10 enero 2011

Malasangre

A partir del siguiente  argumento, hice estos dos relatos desde dos puntos de vista narrativos distintos. Espero que te gusten.
Argumento: un hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Esta se muda allí; encuentran un sirviente sombrío que el testamento les prohíbe expulsar. El sirviente los atormenta; se descubre, al fin, que es el hombre que les ha legado la casa.

Primer relato.
Querida Esther:
Como te conté en mi última carta, fue toda una sorpresa recibir aquella maravillosa mansión de aquel multimillonario desconocido y que todo estaba yendo de maravilla a pesar del mal carácter del sirviente.
Después de más de un año viviendo en la casa, nuestra relación con el sirviente se ha vuelto insoportable. Este malnacido se ha propuesto hacernos la vida imposible, no deja de molestarnos continuamente y de hacer el holgazán todo el tiempo. Tu hermano Nataniel, hace unas semanas, se propuso despedirlo, pero el sirviente, al que hemos apodado Malasangre, se burló en su cara, diciéndole que eso era imposible, porque él venía con el paquete. Tuve que utilizar todo mi poder de convencimiento para que Nataniel no lo apaleara allí mismo. No comprendemos por qué se comporta de esa manera; es vil, mal educado y algo siniestro.
La semana pasada fuimos a la ciudad a hablar con el albacea, para confirmar lo que nos había dicho el sirviente y este nos ratificó lo que ese bastardo nos había dicho y que la única forma de deshacernos de él era marchándonos o con su muerte.
Ese mismo día decidimos ir al mercadillo de la ciudad. Tu hermano se detuvo en un puesto de libros de segunda mano —sabes que siempre le ha gustado leer— y entabló una agradable conversión con el puestero. Él nos preguntó dónde vivíamos y le dijimos que en la gran casa a las afueras de ciudad, en una de las orillas del río Tres Gargantas. El librero nos dijo que esa mansión había pertenecido al viejo Rogelio Piernavieja, el hombre más rico de la ciudad y un tipo huraño y solitario que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro. Nosotros le dijimos que no lo conocíamos y que un señor muy rico, nos había dejado la mansión en herencia. Tu hermano, todavía no sé porqué, le preguntó si había alguna fotografía del señor Piernavieja. El librero, con una pequeña sonrisa, nos dijo que lo siguiéramos y nos llevó en dirección al mayor banco de la ciudad. Cuando entramos, nos dirigimos hacia una de las amplias paredes del salón principal, en la que había un retrato inmenso del señor Piernavieja, que no era otro que el maldito sirviente, Malasangre.
Nos miramos preguntándonos que era lo que estaba ocurriendo. No entendíamos nada. Nos despedimos del librero atropelladamente y volvimos a la casa a buscar las respuestas a nuestras preguntas. Al llegar, encontramos al sirviente sentado en el comedor, vestido como si fuera un duque, bebiendo un buen vino y dando cuenta de un maravilloso pavo al horno. Nataniel le preguntó, con vehemencia, por qué se había hecho pasar por un sirviente, cuando era un hombre rico y poderoso. Él nos contestó que había llegado un punto en su vida en que todo le parecía tedioso, que necesitaba tener nuevas aventuras y que le parecía una extraordinaria experiencia hacerse pasar por un andrajoso sirviente que atormentara a unos pobres y desconocidos herederos. Pero nos dijo que el juego ya había acabado, que ahora él volvería a ser la persona que había sido y que nosotros tendríamos que volver a ser unos mugrientos desconocidos. Le gritamos que había un testamento en el que se decía que la casa era nuestra pero él se burló de nosotros a mandíbula batiente. Nos dijo que estaba vivito y coleando, que iría a la ciudad y revocaría el testamento. Sus carcajadas retumbaban en todo el salón, haciendo que su burla fuera más hiriente. Jamás había visto llorar a tu hermano Nataniel. No sé si de rabia o tristeza. Malasangre seguía comiendo y riéndose, hasta que su risa se tornó en una tos leve. Luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar: se había atragantado con un trozo de pavo. Observamos cómo la vida se le escapaba sin remedio. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el maravilloso pavo asado, sin un aliento de vida, llevándose consigo todas sus miserias.
Podíamos haberle ayudado, pero eso hubiera sido desvirtuar su macabro juego.
Llamamos a los servicios de urgencia, pero nada pudieron hacer por su vida. En las horas siguientes, se presentó un inspector de la policía, un tal Aquiles Barrientos, que nos hizo algunas preguntas sobre cómo había acontecido la muerte de señor Piernavieja. Hoy mismo, el inspector nos ha llamado para comunicarnos que la autopsia ha confirmado que la víctima había muerto a causa de atragantamiento y que podíamos estar tranquilos.
Ahora, querida Esther, estamos pensando en vender la mansión, trasladarnos al pueblo de tus padres, vivir en una confortable casa, con un pequeño huerto que cultivaremos y tener una cuantiosa cuenta corriente en el banco del señor Rogelio Piernavieja.
Esperamos con impaciencia que nos hagas una visita.
Se despide, tu querida cuñada Ana Rosa.   

Segundo relato: 
    
El inspector Aquiles Barrientos llegó a la mansión del señor Rogelio Piernavieja pasadas las tres de la tarde. Al llegar se encontró con los sanitarios recogiendo el material que habían utilizado para intentar reanimar a la víctima. Ahora estaban esperando a que llegara el juez de guardia para poder levantar el cadáver y llevarlo al anatómico forense para hacerle la autopsia.
Aquiles Barrientos sacó su pequeño bloc de notas, se dirigió hacia el sofá donde estaba sentado el matrimonio joven que vivía en la casa hacía más de un año y les dijo:
—Soy el inspector Aquiles Barrientos y me han encargado que realice las primeras pesquisas sobre este caso. ¿Cómo se llaman?
—Yo me llamo Nataniel y mi mujer Ana Rosa —le contestó con voz seria el joven.
—¿Ustedes conocían a la víctima?
—Sí, se podría decir que era nuestro sirviente.
—¿Se podría decir? —preguntó el inspector.
—A ver por dónde empiezo…
—Por el principio, empiece por el principio que es por donde se suele empezar, porque el final ya lo conocemos.
—Pues bien, hace aproximadamente más de un año recibimos una notificación de un abogado de la ciudad que decía ser el albacea de una persona millonaria y que nos había dejado una gran mansión en herencia. Nosotros, que somos un matrimonio pobre, recibimos la noticia con mucha alegría pero también con incredulidad y no le dimos mayor importancia. Pero el albacea se presentó, una semana después, en nuestro humilde hogar con el testamento. Le dijimos que todo eso nos parecía extraño y que seguro que se debía a alguna equivocación. Sin embargo, él nos confirmó y nos convenció de que no se trataba de ningún error, que todo estaba en regla. Así que, sin pensarlo más, nos dirigimos a la mansión que habíamos heredado. El abogado nos dijo que al llegar nos recibiría un sirviente que llevaba muchos años empleado en la mansión.
—Parece una historia extraña, muy extraña, porque ¿quién deja en herencia una gran estancia a una pareja desconocida?, pero continúe, continúe —Le dijo el inspector.
—Al ver la mansión quedamos impresionados, pero nos encontramos con un problema: el sirviente tenía un carácter muy difícil y era un vago. En más de una ocasión le llamé la atención porque no hacía sus labores y tenía un comportamiento intolerable. Un día me hizo perder los papeles y lo amenacé con despedirlo. Pero se burló de mí y me dijo que yo no podía hacer eso porque él venía con el paquete. Sin pensarlo más, nos dirigimos hacia la ciudad para hablar con el albacea, para corroborar lo que nos había dicho el sirviente. El abogado nos dijo que no podíamos despedirlo porque esa era la única condición que se establecía en el testamento y si lo despedíamos perderíamos lo heredado. Salimos del despacho decepcionados. Antes de volver a casa, decidí pasar por el mercadillo para ver si veíamos alguna oferta interesante. Me detuve en un puesto de libros y estuve hablando un rato con el librero que nos preguntó dónde vivíamos. Le dije dónde y me informó que esa mansión pertenecía al señor Rogelio Piernavieja, que era el hombre más rico de la ciudad, pero que tenía fama de huraño y solitario y que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra. No sé muy bien por qué, le pregunté si había alguna fotografía del señor Piernavieja y me dijo que sí. Nos condujo al banco más importante de la ciudad y en una de las paredes del salón principal, había un gran retrato del señor Rogelio Piernavieja que no era otro que nuestro sirviente.
—¡¿El sirviente?! —preguntó con un grito el inspector Aquiles Barrientos.
—Sí, el sirviente, señor, el sirviente. Salimos del banco como alma que lleva el diablo, en dirección a nuestra mansión, para que ese bastardo nos diera una explicación, porque no entendíamos nada. Al entrar nos lo encontramos en el comedor, sentado, vestido con sus mejores galas y comiendo un estupendo pavo asado. Le pregunté por qué nos había engañado haciéndose pasar por un sirviente, sabiendo que era un señor muy rico. Él se burló en nuestras narices, diciéndonos que la vida de rico era muy tediosa y que quería vivir nuevas experiencias y aventuras, pero que el juego ya había acabado.
—¿El juego?
—Sí, como lo oye, para él todo había sido un juego. Entonces siguió riéndose a carcajadas hasta que empezó a toser levemente. Yo no pude contener las lágrimas de rabia y de impotencia. Pero luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar; se había atragantado con un trozo de pavo. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el pavo asado sin un aliento de vida.
—¿Y no hicieron nada por socorrerlo? —preguntó el inspector.
—Lo pensamos, pero no sabíamos cómo ayudarlo —mintió Nataniel.
—¿No conocen la maniobra de Heimlich?
—¿Heimlich? ¿Quién es ese? —preguntó Ana Rosa.
El inspector pensó en explicársela, porque esa técnica había salvado muchas vidas, pero se dijo que ahora no tenía tiempo.
—Entonces, muerto el sirviente, es decir, el señor Piernavieja, ustedes se quedan con la mansión —argumentó el inspector.
—Sí, se cumple con lo que estaba estipulado en el testamento —volvió a intervenir Ana Rosa.
—Su muerte les ha venido como anillo al dedo… —les dijo el inspector pensando que tenían motivo y oportunidad para haber planeado su asesinato.
—Muerto el perro, se acabó la rabia —le contestó Nataniel.
En ese momento hizo acto de presencia el juez de guardia, que entró acompañado por el secretario y dos policías. El inspector siguió con la mirada los pasos del juez y le dijo a la pareja:
—Ahora tengo que dejarlos, he de hablar con el juez. En principio, la cosa parece clara, aunque al ser ustedes herederos directos —hizo una pausa pensando en la posibilidad de un envenenamiento— puede haber alguna complicación. Todo dependerá de los resultados de la autopsia. Ya les llamaré con cualquier novedad que haya sobre el caso.
El inspector se alejó de la pareja y se dirigió hacia el lugar en el que estaba el juez. Nataniel y Ana Rosa se miraron y sonrieron porque sabían que el futuro era prometedor.
A la semana siguiente, el inspector Aquiles Barrientos llamó a la joven pareja para comunicarles que el forense había dictaminado que el señor Piernavieja había muerto a causa de un ahogamiento, debido a que un trozo de carne le había obstruido la traquea.
Nataniel y Ana Rosa hablaron de vender la mansión, de irse a vivir al pueblo de los padres de Nataniel, de comprar una casa con un huerto y el dinero sobrante, invertirlo en una cuenta de alto rendimiento en el banco del señor Rogelio Piernavieja.