16 abril 2014

Primavera


Llegó la primavera y recibió la llamada. Montó el cinturón de explosivos. Después se fue a la estación de Atocha. Sentía el peso de la dinamita en su pecho. Miró su reloj. Las diez y diez era la hora prevista. Se sentó en el centro de la estación. Se le acercó una niña de apenas tres años, le cogió la mano y le sonrió. Le recordó a su hija Zaya. Ya no recordaba su sonrisa. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que la asesinaron? Se levantó, salió y pensó que la hora de la venganza había pasado.


12 abril 2014

¿Qué he leído? El mundo a mis pies de Nisa Arce

Ayer terminé de leerme El mundo a mis pies de Nisa Arce, un libro infantil que me gustó mucho. Muy bien escrito y lleno de realidad y de ficción, en el que la autora te lleva por la realidad cruda de un niño y, al mismo tiempo, por su mundo de fantasías e ilusiones.

Ficha técnica:
Editorial: Ediciones Babylon
Páginas: 150



09 abril 2014

¿Qué he leído? El abuelo de Benito Pérez Galdós

Mi paisano no deja de sorprenderme con el arte que tenía al escribir. Ayer termine El abuelo de Benito Pérez Galdós y es toda una lección de cómo una novela se puede hilvanar, en el sentido más amplio del género, solo con diálogos, donde los  personajes toman la palabra y son ellos los que cuentan su historia, dejando al narrador en un rincón oscuro. Me encantó.

Ficha técnica:
Editorial: Alianza editorial
Páginas: 256




04 abril 2014

La llamé Taxi

La llamé Taxi porque siempre me la encontraba en la parada. Nos mirábamos furtivamente, a veces, me sonreía y terminé enamorándome en silencio.
Un día dejé de verla sin saber porqué. 
Después de unos meses la encontré en la sala de espera de mi bufete.
Cuando la recibí, me preguntó:
—¿Nos conocemos?
Le sonreí y le dije que sí. Le recordé nuestros encuentros matutinos y volvió a sonreír. Sí, se acordaba de mí, me dijo.
Le pregunté cuál era el motivo de su visita. Me contestó que quería divorciarse.
Entonces pensé en el capricho del destino y sonreí.

01 abril 2014

Se jubiló sin despedirse.

Reedición


Me lo encontré en el supermercado, después de casi dos meses de su jubilación. Lo observé desde lejos, mientras metía en el carro de la compra, algunos productos que cogía de la estantería. Recordé que se había ido sin despedirse. Se jubiló, adiós y muy buenas. Siempre tuvo un carácter difícil, retraído, solitario y había tenido, sus más y sus menos, con la mayoría de los compañeros, incluso conmigo, que soy un ángel del cielo.
Decidí acercarme y saludarlo. 
 Casimiro! —le grité desde el otro lado del pasillo.
Pareció no haberme oído. Reflexioné unos instantes si seguir insistiendo o seguir mi camino. Pero volví a la carga, impostando la voz como hacía en mis perdidos tiempos de tenor.
—¡Casimiro!
Entonces, giró la cabeza, se quitó las gafas de cerca y se puso las de lejos. Levantó el brazo y me saludó. Yo aproveché el momento y me acerqué, luchando con las ruedas delanteras del carro, que se dirigían, sin remedio, hacia las estanterías, atraídas por fuerzas inescrutables.
—¿Qué tal te va después de la jubilación? —le pregunté con una sonrisa y tendiéndole la mano para saludarlo.
—Ahh, pues bien, tranquilo. Perdona, ¿Cómo era tu nombre?
Yo me quedé desconcertado durante unos segundos. ¡No se acordaba de mi nombre! Y mi nombre no es precisamente de esos que se olvidan con facilidad.
—Tancredo —le contesté con un mohín de enfado.
—Ohhh, perdona, sí, ahora lo recuerdo. ¿Y cómo va todo por el trabajo?
—Igual. Sabes que en la empresa todo va bien, el dinero siempre hace falta hasta para morirse.
—Sí, sí, eso es verdad —me dijo como queriendo huir de aquella situación.
—Me sorprendió que te fueras sin despedirte. No sé, podíamos haber hecho algo, un pequeño convite.
—Ah... ¿Sí? —preguntó incrédulo— No se me ocurrió. Quizás un día vaya y les lleve una caja de bombones. No soy amigo de eventos sociales. Soy muy antisocial.
—Como quieras. Veo que estás muy ocupado con tu compra. Pues nada, que todo te vaya bien después de tu jubilación.
—Siempre hay cosas que hacer. A lo mejor nos vemos otro día por algunos de estos pasillos.
—A lo mejor.
Lo vi alejarse, hasta que se perdió en el pasillo de los lácteos.
El lunes siguiente, un mensajero trajo una caja de bombones de chocolate, con una pequeña tarjeta firmada por Casimiro. Yo sonreí, pensé que en el fondo tenía buen corazón, que había reflexionado y que los había mandado como para disculparse por no haberse despedido.
Todos dimos buena cuenta de tan dulce regalo. No quedó ninguno. 
No pasaron más de treinta minutos en que todos, sin excepción, tuvimos que salir corriendo hacia los servicios, cagándonos por la patas «pa' bajo».
Sentado en el retrete, con unos retortijones que me llegaban hasta el alma, me maldije por habérmelo encontrado en el supermercado y pensando, que al final, la cabra, siempre tira «pal' monte».






30 marzo 2014

La carta

Nunca había entrado en un rastro de segunda mano, pero hacía más de un año que vivía del subsidio de desempleo, con el que, a duras penas, pagaba el alquiler e intentaba llegar a fin de mes como podía.
Un Expediente de Regulación de Empleo lo había puesto de patitas en la calle, después de veinte años de dejarse la piel en aquella casa de ratas, en el que se había convertido su empresa.
Al entrar se detuvo por unos instantes, mirando para un lado y para otro, buscando una razón para girar sobre sus talones y salir por donde había entrado. Pero la situación estaba jodida por todas partes. La crisis había gangrenado todos los sectores de la economía y amenazaba con dejar a mas de uno en la cuneta, pudriéndose con su vanidad y su gloria. No perdía nada por echarle un vistazo a las oportunidades que ofrecía aquel rastro que vendía, desde una cafetera de dos tazas hasta una cama de un matrimonio divorciado.
Fue directamente hasta la zona de la ropa, que era lo único que le interesaba. En una primera ojeada, no encontró nada que le gustara, hasta que vio un pequeño abrigo azul marino, tres cuartos, con el bolsillo izquierdo algo descocido. Se acercó, cogió la etiqueta y leyó que costaba cinco euros. Lo sacó de la percha y se lo probó mirándose en el espejo, comprobando que estaba totalmente forrado interiormente y que le venía de perlas para sobrellevar el frío invierno.
Se dirigió al dependiente y le comentó que se llevaba el abrigo, dándole los cinco euros que costaba.
Salió de la tienda en dirección a la parada de guaguas más cercana para volver a su casa. En la mitad del trayecto, notó un pequeño bulto en la parte izquierda del abrigo. Desabrochó los primeros botones, buscó en el bolsillo interior, sacó un sobre, lo abrió, extrajo el folio del interior y empezó a leer la carta:

«Estimado Gabriel:
Hace semanas que no sé nada de tí. Me imagino que la situación actual te ha superado, pero tanto tú como yo, somos los únicos responsables de lo que hoy estamos viviendo.
Samuel es simplemente un actor secundario que ha interpretado el papel que nosotros le hemos escrito. Él no es responsable de nuestro alejamiento y del deterioro absoluto de nuestra relación. Solo se ha metido en una cama que le han permitido entrar. Se lo hemos permitido, tú, con tu indiferencia y yo, por mi cansancio. Sí, mi cansancio. Porque estaba cansada de tu indolencia, de la ausencia de tus besos, de tus abrazos y de aquel estatus quo helado, cuyas estalactitas nos habían condenado al olvido.
Mataste nuestro amor. Es duro lo que digo, lo sé, pero lo mataste. Desconozco cuando fue el momento exacto de la primera puñalada, quizás fue la primera noche que dejamos de hacer el amor.
Nos convertimos en seres desconocidos, que vivíamos y compartíamos casa y comida, pero nada más.
Te preguntarás por qué me metí en la cama con tu mejor amigo. No lo sé, te juro que no lo sé. Simplemente ocurrió, porque tenía que ocurrir. Aquella tarde cuando nos encontraste en casa, no había nada planeado; no pienses mal ni de mí ni de Samuel. Él vino a buscarte para ir juntos a la oficina de empleo, pero ya te habías ido. No puedo explicarte lo inexplicable. No puedo.
Estoy convencida de que estas palabras caen en saco roto, porque tú ya has tomado una decisión.
Solo quiero decirte que fue bonito mientras duró. Muy bonito. Fui muy feliz junto a ti. Solo quería que lo supieses.
Para finalizar, me gustaría que un día, cuando todo esto se enfríe un poco, nos pudiéramos ver, porque tenemos algunas cosas materiales que resolver, ya sabes, la casa y los ahorrillos.
Que seas feliz y espero verte pronto.
Micaela

Guardó la carta en el sobre y lo metió en el bolsillo delantero de la pelliza. No pudo evitar pensar en su matrimonio, en su mujer Elisa, y en su hijo Mateo. A pesar de las dificultades, eran una familia feliz.
Volvió a sacar el sobre para ver si había alguna dirección. Quería devolver esa carta tan íntima a su legítimo propietario. Había tenido suerte, el lavado, al que había sido sometida la prenda, no había borrado del todo la dirección y la pudo leer sin mucha dificultad.
Miró su reloj. Tenía tiempo suficiente para buscar la dirección e ir al lugar donde vivía Gabriel. Lo primero que hizo, al bajarse de la guagua, fue preguntar al primer policía local que encontró por la calle. El agente le indicó que la calle en cuestión estaba en la barriada de Zárate. Después averiguó que tenía que utilizar dos líneas de autobús para llegar al barrio. Una vez allí, después de algunas indagaciones y algunas preguntas a los vecinos, conoció la ubicación exacta de la calle que estaba buscando. La recorrió de arriba a abajo, hasta que encontró el número del portal que indicaba el sobre. Buscó el piso y tocó en el portero automático. Esperó unos momentos. Como quiera que no obtenía respuesta, volvió a tocar, hasta que al otro lado del telefonillo se oyó la voz de mujer.
¿Si? ¿Quién es?
Pregunto por Gabriel Márquez
¿Quién pregunta por él?
A ver como me explico… Prefería subir para hablar con usted en persona.
Pues suba, suba.
La puerta del portal se abrió después de un crujido metálico y eléctrico. Subió las escaleras de dos en dos hasta que llegó al tercer piso. Encontró en el rellano a una mujer demacrada, de pelo blanco, enjuta, con grandes ojeras y que no sobrepasada el metro sesenta.
Bueno, usted dirá.
Esta mañana compré este abrigo y me he encontrado esta carta que pertenece a Gabriel le comentó enseñándosela.
He reconocido el abrigo desde que lo vi. Era de mi hijo. Donamos todas sus pertenencias a una organización benéfica.
Esta carta es muy personal. No he podido evitar leerla dijo disculpándose—, y me gustaría entregársela personalmente.
No se preocupe. Pero creo que eso es imposible. Mi hijo ya no está entre nosotros. Se quitó la vida tirándose por el puente Silva hace más de cuatro meses le informó conteniendo el llanto.
Lo siento señora... No sabía...
Tranquilo. Qué iba usted a saber. Nos cogió a todos por sorpresa. Era tan joven. Pero con la carta, haga usted lo que quiera.
Entiendo. No la molesto más y perdone.
No hay nada que perdonar. Le agradezco su preocupación dijo empezando a cerrar la puerta.
Esperó a que la pequeña mujer desapareciera tras la puerta, para bajar cansinamente las escaleras, digiriendo la noticia del suicidio de aquel desconocido que había ocupado media mañana de su vida.

28 marzo 2014

Hasta el infinito y más allá


Subió al taxi y el taxista le preguntó:
—¿Dónde lo llevo?
—Hasta el infinito y más allá.
El taxista lo miró por el retrovisor y le dijo:
—Eso sale de mi ruta. Para ir tan lejos necesito la palabra clave, ¿la sabe?
—¿Le vale, capricho?
—Sí, me vale. Estos viajes siempre son un capricho.
El conductor presionó un botón rojo y taxi se transformó en una nave espacial que atravesó el espacio interestelar a la velocidad de la luz.
Cuando estaba orbitando el taxista le dijo:
—Por cierto, me llamo Buzz Lightyear y recuerde, esto solo ocurre en su imaginación.