le volví a preguntar perdido.
—Pero, cristiano, se lo acabo de decir, uste está peor...mería purísima ¿Qué dónde está? Por Dios y la Virgen Santísima, uste está más perdío que un choni en La Isleta. ¡Fefa! ¡Fefa! ¡Fefa! Mi mujé está cada día más sorda, mañana le compro un foní. ¡Fefa!¡Fefa!
—¡Dimeeeeee Juaá!
—¡Chacha!, traime un carta di oro p’a este paisano, a ver si se recompone un pizco y coge un poquito de tino.
Me quedé unos instantes observando a mi interlocutor. Era sin duda, Cho Juaá, como si hubiera salido de alguno de los cuadros que había en la exposición. Frente a mí estaban Marcialito, Casildita, Fefa, Cho Juaá y en un rincón, el loro Cloteo que no dejaba de gritar: ¡Sajosniao, otro ron! ¡Sajosniao, otro ron! ¡Sajosniao, otro ron!
—¿Usted es Cho Juaá? —le interrogué con alguna duda.
—Sí, ¿uste me conoce? Yo no reconozco sus josicos y es la primera vez que lo veo.
—Bueno es lógico, yo era un niño cuando usted era famoso...
—¿Famoso?, ¿quién? ¿yo? Creo que la templaera le está afectando al sentío.
—Hubo una época en la que usted, su mujer Fefa, Marcialito, Casildita y el loro Cloteo, salían en el Diario de Las Palmas hablando de sus cosas.
—¿Nosotros? ¿En el Diario? Cristiano cuando salga de aquí, vaya al médico, uste no está muy bien de la asotea.
—Espere, espere que busco algo... —le dije mientras buscaba el díptico de la exposición para enseñárselo, pero no pude, porque me percaté de que ya no tenía mi ropa, sino un pantalón negro, con una finas rayas grises, un fajín azul marino, una camiseta blanca, un corto chaleco negro y un cachorro en la cabeza.
—Lo ve, es que estos inviernos vienen cada vez más fríos y le enfrían a uno las entendederas y empiezan a ver fantasmas por tos laos, se lo digo yo. Igualito le pasó a Papastenemos, que de tanta jartera de ron blanco, veía monstruos por todos lados. Es que el ron, hay que echárselo con fundamento y siempre acompañado de amigos, de un enyésque de esto y de aquello, unos chochos bien servíos  y pan biscochao, ansí, el ron, blanco o rubio, no se le sube a uno a la cabeza. Porque cuando uno empieza a beber solo, los caminos terminan por cambarse, se lo digo yo, que conozco mucho mundo.
Durante unos instantes, fui consciente de todo lo que estaba pasando a mi alrededor; el mundo de Cho Juaá había cobrado vida, sus personajes tenían la palabra aquella tarde del siete de febrero, a las siete y siete con siete segundos.
Sin pensarlo mucho, decidí seguir el juego que la realidad o la ficción me habían puesto frente a mí y me eché unos rones de más, comí, canté, toqué el timple, bailé con Fefa, con Casildita, le hablé a Cloteo y salí de bar de Pepito el Sajosniao bien entrada la madrugada sin saber muy bien a dónde iba.
A la mañana siguiente me desperté en el pasillo de urgencias del hospital Doctor Negrín, acompañado de mi mujer que me miraba con cara de pocos amigos.

Gentileza de Malena Millares
—¿Qué pasó, Magda? —le pregunté sin saber muy bien porqué estaba en el hospital.

—¿Que qué pasó? Tú sabrás dónde te has metido toda la noche. Tendrás cincuenta llamadas en el móvil.
—No tengo ni idea que me ha pasado esta noche —le mentí, porque no podía decirle la verdad, jamás me creería.
—¿No?
—No, la verdad...
—Pues debe ser verdad que los borrachos no se acuerdan de nada...
—¿Borracho?
—Como una cuba...¿pero de verdad que no te acuerdas de nada?
—¡Qué no! —Volví a mentir.
—Pues te encontró dormido y medio borracho, a la una de la mañana, el vigilante de seguridad del CICCA, en la planta de abajo y con el timple que estaba expuesto en la exposición de Cho Juaá.
—¿Qué?
—Yo tampoco me lo creo, Roberto, conociéndote como te conozco, después de quince años de casados, pero hay incluso una denuncia policial para esclarecer los hechos. Te salvas porque eres amigo de Malena Millares y su familia no ha presentado denuncia porque no falta ni un cuadro y están en perfectas condiciones. Incluso, el timple, dicen que lo afinaste...
—¿Yo? Si no tengo ni idea de cómo afinar un timple.
—Pues es un misterio lo tuyo.
Cuando salí del hospital, a primera hora de la mañana, llamé a mi amiga Malena para pedirle disculpas por lo sucedido y decirle que algún día teníamos que quedar y le explicaría en persona, lo que realmente había ocurrido aquel siete de febrero, a las siete y siete en el segundo siete.

En homenaje a Eduardo Millares Sall, Cho Juaá.