18 febrero 2010

Un momento de lucidez.


Sentado frente al mar, buscó las últimas palabras que le quedaban por escribir, esas que mil veces había repetido en los momentos en que regresaba del desierto del olvido. Sacó su pequeño bloc de notas de cuadros desgastados por el tiempo, donde escribía los momentos en que la luz de la conciencia volvía. Cogió el pequeño lápiz, aquel de tres colores que casi ni podía coger, de tanto que lo había afilado y escribió: 

«Aquí estoy ante ti, en el momento en que la cordura me da un respiro, antes de que vuelva a oscurecer hasta no sé cuando y ya no recuerde mi nombre, ni sepa quien soy cuando me mire al espejo. Ahora quiero decirte que te quise, que te quiero y que te querré allá donde me encuentre. Sé que me comprenderás».

Se levantó, dejando a un lado el pequeño bloc y el lápiz. Buscó el cutter oxidado, se colocó el viejo cinturón de plomo de cuando hacía submarinismo y se fue metiendo despacio en el agua. Sintió como el frío de las aguas del Atlántico le acariciaban su cuerpo. Cuando ya le cubrían hasta el pecho, buscó sus muñecas e hizo una pequeña incisión en la izquierda, de apenas dos centímetros. Después, otro corte en la otra. La sangre empezó a teñir el azul del agua, como una nebulosa carmesí que lo llenó todo, hasta que a su alrededor, al azul se volvió de un rojo intenso. Siguió caminando hasta que el mar lo cubrió por completo. Abrió los ojos y tuvo conciencia de lo estaba haciendo, sonrió y al momento perdió el conocimiento. El agua, con su propia sangre, le anegó los pulmones y perdió la conciencia para siempre.