05 mayo 2010

Carta a papá

Papá, ayer soñé contigo y parecías tan real, como si no te hubieras ido hace ya más treinta y nueve años. Cuando me desperté, tuve un desasosiego extraño porque ese sueño había sido tan verosímil, tan tangible... Allí, en el mundo de lo onírico, te miré a los ojos y te reconocí, me acariciaste, te acaricié, me llevaste de la mano, me protegiste de los peligros y me sonreíste. Pero todo era un sueño.
Después me levanté y fui a mi cartera a coger la vieja fotografía que siempre llevo conmigo, para no olvidarme que un día exististe, y te vi allí, en blanco y negro, cuando yo daba mis primeros pasos por el mundo y a ti la vida se te estaba empezando a escapar de las manos.
Estuve un rato observando la fotografía y pensé en cómo hubiera sido mi vida si no te hubieras muerto… ¿Todo hubiera sido diferente? Seguro que sí.
No me hubiera pasado ocho años de mi vida en un internado, esos años que tanto han marcado en mi vida. Esos años, los más importantes de la infancia, los hubiera pasado contigo, con mamá, con mis hermanos y mis amigos del barrio. No pudo ser.
Me habrías enseñado a montar en bicicleta, me habrías guiado por mis primeros pasos en la lectura y en la escritura, habrías jugado conmigo a mil juegos, habríamos ido a la playa a jugar en el mar, habríamos ido a ver las pegas, de nuestro Minerva, contra el Porteño o el Morales. ¡Cuántas cosas hubiéramos hecho juntos, papá!
Todo hubiera sido muy diferente.
Ahora te lo digo, papá, sin ti la vida ha sido un poco más dura, un poco más difícil y un poco más triste, pero siempre he tenido tu imagen de buena persona y del buen padre que siempre quisiste ser y que la vida te arrebató. Esa ha sido la estrella que siempre me ha guiado hasta llegar aquí, tu buena estrella siempre me ha acompañado y lo hará hasta el final de mis días.