27 enero 2009

Claudia

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Cuando la encontré, no pasaban más de las diez de la mañana. Yo perdía mi tiempo buceando entre el blanco y el negro de un periódico local, como hacía cada mañana en este o aquel bar.
- Buenos días ¿Qué va a tomar? – Me preguntó con su voz musical.
- Un café solo. – Le contesté con frialdad sin apartar la vista del periódico.
- ¿Algo más? – Insistió cantarina.
Entonces levanté la cabeza para mirarla un instante y decirle lacónicamente, con mi habitual mal humor, que si no había entendido lo que le había dicho y que si hubiera querido algo más, se lo hubiera pedido.
Pero me tropecé con sus ojos. Unos ojos de un verde tan intenso y una belleza tal, que quedé enmudecido por unos instantes. El tiempo se congeló. Recordé aquel sublime sentimiento que enterré, hacía muchos años, bajo una pesada loza de fracaso y desamor. Volví a sentir como el pulso se me aceleraba ante la presencia de una mujer.
- ¿Quiere algo más? – Volvió a repetir con su voz melodiosa y con el dibujo de una arrebatadora sonrisa.
- Sí ¿Qué me puede ofrecer? – Le pregunté sin dejar de mirarla mientras el rictus de una sonrisa jugaba a salir en mi cara.
- Tenemos…
- Bueno – la interrumpí- tráigame lo que usted quiera. Seguro que acertará.
- Ok
Observé como se perdía esquivando con maestría las mesas y a los despistados clientes que buscaban el servicio, hasta que volvió con un croissant vegetal que estaba riquísimo.
Salí del restaurante-bar en silencio, acompañado por el murmullo de las conversaciones, deseando volver a encontrarme con el verde de su mirada.
Al día siguiente volví buscando refugio, como un gato que se había perdido en una noche lluviosa, para volver a bañarme en aquel mar donde se escondían sus ojos. Me volvió a sonreír mientras me preguntaba que iba a tomar y yo le contesté que un café y “luego lo que tu quieras”.
Después de ser un asiduo del restaurante, de pensar un día si y otro también en aquella camarera y de soñar las mil y una formas de amarla, caí en la cuenta que no sabía como se llamaba. Me armé de valor. Siempre he sido un tímido patológico, una enfermedad que me ha convertido en un ermitaño. Pero me sobrepuse a mi patología endémica y le pregunté su nombre.
- Claudia, me llamo Claudia.
Claudia, se llamaba Claudia. Su nombre terminó por conquistar el último baluarte de resistencia que quedaba en mi corazón. Con mis manos, fui sacando los siete metros de tierra de la tumba en la que estaba enterrado mi amor, para que volviera a ver la luz.
Volví, volví, y volví durante los siguientes días, los siguientes meses y los siguientes años, solo por el placer de verla y disfrutar de aquella belleza que me embargaba y que me hacía, simplemente, sonreír.
La amé en silencio y en secreto, como un anacoreta. Porque yo solo necesitaba una gota del amor de su océano, una sonrisa de su tierna boca, el leve instante de su mirada apresurada o un leve roce de su mano para alimentar mi amor y levantarme cada día.