16 octubre 2009

La vecina del décimo noveno

Me acerqué a sus labios carnosos, los besé con pasión desesperada, mientras mis manos arrancaban su sujetador negro en busca de sus pezones tiernos, bajé hacia ellos y los acaricié. Ella, me miró, cogió mi cabeza y se la llevó a sus pechos, yo, como un sediento, los mordí, los besé, mientras gemía y me decía cosas en francés. Me arrodillé, levanté su minifalda y ella abrió lentamente sus piernas, invitándome a mojarme en los efluvios del placer. Acerqué mi boca, tanto, que pude sentir el calor del volcán que ardía entre sus piernas. Mis dedos, cual maestros de danza, bailaban al son de los movimientos de su cadera y mi lengua, no pudo resistirse a perderse en el rojo pasión de su entrepierna hasta que gritó de placer justo en el momento en que oímos un sonido inconfundible: habíamos llegado al decimonoveno piso en nuestro ascensor.