10 febrero 2009

Ha muerto Eluana

Como siempre me he levantado a la misma hora. Soy un puntual empedernido. Nunca he podido llegar tarde a ningún sitio, cosas de carácter y de la formación educacional o de yo que sé. Al único sitio que me gustaría llegar tarde, es al de mi muerte, pero mucho me temo, que seré igual de puntual.
Enciendo el televisor para enterarme de como va el mundo. Sigue igual, bueno con un puñal (daga quedaría más dramático, pero ya tenemos suficiente drama) en la espalda que se llama crisis internacional, que no hay forma de quitárselo, porque sencillamente nadie alcanza a su negra empuñadura para agarrarlo y arrancarlo.
De sopetón la presentadora del informativo dice que Eluana Englaro ha muerto. (¿Quién es Eluana Englaro? No me preguntes eso, a estas horas de la mañana) Tengo un sentimiento bastante contradictorio. Por una parte me siento feliz y por otra triste. Feliz porque por fin, esta mujer podrá descansar y dejar esta vida, que se la había planteado muy jodida desde que sufrió aquel fatal accidente. Una vida cuyo único lazo que la conectaba con el mundo que la rodeaba, era una fría sonda nasogástrica que la mantenía con vida. Y triste por todo el pollo que se ha montado a su alrededor, con los que estaban a favor de que la mantuviesen con vida hasta el fin de sus días, hasta que Dios Padre, hiciera el esperado milagro y, con su dedo divino, le devolviera la vida y con ella, su bellísima sonrisa. Y los otros, (yo soy uno de estos) que querían que la dejaran morir en paz porque nadie merece “vivir” encadenada a una sonda nasogástrica.