19 diciembre 2009

Siempre nos gustó la sangre

Bicho gafoso de mierda. Estas, fueron las últimas palabras que oí después de recibir el golpe y perder el conocimiento. Todavía tenía el conocido sabor a sangre en mi boca, cuando recobré el sentido. Estaba tirado sobre la mesa, y sus palabras retumbaban en mi diminuto cerebro. Pero que equivocado estaba, volví a levantarme. Sin dudarlo, me dirigí hacia él, buscando su cuello, porque el olor a sangre me llamaba. Me acerqué sigilosamente, y le volví a chupar la sangre, porque a que nosotros, los mosquitos tigre, siempre nos gustó la sangre, aunque perdamos la vida en ello.

18 noviembre 2009

Venta de mi libro

Estimados amigos:
Para aquellos que les fue imposible asistir a la presentación de mi libro, El Primer Escalón, comunicarles, que se encuentra a la venta en las siguientes librerías de Las Palmas de Gran Canaria a partir de mañana jueves:

Librería-Palería Artes Plásticas
Avenida Felo Monzón, 15-Local 10
Siete Palmas
928 035 667


Libro Técnico
C/ Paseo Tomás Morales, 44
35003 LAS PALMAS DE GRAN CANARIA - LAS PALMAS
928 360 263


Librería Canaima
Calle Senador Castillo Olivares, 7
35003 Las Palmas de Gran Canaria
Islas Canarias (España)
Teléfono : 34 928367014 - Fax : 34 928361932
Gracias

16 noviembre 2009

La última nota


Leonides, fue un mal estudiante. Le costaba mucho comprender el mundo que le rodeaba porque, hasta el elemento más sencillo, se le complicaba sobremanera. Nunca comprendió porqué le habían puesto un nombre tan rebuscado, él hubiera preferido uno más simple. Con un Paco o un Pepe, con alguno de ellos, se hubiera conformado.
Pero la cosa se retorció cuando comenzó a ir a la escuela y se encontró con el mundo de las matemáticas, la lengua, la física, la química y la ciencia. ¿Por qué el mundo era tan difícil y complicado cuando todo podía ser más sencillo? No lo comprendía.
Pero Leonides tenía voluntad y mucho tiempo, y esos dos elementos, fueron los que apuntalaron, desde la base, su futuro como estudiante. 

Fue pasando de curso como el que escala una montaña, paso a paso, centímetro a centrímetro, hasta que llegó a la Universidad.
Allí siguió utilizando aquel binomio que le había dado tanto éxito, voluntad y tiempo.
Así llegó al último año de carrera, donde se encontró con la asignatura más enrevesada de toda su vida: Análisis cuántico de la bipolarición óptica refractaria. Esta materia era impartida por el profesor Euclides, que tenía fama de ser uno de los más duros de la universidad y que siempre había visto en Leonides a un alumno mediocre, poco inteligente y con poco futuro como profesional de las telecomunicaciones.
Leonides se dedicó de lleno a la asignatura, porque sabía que tendría problemas. Sacó el tiempo y la voluntad de donde no las tenía, incluso, dejó algunas materias para febrero para dedicarse, con todas sus fuerzas, a escalar una de las vías más complejas de aquella montaña de cinco picos, que era la universidad.
Cuando llegó el día del examen, estaba preparado, seguro de sí mismo y con la confianza suficiente para saberse vencedor, hasta que le dio la vuelta al ejercicio. En ese instante comprendió que no iba a ser nada fácil. Justo en el momento en que el profesor dijo con su voz lacónica «Comienza el examen
>&gt» sus miradas se encontraron; él con la mirada fría y distante y el profesor con una sonrisa forzada y cínica.
Al día siguiente fue a mirar las notas. Se buscó en el listado que estaba colgado en el tablón de anuncios. Siguió con el dedo índice cada uno de los nombres que formaban su curso, mientras oía como su corazón empezaba a desbocarse. Se detuvo en su nombre y con un solo golpe de vista, vio la nota: 4,99 -- Suspenso.
Miró el horario de las tutorías del profesor Euclides, todos los días a partir de las 13:30 horas. Giró su muñeca y observó que eran las 13.15 y decidió esperar. Quería una explicación razonable, si es que la había.
Cuando se hizo la hora, tocó en la puerta del despacho del profesor, oyó como lo invitaba a pasar y este le dijo:
- No se ha demorado usted mucho en venir a reclamar la nota.
- He venido a ver mi examen y para que me de una explicación lógica de esa décima que me ha dejado fuera del aprobado.
-¿Una explicación lógica? No sé sí mi explicación será lógica.
- Pero es que una décima no es nada.
-¡Nada! Esto afirma lo que pienso de usted, caballero. Un décima es mucho, tanto que puede, por ejemplo, dar al traste con toda una investigación científica.
-Sí, pero esto no es una investigación científica, es un simple examen. Creo que yo he sido un buen alumno, nunca he faltado a clase y he hecho todos los trabajos que usted ha propuesto.
- Cierto, pero el examen es el examen y usted no lo ha aprobado. Simple y llanamente.
- Sí, por una décima.
-A ver como se lo explico para que usted me entienda. Una décima puede ser la frontera entre la vida y la muerte, entre el quedarse o pasar, entre el subir o bajar. ¿Entiende?
-No, no lo entiendo.
-Pues si no lo comprende... no hay nada más que hablar. Está usted suspendido y eso no lo va a cambiar nadie -dijo tajantemente mirando sus papeles.
Leonides miró a su alrededor preguntándose por qué las cosas eran tan complicadas. Observó la mesa del profesor Euclides, con montañas de papeles que casi no dejaban el mínimo espacio para el trabajo y que seguía perdido entres sus papeles, dando la conversación por terminada.
Él se dio media vuelta, abrió la puerta para salir, pero pudo ver que en la estantería había un cutter amarillo de quince centímetros. Se detuvo, lo cogió, apretó el botón para sacar la cuchilla de acero, se giró y le dijo al profesor:
- He pensado en eso, de que una décima puede ser diferencia entre la vida y la muerte. Y tiene usted razón.
El profesor levantó la cabeza, y en ese preciso instante, Leonides le cortó el cuello de un tajo. Se sentó frente al profesor viendo como se desangraba intentando parar la hemorragia con sus manos, pero nada podía hacer, la sangre salía borbotones salpicando todo lo que encontraba a su paso.
Leonides se levantó, se acercó al profesor, desplazó la silla hacia atrás y contempló en la pantalla del ordenador su ficha. Buscó la casilla en la que estaba el cuatro coma noventa y nueve, la seleccionó con el ratón y la cambió por un cinco. Cerró el programa de calificaciones, se metió el cutter en el bolsillo de la sudadera y cuando se iba, pensó:
- Qué cosas hay que hacer para cambiar una décima.

11 noviembre 2009

Sabes mejor que nadie que me engañaste



Aquel día, se levantó más temprano que de costumbre, porque un desasosiego indescriptible, le hizo abrir los ojos como platos a las cinco de la mañana y que venía aderezado con aquella presión en la boca del estómago que se podía palpar con las manos. Su mujer dormía a su lado, por eso se levantó despacio, para no despertarla, se vistió en la oscuridad, fue a la cocina y desayunó en silencio mientras oía el noticiero de la radio nacional. Cuando acabó, bajó al garaje, se subió a su coche y salió a la calle. Todo era diferente a esa hora, porque la ciudad se transformaba en la madrugada, las personas eran diferentes, los coches, las luces, los parques, hasta las sombras eran diferentes y solo los gatos permanecían inalterables, porque ellos eran los dueños de la noche.
En su trabajo, el día transcurrió como todo los días, pero con la sombra de aquel desasosiego que le anegaba el alma y aquella losa en la boca del estómago. Pero a eso de medía mañana, se empezó a sentir mal, habló con su jefe y volvió a su casa.
Cuando llegó no encontró a su mujer. Miró su reloj, eran las once de la mañana. Cogió su teléfono móvil y la llamó. Apagado o fuera de cobertura, le había dicho aquella voz impersonal y binaria. Estará con su amiga Rita, pensó. Buscó en la agenda el número de Rita, la llamó y esta le contesto:
-No, conmigo no está Sabino, pero lo curioso es que tampoco localizo a Andrés. Llevo tres horas como una loca intentando localizarlo y no hay manera. Sabes, es que quedé con el para que ayudara a medir las ventanas para hacerme unas cortinas para nuestro nuevo piso. ¿Tú me podrías echar una mano? Claro, si no tienes nada mejor que hacer.
-Bueno, si no hay que hacer muchos esfuerzos. Es que no me encuentro muy bien.
-Pues vale, te paso a buscar en cinco minutos. Te hago una perdida, y bajas.
Después de seis minutos, recibió la llamada perdida y bajó. Durante el trayecto hacia el piso de Rita y Andres, estuvieron hablando de como les iba la vida y Sabino le preguntó que cuando pensaban casarse y ella le contestó que por lo pronto tenían que ir poco a poco amueblando el piso y que después ya se vería.
Cuando llegaron, subieron hasta el noveno piso, Rita sacó las llaves, y se extrañó de que no tuviera todas las vueltas. Al entrar oyó gemidos y gritos que provenían de la alcoba que solo hacia dos días que había comprado. Entró preguntando quién estaba ahí, seguida de Sabino. Se fueron acercando hasta la habitación principal, y se encontraron con la mujer de Sabino sentada a horcajadas encima Andrés que al verlos, se levantaron quedando como Dios los trajo al mundo. Sabino miró a su mujer, sin decir nada se dio la vuelta y se fue, mientras oía los gritos de Rita que utilizaba todo su diccionario barriobajero para insultar a su futuro esposo. También oyó como su nombre se perdía en el eco de aquellas habitaciones vacías, Sabino, Sabino, Sabino... No esperó al ascensor, bajó las escaleras como buscando una explicación a todo aquello, pero no la encontró. Su mujer con Andrés, no se lo podía creer. Ahora comprendía muchas cosas, justamente ahora. Recordó aquel día, en que ella le presentó a un viejo amigo, Andrés y su flamante nueva novia, Rita. Aquellas miradas, aquellas roces, aquellas palabras; ahora todo encajaba, pieza a pieza, como el más perfecto de los puzles.

06 noviembre 2009

Siempre quedará Manolo

Galería White Cube

Marcia había llegado a los cuarenta, soltera, habiendo vivido una vida tranquila y sin muchos sobresaltos. Nunca se le habían conocido novios, ni amigos con derecho a roce, ni
folloamigos ni siquiera amantes oficiales, ni nada que se le pareciera. Las malas y viperinas lenguas del barrio, decían que su soltería se debía a su tendencia secreta por la pasión lésbica y que, de madrugada, cuando los gatos maullaban por la calle veintidós, ella salía en busca de los besos y las caricias de las amazonas del puerto.
Pero Marcia, sí tenía un amante, uno secreto, y se llamaba Manolo. Era fiel, discreto, poco hablador, apenas susurraba, nunca preguntaba nada y siempre estaba dispuesto a llevarla hasta aquellos lugares donde ningún hombre, todavía, había sido capaz de llevarla, hasta el éxtasis total, hasta la locura o hasta el nirvana sexual.
Manolo sabía que puntos de su cuerpo tocar y lo hacía con suprema maestría. Sin decir una palabra, se movía como pez en el agua, jugando en su entrepierna, haciendo los movimientos exactos y precisos, ni uno más ni uno menos, hasta conseguir que todo su cuerpo se estremeciera de tal forma, que no tenía otro remedio que soltar un gran grito de placer cuando le llegaban aquel conjunto de orgasmos, uno detrás de otro.
Pero un día, Marcia, decidió salir en busca de otras aventuras sexuales, porque simplemente quería saber si podía alcanzar, con otros amantes, el placer que le daba Manolo.
Sin dudarlo mucho, se tiró a la busca y captura de nuevos amantes, y le fue fácil, porque los hombres siempre están dispuestos a meterla en caliente, sin muchos miramientos. Probó con uno, luego con otro, así, hasta llegar a la veintena y siempre con el mismo resultado; ninguno daba la talla de Manolo, no le llegaban ni a la zuela del zapato.
Llegaba cada noche abatida y triste, mientras Manolo dormía en la oscuridad de la noche, en silencio y esperando el tacto caliente de su fiel Marcia, que por esta vez, no llegaba.
Marcia empezó a preocuparse, no podía ser que solo Manolo lograra satisfacerla y que no hubiera un solo hombre en el mundo que pudiera, si quiera, hacerla llegar a un puto orgasmo.
Incluso, se preguntó, si estaría encoñada a las caricias de Manolo, si era una sexoadicta o vaya usted a saber.
Con este desasosiego que la embargaba, pidió cita con una sexóloga, le expuso su caso y esta le comentó, que era algo extraño y que se podía deber, al carácter puramente sexual de Manolo, que de alguna forma, la predisponía física y mentalmente, a alcanzar el orgasmo.
Marcia no entendió nada de nada y cuando llegó a su casa, se tumbó en su cama en la oscuridad y mirando hacia el techo. Se desnudó despacio y mientras lo hacía, buscaba el roce de sus manos con cada parte erógena de su cuerpo. Sintió como su sexo se humedecía, abrió la piernas de manera inconsciente, a largo la mano, abrió el cajón de su mesilla de noche, para buscar a Manolo que la esperaba impacientemente debajo del tanga rojo de encaje. Lo agarró con fuerza, apretó el pequeño botonsito azul y lo puso en marcha. Se lo llevó a la boca, lo chupó con lascivia, sintiendo sus agradables vibraciones, se lo pasó por su cara, por su cuello, por sus pezones, bajando poco a poco, hasta llegar a su vagina, para finalizar introduciéndolo y terminar diciendo:

- ¿Qué haría yo sin tí, Manolo?

Invitación a la presentación de mi libro de relatos.

03 noviembre 2009

Todo por una llamada

Cuando Candelaria descolgó el teléfono, se disponía a llamar a su hermana para contarle que la cosa no iba bien con Manolo, que era un carajo a la vela, un pasmarote con más menos vida que un fósil del Sahara y que lo iba a mandar a tomar viento fresco porque ella necesitaba un hombre que le diera un poquito más de vida y, por qué no, un poco más de caña. Marcó el número de su hermana de memoria, comenzó a oír los tonos monocordes que escupía el aparato, hasta que alguien contestó al otro lado de la línea y era evidente que no era su hermana, porque, Macarena, no tenía esa voz masculina tan sensual.
-Creo que me he equivocado. -dijo en tono de disculpa
-¿Sí? A veces las líneas o nuestra memoria nos la juegan.
-En este caso, ni una cosa ni otra. Creo que mi dedo índice ha tenido un delirio de anarquía y ha reivindicado su derecho a tocar la tecla que le ha dado la gana.
-Mal asunto ese, así empiezan las revueltas revolucionarias, con uno que quiere libertad, se le suman los otros y con el tiempo, tendrás en tu mano, la República Independiente de Manolandia.
-Jajajajajajaja, sí, sí, pero espero que no ocurra, no quiero verme en una guerra por controlar las revueltas en mis manos. Hoy por hoy, no tengo ganas de guerra, más bien de paz y amor. O mejor, el cuerpo me pide más
haz el amor y no la guerra.
-Entonces eres de mi equipo. Yo también prefiero más lo uno que lo otro. Antes de que cortes la conversación y te pierda para siempre ¿Cómo te llamas?
-Cande.
-¿Cande, de Candelaria?
-Sí. Can-de-la-ria.
-¡Joder! Como mi abuela.
-Sí, es un nombre de abuela. No sé en quien estaba pensando mi madre. Quizás en su abuela, que era tinerfeña.
- Yo me llamo Noé, y no soy veterinario.
-Jajajajajaja. Pues, tu nombre, es, es....peculiar. Me gusta. No conozco a nadie que se llame así. No sé, pega mucho con tu voz.
- ¿Mi voz? ¿Qué le pasa a mi voz?
- Es muy bíblica.
-Muy bíblica. Mira, es la primera vez que me lo dicen.
-Pues sí, me gusta mucho tu voz.
-Gracias. Oye, ya tengo que cortar, pero déjame que anote tu número. Es que aparece aquí en la pantallita digital. ¿Puedo llamarte otro día?
-Uhmmm, -dijo dubitativa- claro que sí, porque no. Definitivamente este ha sido un día diferente y como dicen por ahí, cuando se cierra una puerta, en otro lugar se abre otra.
-Sí, muy cierto. Pero eso de las puertas, me lo tienes que explicar otro día.
-Claro, claro.
-Pues eso, corto y cierro.
-Vale, hasta otra, Cande.
-Eso mismo, Noé, hasta mejor ver.
Oyó el clic seco cuando Noé cortó la comunicación. Se quedó unos instantes pensando sobre lo que había ocurrido, sonrió pensando que la vida está llena de casualidades y que ya tenía algo más que contarle a su hermana, aparte de la carta de despido, finiquito incluido, que tenía que darle a Manolo.

01 noviembre 2009

Es jodido estar muerto



La primera impresión fue de espanto, porque Paco no quería morirse y la muerte le sobrevino, así, de repente, sin saber ni cómo ni porqué. Pero lo cierto, es que estaba más muerto que una mojama.
Sin saber muy bien por qué, podía ver, desde no sabía de qué sitio, todo lo que estaba aconteciendo, en aquel día tan fatídico.
Él estaba de cuerpo presente, en el tanatorio El Último Camino, que tenía más de tres mil metros cuadrados con todas los mejores y últimos avances para los vivos porque a los muertos, bien poco importaba tanta parafernalia, ese día, en que te empiezan a comer los gusanos.
Sin pensarlo, decidió dar un paseo por la estancia y se sorprendió verse muerto, claro, nunca se había visto de esa guisa, tendido en un ataúd de pino finlandés, perfectamente acabado y con su mejor traje, aquel negro, con rayas grises que siempre le dio un aspecto tan formal, la corbata a juego y los zapatos negros. Se acercó para verse de cerca, y ¡Coño! ¡Qué guapo estaba! Los de la funeraria habían hecho un buen trabajo de chapa y pintura, porque él, lo tuvo que reconocer, no fue tan guapo, más bien tirando a casi, a casi atractivo.
Siguió con su ronda de reconocimiento, y se acercó a su mujer, que lloraba desconsolada en un rincón, se detuvo un momento para intentar besarla, pero no pudo, la quiso tocar, pero tampoco pudo; era jodido esto de estar muerto.
Se puso en el centro de la habitación, levantó la cabeza para ver quiénes habían venido a intentar despedirlo. Pero había tanta gente, que poco podía hacer. Pero esto de estar muerto, tiene sus ventajas, y solo con pensarlo, se vio levitando sobre las cabezas de todos los que estaban en la estancia. Reconoció a sus hermanos y hermanas, tíos y tías, primos y primas, amigos y amigas y en una silla aislada, estaba Renata que había venido desde tan lejos a darle el último adiós. Uff, Renata. ¿Se podían poner cachondos los muertos? No, no podían, era una putada estar muerto.
Renata, aquella hembra, morena, de boca sensual, de cuerpo arrebatador, de besos tiernos y mejor amante. La había conocido cinco meses atrás, de pura casualidad, mientras se peleaba con un mal educado por un taxi en un día lluvioso, que la dejó perdida en la ciudad de los mil rascacielos, mientras la lluvia y el llanto hacían correr el rímel cara abajo. Y él salió al rescate, al mejor rescate de su vida.
Se sentó delante de ella, a mirarla por última vez y recordar sus besos, sus abrazos, sus caricias y sus ronroneos de gata en celo, pero no pudo, porque los muertos tampoco recuerdan.
Los murmullos y los llantos interrumpieron su ensoñación. Se levantó y vio que todo se había acabado porque su precioso ataúd, su mejor traje, sus mejores zapatos, sus mejores recuerdos y, hasta él, iban a arder hasta quedar reducidos hasta la más fina de las cenizas.

Se sentó en primera fila, junto a su esposa y sus hermanos, observando como el fuego lo iba devorando como una bestia hambrienta, llevándose para siempre todo lo que hasta ese momento había sido. Ahora, de él, ya no quedaba nada, solo algunos recuerdos en los vivos.

26 octubre 2009

El cuarto oscuro

Ariel buscó el papel donde tenía anotado la dirección. Se puso sus gafas de cerca y se arrimó a una farola para ver con claridad el lugar exacto del pub «Encuentros». Después de caminar unos minutos, encontró la calle y buscó el número 33. Desde lejos pudo ver el Pub que estaba franqueado por un gran cartel luminoso y una gran bandera multicolor. En un primer acercamiento, pasó de largo mirando con el rabillo del ojo el ambiente que había en la puerta, en la que había, tres o cuatro chicos que hablaban y se reían abiertamente. Al llegar a la esquina de la calle, giró sobre si mismo y volvió a pasar por delante del pub. Unos de los chicos, que lo venía observando desde hacia unos minutos, le dijo:
-¡Guapo! ¡Qué no mordemos!
Justo en ese momento, Ariel se detuvo, se giró, miró al chico y sonrió. Volvió sobre sus pasos decidido a entrar en el pub. Cuando estaba en la puerta, el chico al que le había sonreído, le dijo:
-Guau, guau ¿Si quieres puedo ser tu perrito?
Él le volvió a sonreír, al tiempo que bajaba las escaleras. Al entrar, tuvo que esperar unos minutos hasta que sus ojos se fueran adaptando a la semioscuridad del local Gay. Cuando se habían acostumbrado a la penumbra, pudo ver todo el ambiente que crecía a sus alrededores, con cantidad de parejas abrazadas que se besaban y se acariciaban. En un primer instante, los nervios y el pudor de los años de silencio, lo atenazaron. Pidió un Whisky con dos piedras de hielo. Siguió observando todo ese mundo que estaba descubriendo, las miradas cómplices, los besos lejanos, las sonrisas intencionadas y las caricias furtivas.
Cuando el tercer Whisky estaba sobre la barra, el joven que había visto en la entrada se le acercó y el dijo:
-¿Qué? ¿Más tranquilo? ¿Es la primera vez?
-Sí, digamos que soy virgen en todos los sentidos -dijo, llevado en volandas por los efluvios del alcohol y el deseo.
-¿Virgen? ¡Madre del Amor Hermoso!
- ¿Hay cuarto oscuro?
-Sí, pillin, sí hay.
-Pues llévame.
-Sígueme, Santa Virgen del Armario .
Ariel lo siguió, atravesando todo la sala, observado por casi todos los presentes que sonrían a su paso. Llegaron a la entrada y el chico le dijo:
- Relájate y déjate llevar por los sentidos. Sobre todo no hagas nada que no quieras hacer. Sé tu mismo.
El chico se le acercó lo suficiente para ver el intenso azul de sus ojos y sin esperarlo, le dió un pico en los labios. En ese instante su cuerpo se estremeció como nunca lo había hecho y, sin pensarlo más, entró en el cuarto oscuro.
No veía nada, estaba en la oscuridad más absoluta. Su corazón empezó a palpitarle como un caballo desbocado, hasta que sintió el cálido roce de unos labios, la húmeda caricia de una lengua que buscaba la suya, una mano que jugaba con su cara y otras que le tocaban cada centímetro de su cuerpo. Dejó en libertad los deseos ocultos y se dejó llevar por aquel nuevo ser que llevaba dentro y que, por primera vez, veía la luz, una luz tan clara como el día.

25 octubre 2009

Te buscaré entre los muertos

Rosina no acaba de creérselo. Después de toda una vida trabajando, la habían puesto de patitas en la calle. Los primeros días ni se enteró de su nueva situación de desempleada, ya que las horas y los días, se los pasaba entre papales y guaguas.
Pero llegó el día, el fatídico día, de verse en su casa, con cincuenta y un años, sola, entre aquellas cuatro paredes de su pequeño apartamento que había comprado, hacía mucho tiempo, cerquita de la playa.
Decidió que no podía quedarse quieta, que tenía que volver a trabajar. Así que, resolutiva, compraba todos los días los dos periódicos locales para buscar, en la sección de clasificados, las ofertas de trabajo. Meticulosamente seleccionaba las que le interesaban, las rodeaba con una elipse irregular de color rojo y al final, de su busca y captura, llamaba por teléfono.
Pero los días pasaban, y Rosina no encontraba trabajo. Todas las ofertas que veía estaban destinadas a personas o bien más jóvenes o bien más cualificadas.
Un día, casi rendida, se a paró leer las esquelas, sin saber muy bien porqué. En la penúltima y en uno de los párrafos, pudo leer: Tus compañeros de Pastas que no se Pasan, S.L no te olvidan. Subrayó en rojo el nombre de la empresa, la buscó en las páginas amarillas, hasta que la encontró. Anotó el número de teléfono y llamó. Le contestaron que por ahora no tenían pensado sustituir a Eustaquio del Mar pero que les dejara su teléfono o que volviera a llamar pasados unos días.
A partir de ahí, Rosina dejó de lado la búsqueda en los anuncios por palabras y se dedicó a buscar trabajo en las esquelas. Con el mismo procedimiento estricto, subrayaba y anotaba el hombre de las empresas que aparecían en las esquelas, las buscaba en la guía telefónica y luego llamaba.
Después de un mes y medio de búsqueda, no había obtenido resultado, pero una mañana, sonó su teléfono:
- ¿Sí?
- ¿Rosina García?
- Sí, soy yo.
- Mire la llamamos del departamento de recursos humanos de Pastas que no se Pasan, S.L para hacerle una entrevista de trabajo. ¿Podría venir mañana a eso de las nueve?
- Sí, por su puesto.
- Anote la dirección.
- No hace falta, ya la tengo.
-Ahh, pues bien. Entonces la esperamos mañana, Dios mediante.
- Sí, Dios mediante.
Rosina colgó el teléfono y pensó que hasta entre lo muertos puede uno encontrar trabajo.

16 octubre 2009

La vecina del décimo noveno

Me acerqué a sus labios carnosos, los besé con pasión desesperada, mientras mis manos arrancaban su sujetador negro en busca de sus pezones tiernos, bajé hacia ellos y los acaricié. Ella, me miró, cogió mi cabeza y se la llevó a sus pechos, yo, como un sediento, los mordí, los besé, mientras gemía y me decía cosas en francés. Me arrodillé, levanté su minifalda y ella abrió lentamente sus piernas, invitándome a mojarme en los efluvios del placer. Acerqué mi boca, tanto, que pude sentir el calor del volcán que ardía entre sus piernas. Mis dedos, cual maestros de danza, bailaban al son de los movimientos de su cadera y mi lengua, no pudo resistirse a perderse en el rojo pasión de su entrepierna hasta que gritó de placer justo en el momento en que oímos un sonido inconfundible: habíamos llegado al decimonoveno piso en nuestro ascensor.

15 octubre 2009

Portada de mi libro de relatos que verá próximamente la luz.


Esta es la portada de mi libro, que en próximas fechas verá la luz. Tengo previsto presentarlo en noviembre. Ya les comentaré la fecha.

12 octubre 2009

Muñecos rotos

Aquella noche fue diferente, tan diferente que decidió salir en busca de él. No recordaba como le había dicho que estaría vestido, solo un lugar y una hora. Se dio una ducha ligera para quitarse el sudor pegajoso de la noche del cálido verano, pidió un taxi y esperó. Mientras esperaba, pensó cómo sería aquel desconocido que se había atrevido a quedar con ella la primera noche y después de un breve intercambio de palabras a través del ordenador. Sí, definitivamente, a ella le gustaba jugar al filo del precipicio pero ¿le gustaría a él? Se levantó, fue a su cuarto oscuro donde guardaba todos sus juguetes, cogió las esposas, su traje de látex negro, las pinzas de acero, las bolas, el látigo corto y el cuchillo de dos filos. Una sonrisa se le dibujó en sus labios y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Hoy volvería a jugar con otro muñeco que con toda seguridad, al amanecer, terminaría roto en el fondo de un barranco.

07 octubre 2009

El olvido

Pasan los días como pasa la vida, y yo, aquí, sentado en el banco del olvido, veo pasar las caras de aquellos que ya no recuerdo, me saludan, pero no los reconozco, ya los he olvidado, se les pasó el tiempo mirándose en el espejo del ombligo. Todos se fueron, una mañana, y dejaron de ser, se convirtieron en las sombras de sus recuerdos que están impresas en las fotografías de la carcoma y en las cartas del ayer.

06 octubre 2009

La culpa

No quiero ser más el trovador de mi culpa, se me seca la garganta, la lengua se me cuartea como la tierra seca y el alma se me congela solo con pensarlo. Mi culpa nace después de la tormenta del descontrol que irrumpe, de no sé donde, y rompe en mil pedazos los cristales la paciencia. Atarme las manos y arrancarme la lengua para no ver los riachuelos cristalinos que nacen de tus ojos. Pero siempre llega la culpa y el arrepentimiento, de ese escorpión que llevo dentro, a quién quisiera seccionarle para siempre, el aguijón de su carácter.

04 octubre 2009

A Mercedes Sosa

Ya se perdió tu sonrisa en los mares, tu presencia en las tierras de este mundo, pero siempre nos quedará tu voz eterna.


27 septiembre 2009

El secreto de un sueño

Damián se levantó tarde y la cabeza le daba vueltas. La noche había sido larga, muy larga. Se sentó en la cama buscando dentro de sí, el ánimo para levantarse e ir a trabajar, pero las fuerzas le flaqueaban. Recordaba con nitidez cual era el color de sus ojos y de su cabello, la forma de sus labios, la calidez de su lengua, el olor de su piel sudorosa, el sabor salado de sus pezones y el sensual tono de su voz cuando le decía «Dime que me quieres» pero sobre todo la pasión con la que se entregaron en aquella noche onírica en la que sus cuerpos se fundieron en uno. Buscó en su móvil las últimas llamadas que había recibido, buscando un resquicio de realidad, pero solo encontró las cinco llamadas perdidas de su ex-mujer, que buscaba cualquier excusa para recordarle que ya se estaba retrasando con el pago de la pensión alimenticia. Quizás todo había sido un magnífico sueño, de esos que se parecen tanto a la realidad que no sabes si pertenece a ella o al mundo de la duermevela. Se metió en la ducha y luego se vistió con el traje azul marino, la camisa blanca, la corbata gris y los zapatos negros. Le esperaba un día duro en la oficina central. Cuando cogió el teléfono móvil para meterlo dentro de su cartera, sonó el tono de aviso de un sms, pensó que sería un mensaje de su ex-mujer pero esta vez se equivocaba. Entró en la carpeta de los mensajes recibidos, abrió el sms que parecía ser de un remitente desconocido y leyó: «No olvides que eres mi secreto y que espero que algún día me digas que me quieres». Sonrió y con esa sonrisa salió de su casa porque sabía que ella era una realidad, y eso lo hacía feliz.

24 septiembre 2009

Volver a encontrarte

Hace tiempo que no sé de ti. Te he buscado por todos los sitios en los que solías estar, pero no te encuentro. Todavía tengo fresca, en mi memoria, tu cara de ángel, tus labios, y tu esplendido cuerpo que adornabas con aquella lencería de encaje blanco, negro, rojo y gris petroleo que hacían que mis pensamientos fueran camino , irremediable, de la lascivia más arrebatadora. Y tampoco me puedo olvidar de tu mirada, esa que me seguía a todas partes, porque me mirabas de aquella manera.
Quiero que sepas que no dejaré de buscarte, porque sé que tarde o temprano volverás a aparecer quizás, no a toda página en los periódicos locales en los que suelo buscarte, quizás, te has ido hacia alguna revista de moda que tendré que comprar para volver a mirarte.

21 septiembre 2009

Pascual, la compra y la ciática.

Pascual se levantó temprano. Fue a la nevera y no tenía nada, ni siquiera un bote de leche para hacerse el cortado de las mañanas. Se acercó a la cómoda y comprobó que tenía treinta euros, suficiente para hacer la compra de la semana. Fue al supermercado y llenó una cesta con los productos principales, pan, leche, fruta, carne y un poco de embutido. Salió con cinco bolsas, se detuvo, la ciática estaba volviendo a hacer de las suyas, un dolor intenso le bajó desde la cadera hasta el talón y le paralizó el pie derecho. Se metió la mano en los bolsillos, ni un céntimo. Soltó las bolsas en el suelo, se apoyó en un árbol cercano para coger un poco de respiro. Vio un taxi, levantó la mano como pudo, el taxista paró muy cerca suyo, se subió y con un quejido le indicó donde quería ir.
Una mujer rubia observó la escena desde lejos, se acercó, miró a un lado y otro, mientras veía como Pascual se alejaba, cogió las cinco bolsas y se marchó calle abajo con la compra de la semana.
Por el camino, Pascual se percató de dos cosas, que había perdido la compra y que sería muy difícil explicarle al taxista que no tenía un chavo para pagarle la carrera.

19 septiembre 2009

Fuimos lo que fuimos

Hubo un día que fuimos lo que fuimos, tú me diste y yo te di, me entregué y te entregaste. Pero un día llegó el viento del cansancio, ese que entra como una brisa marina, suave y sugerente, que con el tiempo se va instalando en los corazones y como un incipiente huracán, se alimenta de las miradas no encontradas, de los besos esquivos, de las caricias forzadas, del amor cangrenado y que con el paso del tiempo, se convierte en un huracán devastador que acaba con todo, sin dejar, si quiera, la sonrisa de aquella entrañable amistad.

16 septiembre 2009

Vecinos

Esto de los vecinos es una lotería, te puede tocar el premio gordo o la perra más gorda de universo. Si tienes la suerte de tener un buen vecino, pues vivirás plácidamente y casi en el nirvana vecinal. Pero si por desgracia te toca en suerte un mal y jodido vecino, pues estás condenado a vagar por el desierto de la incomprensión, caer en el abismo de la desesperación e incluso tocar, con los dedos, los cabellos finos de cruel locura.

15 septiembre 2009

Besos

Hoy quiero perderme en tu boca y buscar los besos que te quedan por darme, esos que guardas tan celosamente, escondidos en algún lugar de tu corazón. ¡Pero nadie te ha dicho que los besos no se guardan!

11 septiembre 2009

Recuerdos

Me siento ante los recuerdos, miro hacia atrás en busca de las viejas cartas, de las viejas fotos, de los viejos objetos, de las perdidas caricias, de los volátiles besos, de los amores perdidos y de las amistades enterradas. Tengo sensaciones encontradas de felicidad y tristeza, felicidad, por vivir lo vivido y tristeza, por perder lo perdido.

10 septiembre 2009

El Mar

Me siento a oír tu música en la orilla cuando la desesperación me abruma y me meces, como madre protectora, hasta que la desesperación se evapora. Me introduzco en tus carnes buscando el beso fresco de tus olas y como bálsamo sagrado me alivia y tranquiliza.

09 septiembre 2009

Encuentro casual

Te vi, me viste, te sonreí, me sonreíste. Seguiste calle abajo, te volviste, te sonreí, me sonreíste. Te seguí con la mirada hasta que te perdí entre la gente. Sonreí, no sé si me sonreíste.

08 septiembre 2009

Una sonrisa

Ayer me guardé una sonrisa tuya, (¿o te la robé?)para escucharla en mitad de la noche.

17 agosto 2009

Nunca te he escrito

Nunca te he escrito, lo reconozco, pero siempre has estado ahí, presente. Muchas veces me he preguntado cuando fue el primer día en el que noté tu presencia. No lo recuerdo. Te manifiestas cuando te da la puta gana y luego desapareces, así, sin más. Me estoy armando de buenas artes, meditación, respiración abdominal, buenos pensamientos, positivismo, etc, para que con el tiempo, desaparezcas de mi vida porque te moriste por inanición, porque tú te alimentas de mí, maldita carroñera, de mis entrañas, de mi sonrisa, de mi buen humor, de mi pasión y de mi felicidad. Muchas veces tengo ganas de meterme la mano tan dentro, hasta donde pueda, para sacarte los ojos, la lengua, las vísceras, el corazón y enterrarte bajo siete metros de tierra. Sí, siete, porque dicen que es un número mágico, que ahuyenta los malos espíritus, y tu eres un jodido mal espíritu.

17 julio 2009

Relato sobre un cuadro de Antonio Padrón "Niño con barco"


Ayer se celebró la primera parte de la séptima edición de "Escritos a Padrón" en el museo que lleva su nombre. Yo participé con el relato basado en el cuadro denominado "Niño con barco"que a continuación expongo, espero que les guste.


Mario llegaba todos los veranos a la playa de Boca-barranco para pasar las vacaciones con sus padres, después de estar el curso académico internado en un colegio especial para ciegos que la ONCE tenía en Barcelona.
Cuando llegaba a la playa, tomaba asiento en su silla, con su camiseta blanca de manga hueca y su pantalón corto color vino. Se sentaba junto a la pequeña cabaña de su padre, a un lado, los cabos y los aparejos, a otro, las barquillas de pesca y en frente, el mar. Ese mar que había estado ahí desde que tenía uso de razón y que lo acompañaba con aquel sonido tan particular cuando las olas rompían. Una música que él distinguía perfectamente. “No había una ola igual”, se decía. Y aquel olor a marisma, a marisco y a ceba que llenaba toda la playa cuando bajaba la marea que le llegaba hasta el alma cuando inspiraba profundamente.
Todos los días acariciaba con delicadeza el barquito de vela latina que le había hecho su abuelo, con su casco rojo, el timón, la palanca y su vela blanca. Recorría, con las yemas de sus dedos, cada elemento para conocer su textura, su forma e intentar imaginárselo navegando por ese mar que sólo oía.
No muy lejos, Pedro lo observaba con detenimiento, mientras reparaba sus redes de pesca. Pedro era un joven pescador muy experimentado, que desde los cinco años se había embarcado con su padre para faenar en las costas cercanas.
Él lo había visto crecer desde que su padre lo trajo por primera vez, cuando ya empezaba a dar sus primeros pasos por la arena de la playa.
Había oído que el pequeño Mario había nacido sin ojos, debido a una malformación congénita, muy rara, llamada anoftalmia bilateral, según le había comentado su padre en alguna ocasión.
Al pescador siempre le había llamado la atención la manera que se pasaba las horas muertas acariciando el barquito de vela y como, en un momento dado, levantaba la cabeza y se quedaba durante unos minutos como si realmente pudiera ver el mar.
Una mañana soleada se acercó a Mario y le preguntó:
— ¿Te gustaría navegar? ¿Subirte a mi barco? No es a vela, pero como si lo fuera.
— ¿Quién eres? Tu voz me es muy conocida.
—Soy Pedro.
—Ah sí, Pedro, el pescador.
—El mismo que calza y anda.
—Te oigo hablar cuando llegas, quejándote que cada día hay menos pesca.
—Sí. Los pescadores estamos todo el santo día refunfuñando. Pero ese es otro asunto. Yo lo que quiero saber es si aceptas mi propuesta de salir conmigo a pescar mañana o pasado. ¿Qué me contestas?
—No sé, Pedro, yo sería más un estorbo que una ayuda.
—Jajajajaja. No te preocupes por eso amigo, los he visto peores. Yo solo quiero que te subas a mi barco, y si no te gusta, pues viramos y te vuelvo a dejar en la playita. Sin compromiso.
—Tendré que hablar con mi padre. No le gusta que ande haciendo locuras.
—Pescar no es ninguna locura. No te preocupes por tu padre. Yo hablaré con él. Si tú quieres navegar, navegaras. ¿Entonces?
—Probaremos. Pero primero habrá que hablar con mi padre.
—Pues eso. Ya te diré algo.
Sin pensarlo mucho, Pedro fue a buscar al padre de Mario que se encontraba ayudando a recoger un trasmallo al otro lado de la playa.
— ¡Lorenzo! ¡Lorenzo! - Lo llamó de un grito.
El pescador se acercó hasta el lugar en el que se encontraba el padre del niño.
— Hola Pedro ¿Qué pasó?
—Hola Lorenzo. No, no pasa nada, sino que he estado hablando con tu hijo y me gustaría llevarlo a pescar mañana.
—No sé Pedro. Sabes la dificultad que tiene y no quiero problemas.
—A ver, ya lo tengo todo pensado. No vamos a ir muy lejos. Solo a recoger unas nasas y echarnos unos lances. Le pondré el chaleco salvavidas para que estés más tranquilo. Si quieres puedes venir con nosotros y así lo controlarás tu mismo. Yo sé que tu hijo esta deseando subirse a un barco. Llevo muchos días observándolo como acaricia el barquito de madera y como se queda ensimismado escuchando como rompe el mar en la orilla. No lo puedes tener toda la vida en una urna de cristal.
—Ya. Por eso lo mandé a Barcelona, porque quiero que se haga un hombre y que aprenda a valerse por si solo, a pesar de las dificultades que le genera su discapacidad.
—Pues mejor me lo pintas. No se hable más. Mañana a las siete te quiero ver aquí. Saldremos al amanecer. No te vas a arrepentir. —Dijo con determinación el pescador.
Lorenzo asintió con el silencio y una pequeña sonrisa.
Pedro salió corriendo hacia el lugar donde estaba Mario y jadeando le dijo:
—Buenas noticias amigo. Mañana a navegar.
— ¿Sí? ¿Te lo ha dicho mi padre? - Preguntó con incredibilidad.
—Sí. Incluso se viene con nosotros. Así que mañana prepárate para un día de pesca que seguro que no será el último.
—Gracias, Pedro. ¡Por fin voy a navegar! —Dijo con una sonrisa de emoción.
A la mañana siguiente, a la hora indicada, todos estaban preparados en la orilla de la playa. Pedro dijo con entusiasmo:
—Todos a bordo.
Entre él y Lorenzo ayudaron al niño a subir al pequeño bote pesquero. Subió con cierta dificultad y se sentó en la popa cerca del timón. Ante esta situación Pedro le dijo:
—Ya veo que eliges el mejor sitio. Justo al lado del timón. ¿No querrás que el primer día te deje llevar mi barco?
—No, no, no sé ni donde estoy.
—Bueno, señores pasajeros, prepárense que partimos de inmediato rumbo noroeste. Lorenzo, en el tambucho de popa hay un chaleco. Sácalo y pónselo a tu hijo.
—Yo me quedo Pedro —le dijo al mismo tiempo que le colocaba a su hijo el salvavidas— Creo que esta experiencia la tiene que vivir él solito y sé que contigo está totalmente seguro.
—Gracias por la confianza. No le pasará nada.
Lorenzo ayudó a introducir el barco hasta donde había suficiente fondo para poner el motor en marcha.
Ya en alta mar, solo había que ver la cara de felicidad que tenía Mario para saber que estaba disfrutando como nunca lo había hecho.
Pronto llegaron al punto donde querían comenzar la pesca. Pedro le empezó a explicar a Mario como pescar, diciéndole:
—Para ti va a ser fácil, porque en la pesca el sentido más importante es el tacto y tú seguro que lo tienes muy desarrollado. Es sencillo. Ahora te voy a dar el anzuelo, cógelo con cuidado porque te puedes hacer daño, la punta está muy afilada. A tu izquierda está el balde con la carnada, son pequeños peces, coge uno y engánchalo en el anzuelo.
Mario, sin decir nada, siguió con detenimiento las instrucciones del pescador hasta que tuvo la caña preparada.
—Ahora viene lo más complicado, pero seguro que tú lo superas sin problemas. Levanta la caña y lanza la carnada al agua.
Viendo que tenía alguna dificultad, Pedro se puso detrás de él, le indicó como hacerlo y el niño lo cogió a la primera.
—Bueno ya tienes la carnada en el agua, ahora tienes que estar muy atento a tu sentido del tacto porque los peces te darán un pequeño tirón y cuando esto ocurra tienes que tirar hacia arriba con la caña. El tirón es similar a esto – Le dijo tirando un poquito del nylon.
A partir de ese momento comenzó a pescar y después de unos instantes Mario comentó:
—Creo que están empezando a picar. Siento unos pequeños toques.
—Eso es campeón. Ahora tienes que seleccionar en que toque tienes que tirar hacia arriba. ¡Suerte!
Al cabo de unos minutos el niño tiró de la caña, se le dobló y gritó:
— ¡Creo que ya tengo uno! Jajajaja. ¡Tengo uno!
— ¡Bien! Ahora con mucho cuidado súbelo a cubierta. Yo estaré atento para cogerlo.
A partir de aquí, comenzaron a coger peces uno detrás de otro hasta que tuvieron suficiente y Pedro le comentó:
—Lo sabía. Sabía que serías un gran pescador. Tienes un don especial para esto de la pesca. Eso se ve a primera vista.
—Gracias, Pedro.
—Bueno, pues después del trabajo viene el descanso, así que vámonos para tierra.
— ¿Quieres llevar el timón?
¿El timón? ¿Has olvidado que soy ciego?
—Bueno, yo seré tus ojos. Además el mar es muy grande, así que todo será muy fácil. Lo primero ponte a mi lado.
Mario, con la ayuda de junto del pescador, se colocó a su lado y este continuó con las instrucciones:
—Ahora estás en la popa del barco, que está detrás, en la que está el timón. Tu derecha se llama estribor y tu izquierda, babor. ¿Alguna duda?
—No, ninguna.
—Pues toma la caña y a navegar.
Mario cogió la caña con su mano derecha y preguntó:
¿Y ahora qué?
Pues yo te iré diciendo. Recuerda, estribor, llevas la caña a tu derecha, babor, la caña a la izquierda. ¿De acuerdo?
De acuerdo.
El pescador puso el motor en marcha. Mario sintió perfectamente las vibraciones en la caña del timón, la brisa en su rostro y supo que ya estaban en marcha.
Después de estar un rato navegando, y mientras hablaban distraídamente, Pedro le dijo:
Mario, ahora lleva la caña hacia estribor, despacio, para poner rumbo a la playa.
El niño ejecutó la maniobra con delicadeza hasta que el pequeño barco pesquero comenzó a virar. Mario sintió como la brisa cambiaba de dirección y le acariciaba la cara, hasta que oyó como Pedro le decía:
—Ahora lleva el timón hacia el centro, y mantenlo ahí hasta que yo te diga.
Mario fue siguiendo todas las instrucciones que le iba dando el pescador hasta que llegaron, al atardecer, a las cercanías de la playa. A partir de aquí, Pedro cogió el timón para poder meter el barco entre el resto de embarcaciones y fondearlo.
En la orilla, el padre de Mario esperaba impaciente y había visto perfectamente como su hijo era el que había traído el barco hasta las inmediaciones de la playa. Se sentía orgulloso.
Al desembarcar todos tenían una sonrisa dibujada en el rostro, pero sobre todos, Mario, que le comentó a su padre emocionado:
— ¡Papá! Ya sé pescar. He cogido muchos peces y además Pedro me ha dejado llevar el barco un montón de rato. Ha sido una experiencia increíble. Mañana me gustaría volver a embarcarme. ¿Puedo papá? ¿Puedo? —Preguntó el niño con insistencia.
—Eso no depende de mí. Sino de Pedro. —Le dijo mirando al pescador.
—Yo encantado de que vengas a pescar todos los días. Contigo tengo el futuro garantizado. —Manifestó sonriendo— No te imaginas lo buen pescador que es tu hijo.
—Pues no se hable más. —Dijo Lorenzo —mañana otra vez a pescar.
—Gracias papá, gracias.
Al día siguiente volvieron a encontrarse a la misma hora, como la mayoría de los días de aquel caluroso verano, en los que, Mario y Pedro salían a pescar juntos.
Bien entrado septiembre, el verano estaba llegando a su fin. Mientras pescaban el niño le dijo al pescador:
El lunes regreso a Barcelona, para seguir mis estudios. Solo quería agradecerte lo que has hecho este verano por mí. Jamás había pasado un verano tan divertido.
¿Pero si hemos estado trabajando como negros?
Sí, pero ha sido un trabajo divertido. He aprendido mucho. Gracias Pedro.
Espero contar contigo el próximo verano.
Ya estoy contando las horas. Si por mí fuera, me quedaría aquí, pero primero son los estudios…como dice mi padre.
Y no le falta razón. Ven y dame un abrazo.
Se fundieron en un abrazo, mientras el Sol se perdía por las montañas del noroeste de Gran Canaria.

29 junio 2009

18 junio 2009

Presentación Libro "VOLUNTAD Y PALABRA" Libro del Taller de Escritura 2008 de Ámbito Cultural Coordinado por Marisol Llano Azcárate



Ayer, Ediciones Idea y El Corte Inglés presentaron el libro "Voluntad y palabra". En dicho libro se recogen un conjunto de relatos de 41 nuevos narradores (entre los cuales me encuentro yo) del Taller de Escritura 2008 de Ámbito Cultural que estuvo coordinado por Marisol Llano.


¡Anímate a leerlo, te sorprenderá!

04 junio 2009

Te perdí

Cuando te vi entrar, yo viajaba entre los versos de veinte poemas de amor y una canción desesperada, levanté la cabeza y nuestras miradas se cruzaron en un instante. Me volví a sumergir en los cálidos poemas de Neruda, teniendo, ya, grabado el verde de tus ojos en mi alma. Te acercaste hasta mí y te sentaste a mi lado. Volví a levantar la cabeza, abandonando de nuevo los versos de Neftalí, me encontré con tu sonrisa, con aquel arrebatador cuerpo que jugaba a esconderse debajo de un hermoso traje de lino blanco, me dijiste hola y yo no supe que decir, sólo quería admirar tu belleza, volviste a insistir, hola, pero ya estaba perdido en el abismo de tu hermosura. Alguien tocó el timbre, tenía que bajarme en la siguiente parada de la guagua. Me levanté, te miré, me sonreíste y te perdí para siempre.

02 junio 2009

En B

Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control. Pero eso no era del todo cierto. Tenía tras de sí a cinco policías daneses, que esperaban con impaciencia que les dijera dónde estaba el libro de contabilidad “B” de Dan Malgenderson.
Christen Zaisberger era el contable de Malgenderson, un conocido mafioso que controlaba todos los hilos del juego ilegal, las drogas y la prostitución de la ciudad de Copenhague.
Arrodillado frente a la estantería y mientras hacía que buscaba el condenado libro, repetía, en su cabeza, la corta conversación que había tenido con Dan:
—Ese libro es como tu vida, Christen; si lo pierdes, estás muerto; si lo entregas a la policía, estás muerto. No habrá sitio en el mundo en el que puedas esconderte. Al final te encontraré.
—No se preocupe. Llegado el caso, lo protegeré con mi vida —le había contestado el contable.
Christen no tenía ninguna duda del lugar donde estaba escondido el libro de contabilidad, junto a la Smith & Wesson calibre 38 con cachas de marfil, y con un tambor de cinco balas que le había dado Gustav, “por si las cosas se ponen feas”.
Después de media hora de búsqueda, se levantó para intentar salir de aquel atolladero, diciéndole al Inspector Peter Holberg:
—Mucho me temo que el dichoso libro me lo han robado, porque no hay manera de encontrarlo.
—Déjate de cuentos, gusano. Sabes muy bien donde está el libro. Si no lo encuentras tú, lo haremos nosotros. Nuestros muchachos pondrán patas arriba toda esta pocilga y te aseguro que daremos con él. Si nos lo entregas, seremos condescendientes; en caso contrario, todo el peso de la Ley te golpeará en tu mandíbula como un mazo de hierro.
El contable se quedó unos instantes valorando lo que le había dicho el Inspector Holberg y volvió a hincar las rodillas en el suelo enmoquetado de su biblioteca, para seguir interpretando la pantomima de la búsqueda del libro. La paciencia del Inspector tenía un límite y se le estaba acabando.
Sin saber muy bien por qué, pensó en su mujer Martha y en sus hijos Lars y Greta. En el caso de que él faltara, su futuro económico estaría totalmente resuelto con los tres millones y medio de euros que tenía en el Banc Internacional d´Andorra, un dinero que había tomado prestado, con el paso de los años, de los fondos de la mafia.
La voz del Inspector lo devolvió a la realidad.
—Esto está pasando de castaño oscuro... No vamos a estar aquí todo el día.
Estuvo algunos minutos más haciendo como que buscaba el libro, mientras que los cinco policías parloteaban distraídos, observando de reojo lo que hacía Christen. El contable se fue desplazando hacia la parte izquierda de su biblioteca hasta llegar al punto exacto donde se encontraba el pequeño libro de contabilidad de tapas negras, en el que estaban todas y cada una de las operaciones delictivas de Malgenderson. Apretó el botón azul que ponía en funcionamiento el mecanismo que accionaba, de forma automática, la apertura de la pequeña caja fuerte empotrada detrás de las obras completas de los escritores rusos Dostoievski, Chejov y Tolstoi. Con disimulo, metió su mano sudorosa y temblorosa hasta tocar el revólver, lo sacó rápidamente y se lo colocó en el cinto, sin que los policías se percataran de ello. A continuación cogió el libro, se levantó, intentando que las desbocadas palpitaciones de su corazón no hicieran que su voz temblara y dijo en voz alta:
—Aquí está el maldito libro.
—Bueno, parece que al fin apareció. ¿Lo ves que cuando se quiere se puede? —le dijo Holberg al mismo tiempo que alargaba la mano y cogía el libro.
Todos los policías hicieron un corrillo alrededor del Inspector pensando que, al final, habían dado con la prueba definitiva que llevaría a la cárcel al hampón más perseguido de Dinamarca.
Por unos instantes, entre comentarios y risas, los agentes se olvidaron del enjuto contable. En ese momento, él cogió el revólver en sus manos y pensó: “¿Pero qué vas a hacer?, ¿disparar?, ¿matar a sangre fría a cinco policías? Eres un contable y no un maldito asesino. Las miradas del Inspector y de Christen se cruzaron durante un segundo, momento que este aprovechó para sacar su Smith & Wesson del 38 y empezar a disparar. El primer tiro fue a la cabeza del Peter Holberg, que cayó de bruces soltando el libro; los otros cuatro policías no tuvieron tiempo de reaccionar ya que, cuando lo hicieron, las balas de la 38 Smith & Wesson, habían destrozado sus cabezas.
Después del último disparo apareció Gustav, que había estado escondido en todo momento detrás de la estantería. Se miraron y sin decirle nada, el contable cogió el libro y el revólver, los introdujo en su cartera de cuero negro, y se dirigió corriendo hacia la parte trasera de su casa, seguido de Gustav. Entró en la habitación de su hijo Lars, saltó por la ventana que daba al garaje, entró, cogió las llaves de la Harley-Davidson, se montó en ella y de una patada la puso en marcha. El ronco motor de la motocicleta resonó en toda la casa mientras los tres policías que estaban fuera subían las escaleras después de haber oído los cinco disparos.
Gustav se plantó delante de él y le dijo con una sonrisa:
—Has hecho un buen trabajo. Jamás pensé que fueras capaz de hacer algo así.
— ¿Qué hacías en mi casa? —le preguntó el contable.
—Vine a buscar el libro. Nos habían dado un soplo, pero los maderos se me adelantaron.
—Bueno, pues ya lo tenemos. Sube, que los policías no tardarán en llegar.
—Sí, pero no he concluido el trabajo. Queda un fleco que cortar —le espetó Gustav, quien llevó la mano a la altura del riñón derecho, sacó una Star de nueve milímetros y le apuntó directamente al corazón.
—No creo que seas capaz, Gustav. He cumplido con mi parte, he protegido el libro.
—El señor Malgenderson jamás se ha fiado de ti, aunque, después de lo que has hecho hoy, es para hacerlo..., pero Dan nunca lo sabrá, sólo conocerá que yo, arriesgando mi vida, he protegido la seguridad de la organización, he acabado con la vida de cinco policías y la tuya, claro. Las órdenes son las órdenes y hay que cumplirlas —le dijo antes de descargar el cargador de la Star en el corazón del contable, sin darle la oportunidad de decir ni una palabra.
Gustav apartó el cadáver de Christen, recogió el maletín ensangrentado, subió a la Harley y abrió gas a fondo, pensando que el trabajo le había salido redondo.

21 mayo 2009

24 marzo 2009

Los que llegaron a ser y los perdí

Este poema está dedicado a todos aquellos amig@s que un día tuve la gran fortuna de compartir algún trocito de sus vidas y que por una razón o por otra, los he perdido. Para todos ell@s.

Los que fueron, algunos ya se perdieron,

no sé cuando los perdí,

ni porqué,

solo sé que los perdí,

de ellos solo quedan entelequias

y recuerdos.


Llegaron a ser, a sentir, a amar,

a sonreír, y se fueron en busca

de otro ser, de otro sentir,

de otro amar y de otro sonreír.


No sé si volverán, ¿y si vuelven?

Volverán a ser, los volveré a sentir,

los volveré amar, y les volveré a sonreír.



Porque no engraso los ejes....

Esta es una de las canciones que más me gustan, porque en su maravillosa sencillez, encierra una profunda verdad. Porque muchos de nosotros, en los que me incluyo, estamos continuamente engrasando los ejes, cuando en realidad no queremos hacerlo. Ser como uno quiere ser y escapar de una vez por todas de etiquetas, formalismos, conveniencias, pautas, reglas, dogmas, educación, etc..Quizás ya sea hora de quitarse la careta e intentar ser un poquito como este arriero y decir: Si a mi gusta que suenen, pa que los quiero engrasaos. Porque el tiempo se va volando y cuando nos queremos dar cuenta solo hay tiempo para mirar hacia atrás.


Porque no engraso los ejes
me llaman abandonao.
Porque no engraso los ejes
me llaman abandonao.
Si a mí me gusta que suenen,
pa' qué los quiero engrasaos.
Si a mí me gusta que suenen,
pa' qué los quiero engrasaos.

Es demasiado aburrido
seguir y seguir la huella,
Es demasiado aburrido
seguir y seguir la huella,
Demasiado largo el camino
sin nada que me entretenga.

No necesito silencio,
yo no tengo en qué pensar.
No necesito silencio,
yo no tengo en qué pensar.
Tenía, pero hace tiempo,
ahora ya no pienso más.
Tenía, pero hace tiempo,
ahora ya no pienso más.

Los ejes de mi carreta,
nunca los voy a engrasar.




19 marzo 2009

Ya los oigo

Este poema está dedicado a todos aquellos que fueron asesinados y tirados en pozos, fosas comunes y simas por defender la libertad.

Ya los oigo, ya, están gritando
desde los pozos, desde las simas,
y desde las fosas comunes,
ya los oigo, ya, gritan justicia.

Pero los perros facinerosos,
que escondieron sus huesos,
no quieren oír a los muertos,
ni a sus huesos, ni a sus recuerdos,
no, no los quieren,
solo quieren la cal viva sobre sus cuerpos,
para esconder la ignominia del tiro traicionero en la nuca.

Ya los oigo, ya, ya rompen el silencio
con el sonido de sus cráneos
agujerados por el tiro de la infamia,
buscando salir de los pozos, de las simas
y de las fosas comunes
para descansar en la tierra de los que existieron
o perderse en el mar.

Pero las hienas de la noche siguen aullando,
tras la carroña de sus miserias y de sus mentiras,
para volver a echar la cal viva del olvido,
sobre sus cuerpos, sobre sus huesos
y sobre su recuerdo,
pero ellos siguen gritando. No los callarán.
Ya los oigo, ya, gritan justicia.

18 marzo 2009

Te he construido en todas las noches de tu ausencia. Una poesía del baúl de los recuerdos


Te he construido en todas las noches de tu ausencia,

le he dado forma a tus labios ardientes,
los he besado con pasión, los he besado con ternura,
los he acariciado con mis manos
como buscando desesperado una forma en el aire,
un suspiro donde agarrarme
buscando en ellos tu cálida presencia.

Te he construido en todas las noches de tu ausencia,
dando forma a tu sonrisa grandiosa,
queriendo oír tu risa, tu carcajada singular,
y reírme contigo para consolar a este
corazón que se oculta como el Sol
todas las tardes en que tu no estás.

Te he construido en todas las noches de tu ausencia,
pintando en el aire tu cuerpo,
queriendo recorrer tus colinas cálidas,
besar las frescas margaritas que crecen en ellas,
desojar con mi lengua sus pétalos,
viendo como tu mirada se pierde en la noche
mirando las nubes y las estrellas
sintiendo como el frescor de nuestro placer
recorre nuestras espaldas.

Te he construido en todas las noches de tu ausencia,
esculpiendo nuestros cuerpos entre sabanas blancas,
entre la arena amarilla de una playa,
entre el vaho tibio de un Ford negro matrícula de Barcelona,
en el salón de una abarrotada discoteca,
para sumergirnos en nuestro amor,
en nuestros besos,
en roce ardiente de nuestros cuerpos,
y llegar vencidos por el placer
al éxtasis, al nirvana que hemos construido
con nuestras caricias.

Te he construido en todas las noches de tu ausencia,
para buscarte dentro de mí,
darte todos mis sentimientos con mis manos,
retenerte en el aire aunque sea por unos instantes
y perderme en un mar de escalofríos incontrolables,
para caer dormido con tu imagen
en el desierto de su ausencia
esperando el día que me des de beber el agua de tu presencia.