23 noviembre 2010

El paisaje acabado

Sus jefes lo estaban esperando como agua de mayo. Él lo sabía y tenía que trabajar muy duro para tenerlo terminado en la fecha prevista. Pero aquel paisaje se le había atragantando de mala manera. No había forma de encajarlo en el juego de estrategia por ordenador en el que llevaba trabajando más de dos años. Faltaba algo en el paisaje, pero no sabía el qué.
El tiempo pasaba y la fecha de entrega le martilleaba la cabeza, como un mazo inexorable que le recordaba que tenía que acabarlo. Una madrugada fría encontró la solución.
A la mañana siguiente, llamó a sus jefes y los citó al mediodía para presentarles la maqueta. Todo estaba preparado. En la reunión les explicó, paso a paso, las interioridades del juego, sus particularidades, los trucos estratégicos y sus secretos. Hasta que llegó al paisaje con el que había estado trabajando y que tanto trabajo le había dado. Allí se detuvo y el semblante le cambió. Se acercó a la gran pantalla táctil en la que se desarrollaba el juego. Tocó el botón rojo que llevaba impresa la palabra Add, que tenía los bordes amarillos y el interior blanco. En un instante, sintió cómo su cuerpo se transmutaba, cómo cada átomo de su ser se trasformaba en millones de unos y ceros que se iban incorporando a la estructura interna del juego. Estaba dentro. Vio con claridad cómo sus jefes miraban atónitos, sin comprender nada de lo que estaba pasando. Siguió un pequeño sendero que lo llevaba hasta una casa que se parecía mucho a la suya. Entró por el garaje y se dirigió hacia un rincón  lleno de ordenadores. Se sentó delante de uno de ellos, tecleó una serie de números y palabras y el juego fue desapareciendo de la gran pantalla, sin que los asombrados jefes pudieran hacer nada.
Nadie supo explicar lo que había ocurrido aquella mañana y, aún hoy, siguen buscando al programador desaparecido y al juego inacabado.