18 noviembre 2009

Venta de mi libro

Estimados amigos:
Para aquellos que les fue imposible asistir a la presentación de mi libro, El Primer Escalón, comunicarles, que se encuentra a la venta en las siguientes librerías de Las Palmas de Gran Canaria a partir de mañana jueves:

Librería-Palería Artes Plásticas
Avenida Felo Monzón, 15-Local 10
Siete Palmas
928 035 667


Libro Técnico
C/ Paseo Tomás Morales, 44
35003 LAS PALMAS DE GRAN CANARIA - LAS PALMAS
928 360 263


Librería Canaima
Calle Senador Castillo Olivares, 7
35003 Las Palmas de Gran Canaria
Islas Canarias (España)
Teléfono : 34 928367014 - Fax : 34 928361932
Gracias

16 noviembre 2009

La última nota del curso


Fuente: Pixabay

Leonides, fue un mal estudiante. Le costaba mucho comprender el mundo que le rodeaba porque, hasta el elemento más sencillo, se le complicaba sobremanera. Nunca comprendió por qué le habían puesto un nombre tan rebuscado, él hubiera preferido uno más simple. Con un Paco o un Pepe, con alguno de ellos, se hubiera conformado.
Pero la cosa se retorció cuando comenzó a ir a la escuela y se encontró con el mundo de las matemáticas, la lengua, la física, la química y la ciencia. ¿Por qué el mundo era tan difícil y complicado cuando todo podía ser más sencillo? No lo comprendía.
Pero Leonides tenía voluntad y mucho tiempo, y, esos dos elementos, fueron los que apuntalaron, desde la base, su futuro como estudiante. 

Fue pasando de curso como el que escala una montaña, paso a paso, centímetro a centímetro, hasta que llegó a la Universidad.
Allí siguió utilizando aquel binomio que le había dado tanto éxito, voluntad y tiempo.
Así llegó al último año de carrera, donde se encontró con la asignatura más enrevesada de toda su vida: Análisis cuántico de la bipolarición óptica refractaria. Esta materia era impartida por el profesor Euclides, que tenía fama de ser uno de los más duros de la universidad y que siempre había visto en Leonides a un alumno mediocre, poco inteligente y con poco futuro como profesional de las telecomunicaciones.
Leonides se dedicó de lleno a la asignatura, porque sabía que tendría problemas. Sacó el tiempo y la voluntad de donde no las tenía, incluso, dejó algunas materias para febrero para dedicarse, con todas sus fuerzas, a escalar una de las vías más complejas de aquella montaña de cinco picos, que era la universidad.
Cuando llegó el día del examen, estaba preparado, seguro de sí mismo y con la confianza suficiente para saberse vencedor, hasta que le dio la vuelta al ejercicio. En ese instante comprendió que no iba a ser nada fácil. Justo en el momento en que el profesor dijo con su voz lacónica «Comienza el examen
» sus miradas se encontraron; él con la mirada fría y distante y el profesor con una sonrisa forzada y cínica.
Al día siguiente fue a mirar las notas. Se buscó en el listado que estaba colgado en el tablón de anuncios. Siguió con el dedo índice cada uno de los nombres que formaban su curso, mientras oía como su corazón empezaba a desbocarse. Se detuvo en su nombre y con un solo golpe de vista, vio la nota: 4,99 -- Suspenso.
Miró el horario de las tutorías del profesor Euclides, todos los días a partir de las 13:30 horas. Giró su muñeca y observó que eran las 13.15 y decidió esperar. Quería una explicación razonable, si es que la había.
Cuando se hizo la hora, tocó en la puerta del despacho del profesor, oyó como lo invitaba a pasar y este le dijo:
- No se ha demorado usted mucho en venir a reclamar la nota.
- He venido a ver mi examen y para que me de una explicación lógica de esa décima que me ha dejado fuera del aprobado.
-¿Una explicación lógica? No sé si mi explicación será lógica.
- Pero es que una décima no es nada.
-¡Nada! Esto afirma lo que pienso de usted, caballero. Un décima es mucho, tanto que puede, por ejemplo, dar al traste con toda una investigación científica.
-Sí, pero esto no es una investigación científica, es un simple examen. Creo que yo he sido un buen alumno, nunca he faltado a clase y he hecho todos los trabajos que usted ha propuesto.
- Cierto, pero el examen es el examen y usted no lo ha aprobado. Simple y llanamente.
- Sí, por una décima.
-A ver como se lo explico para que usted me entienda. Una décima puede ser la frontera entre la vida y la muerte, entre el quedarse o pasar, entre el subir o bajar. ¿Entiende?
-No, no lo entiendo.
-Pues si no lo comprende... no hay nada más que hablar. Está usted suspendido y eso no lo va a cambiar nadie -dijo tajantemente mirando sus papeles.
Leonides miró a su alrededor preguntándose por qué las cosas eran tan complicadas. Observó la mesa del profesor Euclides, con montañas de papeles que casi no dejaban el mínimo espacio para el trabajo y que seguía perdido entre sus papeles, dando la conversación por terminada.
Él se dio media vuelta, abrió la puerta para salir, pero pudo ver que en la estantería había un cutter amarillo de quince centímetros. Se detuvo, lo cogió, apretó el botón para sacar la cuchilla de acero, se giró y le dijo al profesor:
- He pensado en eso, de que una décima puede ser diferencia entre la vida y la muerte. Y tiene usted razón.
El profesor levantó la cabeza, y en ese preciso instante, Leonides le cortó el cuello de un tajo. Se sentó frente al profesor viendo como se desangraba intentando parar la hemorragia con sus manos, pero nada podía hacer, la sangre salía borbotones salpicando todo lo que encontraba a su paso.
Leonides se levantó, se acercó al profesor, desplazó la silla hacia atrás y contempló en la pantalla del ordenador su ficha. Buscó la casilla en la que estaba el cuatro coma noventa y nueve, la seleccionó con el ratón y la cambió por un cinco. Cerró el programa de calificaciones, se metió el cutter en el bolsillo de la sudadera y cuando se iba, pensó:
- Qué cosas hay que hacer para cambiar una décima.


También en:
https://steemit.com/spanish/@moises-moran/la-ultima-nota-del-curso

11 noviembre 2009

Sabes mejor que nadie que me engañaste



Aquel día, se levantó más temprano que de costumbre, porque un desasosiego indescriptible, le hizo abrir los ojos como platos a las cinco de la mañana y que venía aderezado con aquella presión en la boca del estómago que se podía palpar con las manos. Su mujer dormía a su lado, por eso se levantó despacio, para no despertarla, se vistió en la oscuridad, fue a la cocina y desayunó en silencio mientras oía el noticiero de la radio nacional. Cuando acabó, bajó al garaje, se subió a su coche y salió a la calle. Todo era diferente a esa hora, porque la ciudad se transformaba en la madrugada, las personas eran diferentes, los coches, las luces, los parques, hasta las sombras eran diferentes y solo los gatos permanecían inalterables, porque ellos eran los dueños de la noche.
En su trabajo, el día transcurrió como todo los días, pero con la sombra de aquel desasosiego que le anegaba el alma y aquella losa en la boca del estómago. Pero a eso de medía mañana, se empezó a sentir mal, habló con su jefe y volvió a su casa.
Cuando llegó no encontró a su mujer. Miró su reloj, eran las once de la mañana. Cogió su teléfono móvil y la llamó. Apagado o fuera de cobertura, le había dicho aquella voz impersonal y binaria. Estará con su amiga Rita, pensó. Buscó en la agenda el número de Rita, la llamó y esta le contesto:
-No, conmigo no está Sabino, pero lo curioso es que tampoco localizo a Andrés. Llevo tres horas como una loca intentando localizarlo y no hay manera. Sabes, es que quedé con el para que ayudara a medir las ventanas para hacerme unas cortinas para nuestro nuevo piso. ¿Tú me podrías echar una mano? Claro, si no tienes nada mejor que hacer.
-Bueno, si no hay que hacer muchos esfuerzos. Es que no me encuentro muy bien.
-Pues vale, te paso a buscar en cinco minutos. Te hago una perdida, y bajas.
Después de seis minutos, recibió la llamada perdida y bajó. Durante el trayecto hacia el piso de Rita y Andres, estuvieron hablando de como les iba la vida y Sabino le preguntó que cuando pensaban casarse y ella le contestó que por lo pronto tenían que ir poco a poco amueblando el piso y que después ya se vería.
Cuando llegaron, subieron hasta el noveno piso, Rita sacó las llaves, y se extrañó de que no tuviera todas las vueltas. Al entrar oyó gemidos y gritos que provenían de la alcoba que solo hacia dos días que había comprado. Entró preguntando quién estaba ahí, seguida de Sabino. Se fueron acercando hasta la habitación principal, y se encontraron con la mujer de Sabino sentada a horcajadas encima Andrés que al verlos, se levantaron quedando como Dios los trajo al mundo. Sabino miró a su mujer, sin decir nada se dio la vuelta y se fue, mientras oía los gritos de Rita que utilizaba todo su diccionario barriobajero para insultar a su futuro esposo. También oyó como su nombre se perdía en el eco de aquellas habitaciones vacías, Sabino, Sabino, Sabino... No esperó al ascensor, bajó las escaleras como buscando una explicación a todo aquello, pero no la encontró. Su mujer con Andrés, no se lo podía creer. Ahora comprendía muchas cosas, justamente ahora. Recordó aquel día, en que ella le presentó a un viejo amigo, Andrés y su flamante nueva novia, Rita. Aquellas miradas, aquellas roces, aquellas palabras; ahora todo encajaba, pieza a pieza, como el más perfecto de los puzles.

06 noviembre 2009

Siempre quedará Manolo

Galería White Cube

Marcia había llegado a los cuarenta, soltera, habiendo vivido una vida tranquila y sin muchos sobresaltos. Nunca se le habían conocido novios, ni amigos con derecho a roce, ni folloamigos ni siquiera amantes oficiales, ni nada que se le pareciera. Las malas y viperinas lenguas del barrio, decían que su soltería se debía a su tendencia secreta por la pasión lésbica y que, de madrugada, cuando los gatos maullaban por la calle veintidós, ella salía en busca de los besos y las caricias de las amazonas del puerto.
Pero Marcia, sí tenía un amante, uno secreto, y se llamaba Manolo. Era fiel, discreto, poco hablador, apenas susurraba, nunca preguntaba nada y siempre estaba dispuesto a llevarla hasta aquellos lugares donde ningún hombre, todavía, había sido capaz de llevarla, hasta el éxtasis total, hasta la locura o hasta el nirvana sexual.
Manolo sabía que puntos de su cuerpo tocar y lo hacía con suprema maestría. Sin decir una palabra, se movía como pez en el agua, jugando en su entrepierna, haciendo los movimientos exactos y precisos, ni uno más ni uno menos, hasta conseguir que todo su cuerpo se estremeciera de tal forma, que no tenía otro remedio que soltar un gran grito de placer cuando le llegaban aquel conjunto de orgasmos, uno detrás de otro.
Pero un día, Marcia, decidió salir en busca de otras aventuras sexuales, porque simplemente quería saber si podía alcanzar, con otros amantes, el placer que le daba Manolo.
Sin dudarlo mucho, se tiró a la busca y captura de nuevos amantes, y le fue fácil, porque los hombres siempre están dispuestos a meterla en caliente, sin muchos miramientos. Probó con uno, luego con otro, así, hasta llegar a la veintena y siempre con el mismo resultado; ninguno daba la talla de Manolo, no le llegaban ni a la zuela del zapato.
Llegaba cada noche abatida y triste, mientras Manolo dormía en la oscuridad de la noche, en silencio y esperando el tacto caliente de su fiel Marcia, que por esta vez, no llegaba.
Marcia empezó a preocuparse, no podía ser que solo Manolo lograra satisfacerla y que no hubiera un solo hombre en el mundo que pudiera, si quiera, hacerla llegar a un puto orgasmo.
Incluso, se preguntó, si estaría encoñada a las caricias de Manolo, si era una sexoadicta o vaya usted a saber.
Con este desasosiego que la embargaba, pidió cita con una sexóloga, le expuso su caso y esta le comentó, que era algo extraño y que se podía deber, al carácter puramente sexual de Manolo, que de alguna forma, la predisponía física y mentalmente, a alcanzar el orgasmo.
Marcia no entendió nada de nada y cuando llegó a su casa, se tumbó en su cama en la oscuridad y mirando hacia el techo. Se desnudó despacio y mientras lo hacía, buscaba el roce de sus manos con cada parte erógena de su cuerpo. Sintió como su sexo se humedecía, abrió la piernas de manera inconsciente, a largo la mano, abrió el cajón de su mesilla de noche, para buscar a Manolo que la esperaba impacientemente debajo del tanga rojo de encaje. Lo agarró con fuerza, apretó el pequeño botonsito azul y lo puso en marcha. Se lo llevó a la boca, lo chupó con lascivia, sintiendo sus agradables vibraciones, se lo pasó por su cara, por su cuello, por sus pezones, bajando poco a poco, hasta llegar a su vagina, para finalizar introduciéndolo y terminar diciendo:

- ¿Qué haría yo sin ti, Manolo?

También en:

https://steemit.com/spanish/@moises-moran/siempre-quedara-manolo

Invitación a la presentación de mi libro de relatos.

03 noviembre 2009

Todo por una llamada

Cuando Candelaria descolgó el teléfono, se disponía a llamar a su hermana para contarle que la cosa no iba bien con Manolo, que era un carajo a la vela, un pasmarote con más menos vida que un fósil del Sahara y que lo iba a mandar a tomar viento fresco porque ella necesitaba un hombre que le diera un poquito más de vida y, por qué no, un poco más de caña. Marcó el número de su hermana de memoria, comenzó a oír los tonos monocordes que escupía el aparato, hasta que alguien contestó al otro lado de la línea y era evidente que no era su hermana, porque, Macarena, no tenía esa voz masculina tan sensual.
-Creo que me he equivocado. -dijo en tono de disculpa
-¿Sí? A veces las líneas o nuestra memoria nos la juegan.
-En este caso, ni una cosa ni otra. Creo que mi dedo índice ha tenido un delirio de anarquía y ha reivindicado su derecho a tocar la tecla que le ha dado la gana.
-Mal asunto ese, así empiezan las revueltas revolucionarias, con uno que quiere libertad, se le suman los otros y con el tiempo, tendrás en tu mano, la República Independiente de Manolandia.
-Jajajajajajaja, sí, sí, pero espero que no ocurra, no quiero verme en una guerra por controlar las revueltas en mis manos. Hoy por hoy, no tengo ganas de guerra, más bien de paz y amor. O mejor, el cuerpo me pide más
haz el amor y no la guerra.
-Entonces eres de mi equipo. Yo también prefiero más lo uno que lo otro. Antes de que cortes la conversación y te pierda para siempre ¿Cómo te llamas?
-Cande.
-¿Cande, de Candelaria?
-Sí. Can-de-la-ria.
-¡Joder! Como mi abuela.
-Sí, es un nombre de abuela. No sé en quien estaba pensando mi madre. Quizás en su abuela, que era tinerfeña.
- Yo me llamo Noé, y no soy veterinario.
-Jajajajajaja. Pues, tu nombre, es, es....peculiar. Me gusta. No conozco a nadie que se llame así. No sé, pega mucho con tu voz.
- ¿Mi voz? ¿Qué le pasa a mi voz?
- Es muy bíblica.
-Muy bíblica. Mira, es la primera vez que me lo dicen.
-Pues sí, me gusta mucho tu voz.
-Gracias. Oye, ya tengo que cortar, pero déjame que anote tu número. Es que aparece aquí en la pantallita digital. ¿Puedo llamarte otro día?
-Uhmmm, -dijo dubitativa- claro que sí, porque no. Definitivamente este ha sido un día diferente y como dicen por ahí, cuando se cierra una puerta, en otro lugar se abre otra.
-Sí, muy cierto. Pero eso de las puertas, me lo tienes que explicar otro día.
-Claro, claro.
-Pues eso, corto y cierro.
-Vale, hasta otra, Cande.
-Eso mismo, Noé, hasta mejor ver.
Oyó el clic seco cuando Noé cortó la comunicación. Se quedó unos instantes pensando sobre lo que había ocurrido, sonrió pensando que la vida está llena de casualidades y que ya tenía algo más que contarle a su hermana, aparte de la carta de despido, finiquito incluido, que tenía que darle a Manolo.

01 noviembre 2009

Es jodido estar muerto



La primera impresión fue de espanto, porque Paco no quería morirse y la muerte le sobrevino, así, de repente, sin saber ni cómo ni porqué. Pero lo cierto, es que estaba más muerto que una mojama.
Sin saber muy bien por qué, podía ver, desde no sabía de qué sitio, todo lo que estaba aconteciendo, en aquel día tan fatídico.
Él estaba de cuerpo presente, en el tanatorio El Último Camino, que tenía más de tres mil metros cuadrados con todas los mejores y últimos avances para los vivos porque a los muertos, bien poco importaba tanta parafernalia, ese día, en que te empiezan a comer los gusanos.
Sin pensarlo, decidió dar un paseo por la estancia y se sorprendió verse muerto, claro, nunca se había visto de esa guisa, tendido en un ataúd de pino finlandés, perfectamente acabado y con su mejor traje, aquel negro, con rayas grises que siempre le dio un aspecto tan formal, la corbata a juego y los zapatos negros. Se acercó para verse de cerca, y ¡Coño! ¡Qué guapo estaba! Los de la funeraria habían hecho un buen trabajo de chapa y pintura, porque él, lo tuvo que reconocer, no fue tan guapo, más bien tirando a casi, a casi atractivo.
Siguió con su ronda de reconocimiento, y se acercó a su mujer, que lloraba desconsolada en un rincón, se detuvo un momento para intentar besarla, pero no pudo, la quiso tocar, pero tampoco pudo; era jodido esto de estar muerto.
Se puso en el centro de la habitación, levantó la cabeza para ver quiénes habían venido a intentar despedirlo. Pero había tanta gente, que poco podía hacer. Pero esto de estar muerto, tiene sus ventajas, y solo con pensarlo, se vio levitando sobre las cabezas de todos los que estaban en la estancia. Reconoció a sus hermanos y hermanas, tíos y tías, primos y primas, amigos y amigas y en una silla aislada, estaba Renata que había venido desde tan lejos a darle el último adiós. Uff, Renata. ¿Se podían poner cachondos los muertos? No, no podían, era una putada estar muerto.
Renata, aquella hembra, morena, de boca sensual, de cuerpo arrebatador, de besos tiernos y mejor amante. La había conocido cinco meses atrás, de pura casualidad, mientras se peleaba con un mal educado por un taxi en un día lluvioso, que la dejó perdida en la ciudad de los mil rascacielos, mientras la lluvia y el llanto hacían correr el rímel cara abajo. Y él salió al rescate, al mejor rescate de su vida.
Se sentó delante de ella, a mirarla por última vez y recordar sus besos, sus abrazos, sus caricias y sus ronroneos de gata en celo, pero no pudo, porque los muertos tampoco recuerdan.
Los murmullos y los llantos interrumpieron su ensoñación. Se levantó y vio que todo se había acabado porque su precioso ataúd, su mejor traje, sus mejores zapatos, sus mejores recuerdos y, hasta él, iban a arder hasta quedar reducidos hasta la más fina de las cenizas.

Se sentó en primera fila, junto a su esposa y sus hermanos, observando como el fuego lo iba devorando como una bestia hambrienta, llevándose para siempre todo lo que hasta ese momento había sido. Ahora, de él, ya no quedaba nada, solo algunos recuerdos en los vivos.