15 septiembre 2011

La suerte estaba echada

La suerte estaba echada y no había vuelta atrás. Llevaba treinta y cinco años jugando al mismo número, el 30510 y nunca le había tocado ni un mísero céntimo, nada de nada.
Después de los primeros cinco años de estar abonado, ya comenzó a sospechar que ese número estaba gafado, pero ¿cómo iba a dejar de jugar después de tantos años? Así que continuó jugando, año tras año, como el que mantiene una promesa y con la íntima esperanza de que algún día le tocara.
Sin embargo, los años pasaron y la suerte también.
Había llegado el día en el que jugaría por última vez al 30510, no había vuelta atrás.
Después del sorteo, se conectó a Internet desde su móvil, miró el número que había resultado ganador y otra vez la suerte le había esquivado. Observó el número y lo susurró al viento: treinta mil quinientos diez. Luego lo rompió en pedazos y los lanzó al aire.
Dio media vuelta y se dirigió a la administración de loterías,  compró el 55935 y le dijo al lotero que quería abonarse a ese número. ¿Y qué hacemos con el 30510? Ya no voy a seguir jugando. ¿Seguro? Mira que si sale, te vas a arrepentir toda la vida. La decisión está tomada, ya no hay vuelta atrás.
Salió de la administración de loterías con el 55935 en la mano, con un desasosiego que le oprimía el pecho y con las palabras del lotero que campaban a sus anchas por su cerebro: Mira que si sale, te vas a arrepentir toda la vida.
Se quedó un momento delante de la puerta de la administración, dio media vuelta, volvió a entrar y le dijo al lotero:
——Dame mi número, quiero seguir con el abono.
——¿Y qué hacemos con el 55935? ¿Cancelo el abono?
——No, no lo canceles, vamos a ampliar horizontes, a ver si la suerte termina llegando.
——Los números de lotería, amigo, son como las buenas amantes, nunca puedes dejarlas porque siempre las tienes en la cabeza ——sentenció el lotero.
——Sí, como las buenas amantes... ——le dijo mientras cogía el camino para ir a su casa y pensando que él nunca había tenido amantes pero sí un número que nunca salía.
El sábado siguiente trabajó muy duro, estaba muy cansado de ir de puerta en puerta, vendiendo seguros de vida. Se palpó la cartera y pensó en el sorteo. Tenía el pálpito de que ese era el día en que podía cambiar su suerte. Un sueldo para toda la vida y 5.000.000 € en un pago único. Así rezaba el anuncio. Eso era lo que él necesitaba para dedicarse a la vida contemplativa, un golpe de suerte.
Llegó a su casa cuando casi estaba oscureciendo y se puso cómodo. Se sentó en el sillón frente al televisor con una pizza y una cerveza. Tomó buena cuenta de la Margarita, y se bebió tres cervezas más mientras esperaba el comienzo del sorteo. El sorteo empezó y se tumbó en el sofá.
Seguía con atención el giro del bombo y cómo las bolas iban de un lado para otro en su interior, siguiendo el mandato imperativo de las leyes de la física y de la probabilidad. Intentó seguir los números que él estaba jugando, pero iban a demasiada velocidad, de arriba abajo, de izquierda a derecha, pero continuó siguiéndolas como si estuviera hipnotizado o en trance.
Las bolas de la suerte comenzaron a salir. El cinco. Ya tengo uno, se dijo mentalmente. El cinco. Otro, volvió a repetir. El nueve, ¡Otro! Gritó. El tres, ¡No puede ser! Su corazón comenzó a latir con mucha rapidez y el cuerpo le temblaba. El cinco. Dio un salto de alegría con el número en la mano, ¡me ha tocado!, ¡me ha tocado! ¡Por fin me ha tocado!
Sin embargo, comenzó a sentir un fuerte dolor en el pecho, como si le apretasen el corazón y quisieran arrancárselo. Un sudor frío le recorrió todo el cuerpo y sintió como el brazo izquierdo se le agarrotaba. Se puso de rodillas y cayó de bruces. Se arrastró por el suelo en un intento de alcanzar el teléfono para llamar al 112. Pero se había quedado sin fuerzas.
Tirado en el suelo, frente al televisor, tenía una visión perfecta de su número, de su serie y de los bombos. Sentía como se le iba la vida y sin soltar el 55935, su última visión fue de la bola con el número de serie que le concedía un sueldo de 72.000 € para toda la vida y de la bola especial, que le otorgaba el premio único de 5.000.000 €. En un instante de lucidez, pensó que, la suerte, se había burlado definitivamente de él.
Pero el sonido de su móvil se oía con insistencia y pensó que si estaba muerto, no podría oírlo y se despertó de forma brusca. Se había quedado dormido siguiendo las bolas del bombo y había tenido una horrible pesadilla. La pizza,  las cuatro cervezas y el cansancio habían hecho su efecto.
Cogió su móvil y se conectó a Internet para comprobar si había tenido suerte, sin embargo, tampoco en esta ocasión la había tenido, había que seguir jugando.