26 diciembre 2007

Llegó la Navidad


Ya llegó la Navidad, pero hace mucho tiempo que está aquí, desde finales de octubre ya empiezan los vendedores de quimeras a soltar el tufillo a compra y oropel, que, como un perfume invisible, se te va metiendo por los poros.

Y con la Navidad viene el tren de las buenas acciones y de las bienaventuranzas. Un tren con los vagones de la felicidad, la salud, la solidaridad, el amor, la fraternidad, la caridad, los buenos deseos, y no sé que cosas más. Un tren que parece que solo pasa por estas fechas, porque el resto del año, este tren esta durmiendo el sueño de los justos en las cocheras del olvido.

Hay alguno que me dice: “hay que ser positivo, por lo menos somos buenos en Navidad” y es casi verdad, porque casi todos sacamos nuestros mejores deseos, e incluso le hacemos un lavado de cara a nuestros mas profundos temores, a nuestros más profundos odios e intentamos redimirnos; pero que difícil es, arrancarnos el odio, porque el odio es como un puto cáncer, que lo extirpas, o te acaba comiendo el alma.

Pero la Navidad también es ilusión, ilusión para los mas pequeños, que tienen el alma limpia como el agua cristalina y creen a pie juntillas que Papa Noel vendrá el 25 de diciembre y que los Reyes Magos vendrán del lejano oriente en sus viejos camellos para dejarles muchos regalos. Y que rabia me da que poco a poco, cuando van creciendo, y su alma se va enturbiando de los conocimientos de la cruda realidad, los niños van perdiendo esa ilusión que tanto les hacía felices. A mi me gusta pensar, (lo hago para no entristecerme) que los que regalamos, somos los herederos de los Reyes Magos, que llevamos muy dentro ese mandato celestial que los llevo a un pesebre o a una carpintería de Belén hace ya mas de 2000 años.

Por otra parte, están los que dicen que estas fiestas son una merienda de energúmenos, alentados por el nuevo Dios de nuestros tiempos, nuestro adorado Consumismo, que tanto nos seduce, que tanto nos quiere. Ese gran hermano, que siempre está vigilante, siempre está ahí, en todos sitios, en nuestros televisores, en las todas la calles, en los montes, incluso en nuestros buzones. No les falta razón, hay que decirlo, porque en estas fechas estamos atrapados, no podemos escapar a las redes del aparato consumista, y entra en tu vida como un tsunami al que no puedes responder, porque si lo haces te destroza como un barco de chapa raída; tienes que dejarte llevar por sus efluvios envolventes, por su música celestial, por sus chutes de falsa ilusión que te dejan en el nirvana por unos días.

En fin, esta es la Navidad y hay que sobrellevarla, sobre todo, con buen ánimo, y sacarle punta a su mejor cara, que no es otra que la de las buenas intenciones y del amor, y sin olvidarnos de no perder el agua cristalina de la ilusión de los más pequeños.