30 octubre 2010

El hombre que amaba la lluvia

El viento del Sur soplaba con fuerza, llovía a cántaros y el agua corría por los barrancos buscando el mar. Celinda miraba a través de los cristales, observaba como arreciaba el temporal, sintiendo dentro de ella, cómo su hijo se removía después de cada trueno. Recordó lo que le había dicho su abuela Remedios: los tiempos del Sur siempre traen agua y si además hay Luna llena, las lluvias son muy fuertes y muchos partos se adelantan, porque la Luna  tiene una influencia mágica sobre los líquidos.
Pensando en esto, se levantó como pudo, agarrándose la pesada barriga de los recién cumplidos ocho meses de embarazo. Se dirigió hacia la cocina a mirar el almanaque del año 1970 que estaba colgado junto a la nevera. Buscó con la mirada el sábado 21 de febrero. Vio una gran Luna llena, amarillo plátano, que le sonreía y le picaba un ojo. Volvió hacia su cama, y siguió viendo como la lluvia seguía cayendo cada vez con más fuerza.
A media tarde, el temporal dio una tregua. Pero era solo una calma momentánea, porque cuando ya oscureció, cayó tanta agua, que todos los barrancos se desbordaron, llevándose a su paso, árboles, tierras de cultivo, casas y carreteras.
Desde su ventana, Celinda veía como el agua arrastraba con todo a su paso, pidiéndole a Dios que pasara pronto el temporal y que su abuela estuviera equivocada, y que solo fueran cuentos de vieja. Pero su abuela no se equivocaba, porque cuando la Luna estaba en lo más alto, un dolor intenso en el bajo vientre la despertó. Fue como si le hubieran dado una patada en la canilla. Se agarró por instinto la barriga y gritó llamando a su madre.
  ¡Mamá! ¡Mamá!
Su madre se despertó sobresaltada, subió corriendo las escaleras y se la encontró encogida, aferrada a su vientre y dando gritos de dolor.
  ¿Qué pasa hija? —Le preguntó.
  ¡Ya viene mamá! Ya viene. —Exclamó Celinda.
  Pero si todavía no estás cumplida.
  Ya lo sé, pero he roto aguas. Será por la Luna llena, como dijo la abuela.
  Será. Aguanta un poquito que voy a llamar a tu padre para que nos lleve al hospital. Aunque con este temporal, cualquiera pone un pie en la calle, pero hay que intentarlo.
Al cabo de unos minutos, ya estaban en el viejo Land Rover de su padre, que les había dicho que, si la cosa se ponía fea, tendrían que dar la vuelta. La situación se puso muy fea, tan fea, que a medio camino, tuvieron que detenerse porque el agua se había llevado la carretera y no podían seguir su camino.
El padre sabía que la cosa se estaba poniendo bastante complicada. Como era un perfecto conocedor de la tierra que pisaba, tomó la determinación de alejarse de la carretera y del barranco, en dirección hacia las cuevas de los aborígenes. Subió, hasta donde pudo, con el todo terreno, lo más cerca posible de las cuevas. Emprendieron el camino hacia  arriba, siguiendo la vereda de cabras que el padre iluminaba con una linterna del ejército, sintiendo la pertinaz lluvia que no dejaba de caer.
A medio camino, Celinda se detuvo, miró a su madre y le dijo hincando las rodillas en el suelo enfangado:
  No puedo más, ya viene, mamá. Ya viene. Este ya quiere salir.
Sin perder tiempo, su padre tiró su chaqueta de cuero en la tierra para que su hija se tumbase sobre ella. Al cabo de media hora, los llantos del niño resonaron en la noche, mientras la lluvia bañaba por primera vez su cuerpo y los rayos iluminaban el cielo.
Así, Alonso José vino al mundo en una noche de lluvia, rayos, truenos y Luna llena, una noche que marcaría toda su existencia.
Un día, con apenas cuatro años, tomó consciencia de la lluvia, cuando comenzó a oír el sonido de las gotas que caían en el patio de su abuela. Salió mirando hacia el cielo como buscando la razón de tanta agua. Observó, como caían miles y miles de gotas cristalinas que empapaban su cuerpo. Sacó la lengua para sentir el golpeteo grácil de las diminutas gotas, se quitó la camiseta para sentir sus caricias y comenzó a dar vueltas, casi desnudo, mientras el agua bañaba todo su cuerpo. Ese fue el día en que se enamoró de la lluvia.
Cada vez que llovía, se las ingeniaba para escaparse, salir corriendo a la calle, pararse con los brazos abiertos mirando hacia el cielo, chapotear en los charcos y sentir como se calaba hasta los huesos.
Su madre, lo intentó todo. Lo encerraba en su habitación desde que comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia para que no se escapase, pero siempre se las ingeniaba para salir a encontrarse con ella.  
Dando la guerra por perdida y sabiendo que nada podía hacer ante la pasión de su hijo, le compró unas botas de agua y un chubasquero azul marino porque así, por lo menos, evitaría que un día se muriera de una pulmonía.
En el pueblo, se fueron acostumbrando a su excentricidad y ya veían normal verlo en el centro de la plaza jugando con el agua que caía, girando con los brazos abiertos y chapoteando en los charcos que encontraba a en su camino.
A los veinte años, comenzó sus estudios en la universidad donde nunca dejó de tener sus escarceos con la lluvia. En una ocasión, una de las pocas novias que tuvo, le preguntó por su afición a mojarse:
  Alonso, ¿por qué te gusta tanto la lluvia?
  Si te digo la verdad, no lo sé. Pero desde que oigo las primeras gotas, algo se remueve dentro de mí, y tengo que salir corriendo a sentirla. Mi madre siempre me dice que eso tiene relación con el día en que nací.
  ¿Sí? ¿Por qué? ¿Qué pasó ese día?
  Mi madre me dijo, que me parió en medio de un temporal de lluvia y viento. Pero literalmente. Cuando se puso de parto, salieron hacia el hospital, pero no pudieron llegar y dio a luz en el campo. Lo primero que sentí al llegar a este mundo fueron las gotas de lluvia y además, el primer baño que me dieron, fue con agua procedente del cielo. Por eso dice mi madre que me gusta tanto.
Después de acabar sus estudios universitarios, encontró un trabajo bien remunerado en una empresa de diseño gráfico. En su oficina, siempre tenía una muda de ropa de repuesto en el armario, porque cuando comenzaba a llover, sentía la irresistible tentación de salir corriendo de la oficina y mojarse hasta quedar calado hasta los huesos. Cuando volvía empapado, las miradas de incomprensión de sus compañeros de trabajo, los seguían con el rabillo del ojo, hasta que se encerraba en su despacho.
 Un día, después de una de estas salidas, su jefe lo llamó a su despacho y le dijo con tono severo:
  Alonso, esta historia inexplicable con la lluvia se tiene que acabar. Eres uno de mis trabajadores más competentes, pero tenemos que cortar este asunto de raíz, porque el rum-rum por los despachos es ya un clamor. Me tienes que reconocer que tu afición es un tanto excéntrica.
  Lo sé Vicente. Las miradas me lo dicen todo, pero no hago mal a nadie. Yo cumplo como el que más, saco todo mi trabajo adelante y alcanzo los objetivos que la empresa me fija.
  No estoy poniendo en tela de juicio tu valía como trabajador. Pero esta empresa tiene una imagen internacional que hay que proteger y tus salidas, con el tiempo, terminarán por perjudicar esa imagen.
Durante un tiempo, controló el ansia de salir corriendo en busca de la lluvia, ayudado por una primavera seca y un verano aún más seco.
Pero un día de otoño, salió de su casa y miró al cielo. Estaba cubierto por un manto de nubes negras, cargadas de tanta agua que barruntaban una inminente tormenta.
 En el horizonte, se podían ver los primeros rayos, seguidos del estruendo de los truenos que resonaban en toda la ciudad y que él sentía en su alma.
Cuando llegó a su trabajo, comenzó a llover como nunca y con tanta fuerza que sintió lo que jamás había sentido. Bajó corriendo las escaleras, salió del portal y se quedó quieto en el centro de la carretera, al tiempo que el agua le empapaba toda la ropa.
Allí sintió la fuerza y la pasión de la lluvia. Ese era el día en el que se quería entregar a su amada. Poco a poco, se fue quitando la corbata, la chaqueta, la camisa, el pantalón y los calzoncillos, hasta quedarse desnudo. Abrió los brazos y sacó la lengua, para sentir los dulces besos que recorrían cada poro de su cuerpo. Mientras, los viandantes miraban estupefactos la escena y los coches no dejaban de tocar el claxon. La calle se llenó de curiosos que bajo sus paraguas, inmortalizaban la escena en sus teléfonos móviles, mientras caía el quinto diluvio.
La policía local no tardó en llegar, metiendo todo el ruido que les fue posible con sus estridentes sirenas. Salieron en tropel de sus coches patrullas, lo detuvieron, lo esposaron y lo trasladaron a los calabozos de la Jefatura Provincial. Posteriormente lo multaron por exhibicionismo y escándalo público.
Durante el tiempo que estuvo en los calabozos, reflexionó sobre lo que le estaba pasando, en particular, en las razones que le llevaban a actuar de esa manera. Pero no las encontró, porque la pasión, no atiende a razones.
A la mañana siguiente, salió en la mayoría de las ediciones impresas y online de los principales periódicos locales. Incluso, algún portal de Internet, había subido un video que ya había recibido más de un millón de visitas.
Cuando volvió a su trabajo, encontró encima de su mesa la carta de despido y una suculenta indemnización, fruto de sus más de veinte años dedicados a la empresa. Miró a su alrededor y se despidió con una sonrisa de sus compañeros. Recogió sus cosas y se marchó para siempre.
Durante un tiempo, buscó refugio en el silencio de su hogar, leyendo los libros que aún le quedaban por leer y visitando a los contados amigos que le comprendieron.
Seguía escapándose los días de tormenta, hacia lo más profundo del bosque, con su chubasquero tres cuartos como única prenda de ropa, para desnudarse y empaparse hasta que el frío lo terminaba por derrotar.
Así que un día, decidió seguir el camino que le indicaba su corazón. Estuvo algunas semanas buscando información sobre pueblos abandonados, interesándose en aquellos que estaban ubicados en el norte, en los que llovía con cierta frecuencia.   
Después de no pocas llamadas, muchos papeleos, de vender su casa y de utilizar parte de sus ahorros, logró comprar un pueblo abandonado llamado Bárcena de Bureba, en Burgos.
Durante unos meses, vivió de alquiler en una pequeña casa en el Ayuntamiento de Abajas, municipio muy cercano al pueblo que había comprado.
Eligió una de las mejores casas de su pueblo, una de sillares y piedra negra, con un techo a dos aguas y unas viejas tejas rojas que tuvo que reemplazar una por una con la ayuda de una cuadrilla de obreros que se encargaron de la restauración de aquella casa solariega. Arregló la pequeña chimenea y la amuebló con mobiliario rústico que compró en el pueblo vecino.
En el patio exterior, había un viejo pozo lleno de agua que, según decían los obreros, se alimentaba de un río subterráneo que llegaba de la sierra.
Con el paso de los meses, la casa se fue haciendo habitable y confortable. La acondicionó con placas solares fotovoltaicas, porque allí nunca había llegado la luz, que le permitiría vivir en unas condiciones aceptables. También tuvo la suerte, de que el alcalde de Abajas, se había empeñado en instalar las nuevas tecnologías en su pueblo, y había instalado, a las afueras del pueblo, una gran antena de telefonía móvil que había sido sufragada con parte de los presupuestos del consistorio. Esto le permitió seguir desempeñando su trabajo de diseñador gráfico como freelance, ya que aquella tecnología telefónica, le permitía conectarse a Internet sin demasiados problemas y contactar con sus potenciales clientes a través de la Web.
Esperó a la primavera para ir a vivir a su nuevo hogar. Llegó con un viejo Land Rover que había comprado de segunda mano, un cachorro mil leches que había encontrado abandonado en la carretera, dos maletas y su ordenador portátil.
Al llegar miró al cielo, que comenzó a cubrirse, se sentó en el vetusto banco de piedra que estaba junto al pozo, respiró profundamente y sonrió.
Mientras, comenzaron a caer unas débiles gotas, que terminaron por convertirse en un fuerte aguacero. Se levantó, y se fue despojando de la ropa, mientras su perro lo miraba desde el refugio de la vieja loza del banco. Se quedó totalmente desnudo, abrió los brazos, sacó la lengua, y comenzó a dar vueltas como un loco, gritando a los cuatro vientos:
  ¡Aquí quiero vivir para siempre!