12 octubre 2009

Muñecos rotos

Aquella noche fue diferente, tan diferente que decidió salir en busca de él. No recordaba como le había dicho que estaría vestido, solo un lugar y una hora. Se dio una ducha ligera para quitarse el sudor pegajoso de la noche del cálido verano, pidió un taxi y esperó. Mientras esperaba, pensó cómo sería aquel desconocido que se había atrevido a quedar con ella la primera noche y después de un breve intercambio de palabras a través del ordenador. Sí, definitivamente, a ella le gustaba jugar al filo del precipicio pero ¿le gustaría a él? Se levantó, fue a su cuarto oscuro donde guardaba todos sus juguetes, cogió las esposas, su traje de látex negro, las pinzas de acero, las bolas, el látigo corto y el cuchillo de dos filos. Una sonrisa se le dibujó en sus labios y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Hoy volvería a jugar con otro muñeco que con toda seguridad, al amanecer, terminaría roto en el fondo de un barranco.