25 marzo 2010

El mundo es un pañuelo

Fui a Barcelona a visitar a unos viejos amigos y de camino, ir a ver un partido del Barça. El partido fue magnífico, Messi, increíble, y el resto también. Barcelona siempre me ha encantando, voy cuando puedo, que es, tengo que decirlo, muy de vez en cuando.

Después del partido, salimos a tomar unas copas. Mis amigos me llevaron a una discoteca que estaba de moda, pero que para entrar, o eras socio o tenías que esperar en una cola durante más de una hora. Uno de mis amigos, el Charly, se empeñó en hablar con unos de los porteros, a sabiendas de que poco o nada podía hacer para que nos dejasen entrar. Yo me acerqué hasta el cordón rojo que hacia de frontera entre el infierno y el cielo. Mientras el Charly intentaba convencer al portero con argumentos variopintos, observé con el rabillo del ojo, que su compañero no dejaba de mirarme. Pensé que él creía que iba a sacar una mágnum, que le gustaba o algo por el estilo.

Ya cansado de las infructuosas negociaciones de mi amigo, me acerqué y le dije:

-Charly, vámonos para otro sitio que aquí no nos vamos a comer ni una rosca.

En ese momento, el portero que me observaba, preguntó en voz alta:

-¿Emilio?

Yo me giré al oír mi nombre, durante un instante me quedé mirando y buscando en mi cabeza algo que me dijera de qué conocía aquel tipo. Me acerqué y cuando sonrió, volví a mi infancia, a las calles de mi barrio, a los barrancos, a los juegos, a todo un mundo que estaba dormido en mi interior y que de repente se había despertado. Era Rodrigo, el Fideo.

-¿Rodrigo?

-Sí, joder, el mismo ¿Cuánto tiempo ha pasado?

-Pues algunos años amigo, por lo menos, veinticinco. Te perdí la pista cuando te mudaste no se a donde. Joder, este puto mundo es un pañuelo. ¿Qué es de tu vida?

Tengo que decir, que en ese preciso momento, mis amigos vieron los cielos abiertos e hicieron un corro a nuestro alrededor para no perder comba, porque sabían que ese iba ser nuestro pasaporte de entrada al cielo.

-Pues mira, me casé con una catalana hace algunos años y trabajo en un estudio con un arquitecto. Los fines de semana, pues echo unas horas aquí, que la cosa está muy jodida y hay que tapar muchos agujeros. ¿Y tú?

-Yo, con el síndrome de la abeja Maya, de flor en flor y en el paro, como casi todo el mundo.

-Bueno, entra con tus amigos y si tienes ganas, al final de la noche, charlamos un poco. Ahora tengo mucho trabajo, como puedes ver. —Dijo mirando a la larga cola que se perdía en el fondo de la calle.

-De acuerdo. —Le dije con una sonrisa.

Nos dimos un abrazo, mi miró, me sonrió y abrió el cordón fronterizo para dejarnos pasar. Mientras, por los aledaños, se oían los murmullos de las quejas de algunos llevaban esperando más de una hora en la cola.

Entramos en la discoteca, que era espectacular y no cabía ni un alfiler. Tenía tres pisos y una zona exclusiva para las Very Important Person. Me tomé unas copas para ponerme a tono, al tiempo que intentaba echarle el ojo alguna chica de buen ver, pero había perdido, con el paso de los años, el entrenamiento y eso, me pasó factura durante las primeras dos horas.

Desde la zona Vip, había una rubia que no me quitaba ojo desde hacía más de una hora. Llevaba un traje de encaje negro, que le llegaba no mucho más abajo de sus apretados muslos y tenía un agradecido y llamativo escote que dejaba adivinar e imaginar la voluptuosidad de sus pechos.

Estuvimos muchos minutos mirada va, mirada viene, sonrisa va, sonrisa viene, saludo va, saludo viene, hasta que ella, seguramente guiada por los efluvios del alcohol, me indicó, con su dedo índice, que subiera. Yo subí, cual Romeo enamorado, las caracoleadas escaleras que dirigían hacia la zona donde se encontraba la rubia y la flor y nata de la ciudad de Barcelona.

Ella, mientras tanto, ya había negociado, con unos de los porteros, mi paso al mundo de lo más exclusivo de Barcelona.

Durante algunos minutos, me sentí más perdido que un pulpo en un garaje, hasta que la sonrisa arrolladora de la rubia me cautivó y me olvidé del resto mundo.

Bailamos, nos abrazamos, nos besamos e hicimos todo lo que termina en “amos” en una pequeña habitación que también era exclusiva.

La rubia se despidió antes del amanecer, cual vampira, con un morreo que duró más de un minuto, me sonrió y desapareció escaleras abajo.

Busqué a Rodrigo, el Fideo, le pregunté a uno de los porteros y me dijo que hacía más de una hora que se había marchado.

Yo regresé a mi ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, que es también tan cosmopolita como Barcelona, buscando como un loco un trabajo que solventara, de forma definitiva, mi quebrada solvencia económica que estaba más que puesta en entredicho, por las entidades financieras que no me daban ni un céntimo de crédito.

Antes de que entrara el verano, me llamaron del paro para una entrevista de trabajo. Trabajé confianzudamente la entrevista, me acosté temprano y preparé mis mejores trapos, que era un viejo traje gris que había comprado en el Corte Inglés.

Al día siguiente, me presenté puntual a la cita. Hay varias personas esperando para ser entrevistados. Al llegar mi turno, entré y observé que la entrevistadora era una mujer rubia, que tomaba notas sobre un papel rosado. Sin levantar la cabeza, me dijo que me sentará y cuando la levantó, me llevé la sorpresa de mi vida, porque era la espectacular rubia que había conocido en aquella desenfrenada noche barcelonesa.

Ella no me reconoció, seguramente debido, a que aquella noche ella estaba hasta las cejas de alcohol o que no estuve a la altura debida como amante.

La entrevista trascurrió bajo los cánones de las típicas entrevistas de trabajo, me hizo unas cuentas preguntas, examinó mi currículum y me dijo que la secretaría me llamaría al día siguiente para saber si había sido seleccionado.

Salí del edificio con la imagen de la rubia en mi cabeza y seriamente descorazonado, no por la entrevista laboral, sino porque la rubia ni se acordaba de mí. Mi ego masculino estaba tocado en la línea de flotación.

A media tarde, me despertó, de mi sagrada siesta, el tono de un SMS. Lo busqué a tientas, lo abrí y leí:

-Tu currículum me ha impresionado, tus respuestas acertadas y contundentes; el trabajo es tuyo. Por cierto, me hospedo en hotel Reina Isabel, habitación 512, no me gusta mezclar el sexo con el trabajo. Te espero.

No pude más que alegrarme, no sé si por haber entrado de nuevo en el mercado laboral o volver a perderme en la promiscuidad de aquella felina rubia que me esperaba en la 512.