18 marzo 2010

La sorpresa


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Era el primer sábado de primavera, me asomé al balcón y un magnífico día se abría ante mí. A mi lado, me sonreía y movía el rabo mi perrita Apolonia, que no sé porqué, sabía, que hoy tocaba gran paseo por el parque y muchas, muchas carreras detrás de su pelota multicolor.
Después de desayunar, a eso de las diez y media, salí con Apolonia en dirección al gran parque que hacía bien poco, había sido inaugurado por el señor Alcalde a bombo y platillo, porque las elecciones estaban a la vuelta de la esquina. El parque estaba a quince minutos, a pie, desde mi casa. Tengo que reconocer, que era magnífico, de no sé cuantos metros cuadrados de zonas verdes y de esparcimientos varios. Un lujo para aquellos que lo podíamos disfrutar, de cuando en cuando.
Para llegar a él, teníamos que atravesar unas viejas ramblas que estaban repletas de vetustos árboles, en su mayoría, plátanos, Platanus Hibrida, como los solía llamar mi padre, que se perdían en el cielo.
Apolonia, se había acostumbrado a hacer sus necesidades por los rincones de aquella larga rambla, por la sencilla razón de que, entre semana, esa era la zona de sus carreras y juegos.
Como siempre, empezó a dar vueltas como buscando un tesoro perdido, pero claro, yo sabía que el resultado, no iba a pasar de una deyección mal oliente. Por fin, encontró el lugar, y mirando hacia las copas de los plátanos, como buscando ayuda del cielo, defecó una cantidad considerable de excrementos.
Esto es lo menos que me gusta de tener un perro, pero claro, hay que estar para las verdes pero también para las maduras.
Después de su acción escatológica, Apolonia salió corriendo como liberada de un gran peso. Yo saqué de mi bolsillo una bolsa del Corte Inglés, muy grande para mi gusto, que había cogido del guarda-bolsas de mi casa, y recogí, con sumo cuidado, la defecación para tirarla a la primera papelera que encontrara.
Mientras mi perra corría de aquí para allá, yo llevaba en mis manos la bolsa del Corte Inglés con los restos de una buena digestión canina, buscando donde depositarla.
Por fin, divisé una papelera, que estaba al otro lado de calle. De un silbido llamé a mi perrita, que corrió hacia mí. La até en corto en un banco cercano y me dispuse a cruzar la calle. Cuando estaba en la otra acera, oí el ruido ensordecedor de una motocicleta, giré la cabeza y pude ver claramente que se acercaba a gran velocidad. Casi sin tiempo a reaccionar, el acompañante, de un tirón, me arrebató la bolsa y se perdieron calle abajo. Me quedé unos instantes sin saber que hacer, pero al pensar en lo que se iban a encontrar mis encantadores ladrones cuando abrieran la bolsa, me tuve que sentar en el bordillo de la acera, riendo a mandíbula batiente. Mientras, Apolonia me miraba sin entender absolutamente nada y moviendo el rabo, solo queriendo que siguiéramos nuestro camino, hacia el destino que nos esperaba, en el gran parque, aquel esplendido sábado de primavera.