25 octubre 2009

Te buscaré entre los muertos

Rosina no acaba de creérselo. Después de toda una vida trabajando, la habían puesto de patitas en la calle. Los primeros días ni se enteró de su nueva situación de desempleada, ya que las horas y los días, se los pasaba entre papales y guaguas.
Pero llegó el día, el fatídico día, de verse en su casa, con cincuenta y un años, sola, entre aquellas cuatro paredes de su pequeño apartamento que había comprado, hacía mucho tiempo, cerquita de la playa.
Decidió que no podía quedarse quieta, que tenía que volver a trabajar. Así que, resolutiva, compraba todos los días los dos periódicos locales para buscar, en la sección de clasificados, las ofertas de trabajo. Meticulosamente seleccionaba las que le interesaban, las rodeaba con una elipse irregular de color rojo y al final, de su busca y captura, llamaba por teléfono.
Pero los días pasaban, y Rosina no encontraba trabajo. Todas las ofertas que veía estaban destinadas a personas o bien más jóvenes o bien más cualificadas.
Un día, casi rendida, se a paró leer las esquelas, sin saber muy bien porqué. En la penúltima y en uno de los párrafos, pudo leer: Tus compañeros de Pastas que no se Pasan, S.L no te olvidan. Subrayó en rojo el nombre de la empresa, la buscó en las páginas amarillas, hasta que la encontró. Anotó el número de teléfono y llamó. Le contestaron que por ahora no tenían pensado sustituir a Eustaquio del Mar pero que les dejara su teléfono o que volviera a llamar pasados unos días.
A partir de ahí, Rosina dejó de lado la búsqueda en los anuncios por palabras y se dedicó a buscar trabajo en las esquelas. Con el mismo procedimiento estricto, subrayaba y anotaba el hombre de las empresas que aparecían en las esquelas, las buscaba en la guía telefónica y luego llamaba.
Después de un mes y medio de búsqueda, no había obtenido resultado, pero una mañana, sonó su teléfono:
- ¿Sí?
- ¿Rosina García?
- Sí, soy yo.
- Mire la llamamos del departamento de recursos humanos de Pastas que no se Pasan, S.L para hacerle una entrevista de trabajo. ¿Podría venir mañana a eso de las nueve?
- Sí, por su puesto.
- Anote la dirección.
- No hace falta, ya la tengo.
-Ahh, pues bien. Entonces la esperamos mañana, Dios mediante.
- Sí, Dios mediante.
Rosina colgó el teléfono y pensó que hasta entre lo muertos puede uno encontrar trabajo.