10 mayo 2010

El beso deseado

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El mejor vino, para el mejor paladar, el vino de Requena que anima el alma y espanta las penas. Así resonaba el cántico alto y limpio de Etual, un joven mozárabe que bajaba todas las semanas a la ciudad de Valencia, allá por el siglo X, a vender el vino de las bodegas de su familia en las posadas de la ciudad.
El viejo Calev, que era un próspero comerciante judío, oyó con claridad el cántico del vendedor de vinos y como apreciaba el buen caldo, esperó su llegada para comprarle dos o tres pequeñas tinajas al joven Mozárabe.
Cuando Etual llegó a las puertas del comercio, se encontró con Calev, que estaba regateando el precio de una partida de alfombras con un árabe. Allí vio por primera vez a la joven Telalit que era una de las hijas de Calev. Sus miradas se encontraron por un instante, se sonrieron y Etual le preguntó:
—¿Me atiendes tú o espero por tu padre?
—Vete llenando estas tinajas. Si Padre quiere más, él te lo dirá.
Mientras Etual llenaba las tinajas, no dejaban de mirarse y de sonreírse. Al entregarle las tinajas, sus manos se rozaron por un momento, se volvieron a mirar y agarraron por primera vez el hilo invisible del amor.
Después de un año de miradas, caricias y sonrisas furtivas, en uno de esos encuentros, aprovechando que Calev había ido al puerto a recoger unas mercancías, Etual le dijo:
—Telalit, me gustaría verte esta noche, necesito sentir tus labios en los mios, abrazarte y besarte.
—Etual, yo también lo deseo, pero nuestro amor es imposible. ¿Olvidas que soy judía y tú mozárabe? Jamás podríamos casarnos y eso sería una locura.
—Ya lo sé, pero vivamos esa locura, amor, vivámosla. Escucha, cada noche, si quieres verme, pon una copa de vino en tu ventana, esa será la señal para nuestros encuentros.
—Será muy arriesgado, Etual, si nos descubren mi padre te despellejará vivo y a mí, no sé lo que me haría.
—Correremos ese riesgo. Amor, ya no puedo vivir sin ti. Esta noche volveré, pero antes dame un beso.
—¿Un beso? ¿Tú estás loco? ¿A plena luz del día?
—Sí, un beso, quiero besar tus labios Telalit.
La muchacha se acercó y le besó los labios con una dulzura que él nunca olvidó, su cuerpo se estremeció y le dijo:
—Hasta esta noche mi amor.
Así, todas las noches de todas las semanas de los años siguientes, Etual, visitaba a su amante y furtivamente se fueron amando hasta la locura.
Hasta que un día, Telalit dejó de poner la copa de vino en su ventana. Pasaron las semanas y los meses. El joven no entendía lo que ocurría, pero seguía acudiendo cada noche a su cita y vendiendo su vino al viejo Calev. Mientras, su joven amante, lo observaba desde lo alto de su ventana, bebiéndose las lágrimas del dolor y la pena.
Una noche de primavera, Etual encontró la copa de vino en la ventana, su corazón le dio un vuelco y esperó. Al poco, salió su amada. Se besaron y se abrazaron como nunca lo habían hecho, como si su mundo se fuera acabar en ese preciso instante. En ese momento, Telalit le dijo con tristeza:
—Dentro de tres semanas me caso con el señor Ivri, un viejo asqueroso al que no quiero, pero mi padre necesita su dinero para ampliar su negocio. Le entrega una buena dote por mí.
—¡No! Eso no puede ser, yo te amo Telalit, no te puedes casar.
—Yo también te amo Etual, pero nuestro amor es imposible.
—¿Qué haremos entonces?
—Olvidarnos de este amor. No hay otra salida.
—¿Olvidarnos de nuestro amor? Sería capaz de cortarme el cuello si no tengo tu amor, Telalit. Necesito tus besos, tus caricias, y quiero formar una familia, tener hijos…
—Todo lo que dices es una locura.
—Escúchame, te amo y sé que tú me amas. ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar por nuestro amor?
—Sabes que haría lo que fuera por estar contigo, te amo con toda mi alma.
—Tenemos tiempo de preparar nuestra huida. Todos los domingos sale un barco hacia Nápoles. El capitán es un buen amigo mio, porque siempre le dejo el vino a buen precio. Estoy seguro que nos llevará a cambio de las ocho tinajas de vino que traigo cada semana. Es sencillo Telalit, yo vendré a buscarte dentro de dos semanas. Ese domingo, si veo la copa en tu ventana, sabré que te vendrás conmigo, si no la veo, lo entenderé y de igual forma me iré, porque no podría soportar verte en brazos de otro hombre y que te marchites como una rosa en el desierto.
—Pase, lo que pase, Etual, nunca olvides que te amo.
—Nunca lo olvidaré, vida mia.
El joven mozárabe preparó todo el viaje, habló con el capitán que no le puso ninguna objeción para llevarlo hacia Nápoles al precio convenido.
Al amanecer del domingo previsto, Etual fue en busca de su amante con un hatillo de ropa, una pequeña mata de los viñedos de su padre y las dos mulas con las tinajas de vino.  Miró hacia la ventana y no vio la copa de vino. Cuando el mozárabe bajaba por las calles oscuras de Valencia, creyó oír el grito ahogado de su nombre que se perdía por las callejuelas, se giró pero solo encontró la oscuridad de la noche.
Las lágrimas bajaron por su rostro como torrentes en busca del mar, comprendió que hay amores imposibles y partió con el recuerdo de una copa de vino, de unos besos y con una esperanza en su corazón.