06 noviembre 2009

Siempre quedará Manolo

Galería White Cube

Marcia había llegado a los cuarenta, soltera, habiendo vivido una vida tranquila y sin muchos sobresaltos. Nunca se le habían conocido novios, ni amigos con derecho a roce, ni
folloamigos ni siquiera amantes oficiales, ni nada que se le pareciera. Las malas y viperinas lenguas del barrio, decían que su soltería se debía a su tendencia secreta por la pasión lésbica y que, de madrugada, cuando los gatos maullaban por la calle veintidós, ella salía en busca de los besos y las caricias de las amazonas del puerto.
Pero Marcia, sí tenía un amante, uno secreto, y se llamaba Manolo. Era fiel, discreto, poco hablador, apenas susurraba, nunca preguntaba nada y siempre estaba dispuesto a llevarla hasta aquellos lugares donde ningún hombre, todavía, había sido capaz de llevarla, hasta el éxtasis total, hasta la locura o hasta el nirvana sexual.
Manolo sabía que puntos de su cuerpo tocar y lo hacía con suprema maestría. Sin decir una palabra, se movía como pez en el agua, jugando en su entrepierna, haciendo los movimientos exactos y precisos, ni uno más ni uno menos, hasta conseguir que todo su cuerpo se estremeciera de tal forma, que no tenía otro remedio que soltar un gran grito de placer cuando le llegaban aquel conjunto de orgasmos, uno detrás de otro.
Pero un día, Marcia, decidió salir en busca de otras aventuras sexuales, porque simplemente quería saber si podía alcanzar, con otros amantes, el placer que le daba Manolo.
Sin dudarlo mucho, se tiró a la busca y captura de nuevos amantes, y le fue fácil, porque los hombres siempre están dispuestos a meterla en caliente, sin muchos miramientos. Probó con uno, luego con otro, así, hasta llegar a la veintena y siempre con el mismo resultado; ninguno daba la talla de Manolo, no le llegaban ni a la zuela del zapato.
Llegaba cada noche abatida y triste, mientras Manolo dormía en la oscuridad de la noche, en silencio y esperando el tacto caliente de su fiel Marcia, que por esta vez, no llegaba.
Marcia empezó a preocuparse, no podía ser que solo Manolo lograra satisfacerla y que no hubiera un solo hombre en el mundo que pudiera, si quiera, hacerla llegar a un puto orgasmo.
Incluso, se preguntó, si estaría encoñada a las caricias de Manolo, si era una sexoadicta o vaya usted a saber.
Con este desasosiego que la embargaba, pidió cita con una sexóloga, le expuso su caso y esta le comentó, que era algo extraño y que se podía deber, al carácter puramente sexual de Manolo, que de alguna forma, la predisponía física y mentalmente, a alcanzar el orgasmo.
Marcia no entendió nada de nada y cuando llegó a su casa, se tumbó en su cama en la oscuridad y mirando hacia el techo. Se desnudó despacio y mientras lo hacía, buscaba el roce de sus manos con cada parte erógena de su cuerpo. Sintió como su sexo se humedecía, abrió la piernas de manera inconsciente, a largo la mano, abrió el cajón de su mesilla de noche, para buscar a Manolo que la esperaba impacientemente debajo del tanga rojo de encaje. Lo agarró con fuerza, apretó el pequeño botonsito azul y lo puso en marcha. Se lo llevó a la boca, lo chupó con lascivia, sintiendo sus agradables vibraciones, se lo pasó por su cara, por su cuello, por sus pezones, bajando poco a poco, hasta llegar a su vagina, para finalizar introduciéndolo y terminar diciendo:

- ¿Qué haría yo sin tí, Manolo?