23 julio 2011

Yo te maté.

Sí, me acuerdo de ti, de cuando jugábamos en las calles corriendo detrás de tus fantasías que te explotaban como las flores en primavera, de cuando echábamos las cometas, aquellas con el alma de caña, que vestíamos con papeles multicolores y que pegábamos con papita asada, en un cacharro viejo con agua de alguna acequia cercana o cuando jugábamos en nuestro árbol blanco, pintando en la empedrada carretera, que le luego descubrí que era nuestra versión particular del béisbol.

Sí, me acuerdo de ti, de cuando construimos una gran tirolina, con un raído cable de acero que encontramos en uno de nuestros barrancos y nos tiramos con un viejo manillar de bicicleta, escupiéndole a la cara al peligro, o de cuando, con aquel apestoso colchón, nos tiramos por las laderas del Barranco de La Ballena en busca de la velocidad y la adrenalina nos salía por los poros.

¿Te maté o te fuiste muriendo poco a poco de aburrimiento? Porque, poco a poco, como carroñeras sin piedad, llegaron las responsabilidades, los horarios, las puntualidades, los salarios, los consumos, los que dirán, los que serás el día de mañana, los problemas por todo y por nada, las envidias, las venganzas...

Sí, lo sé, yo te mate.

Ahora te busco en los recuerdos, que es lo único que me queda, sumergirme en las profundidades, darte la mano y volver a ser el niño que fui, ese que de vez en cuando me toca a la puerta y me pregunta ¿jugamos?