19 septiembre 2018

El color del reciclaje

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No hay que olvidar el color del reciclaje.
Don't forget the color of recycling.

17 septiembre 2018

Summer time

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Hat, flip-flops, sun, sea, sand and good company.
Photograph taken with Acer Liquid Z630

15 septiembre 2018

Amor fraterno

Sofía Strantur estaba tumbada sobre un prado, dejándose llevar por la imaginación. De su caseta de campaña salía el murmullo de su canción, que se repetía, una y otra vez porque no se cansaba de escucharla.
You're in my head. You always have been since the moment you left.
You're in my head and I can never forget you.
Observaba como las estrellas iban conquistando el universo mientras la noche extendía su manto diario. Ella hacía remolinos con un ramillete de su pelo, sin perder de vista las estelas de las estrellas fugaces, que atravesaban la vía láctea y que desaparecían en un instante. Entonces cerraba los ojos y pedía un deseo. Siempre el mismo porque todavía no se había cumplido y, por supuesto, no esperaba que se cumpliese. Borrar un pecado con un deseo, no es una tarea fácil y menos uno como el que ella cometió. Un pecado para el resto de mundo, pero no para ella. Amar nunca es un pecado.
¿Se podría tocar el cielo con la punta de los dedos? Sí, sí se puede. Ella estuvo a unos milímetros de tocarlo. Sin embargo, tuvo que renunciar al cielo y al amor y se fue para jamás volver porque no está bien visto que te enamores de tu hermana; la misma sangre no es compatible con el amor; eso decían ellos y están equivocados.
Fuente de las imágenes: Pixabay y @talentclub

14 septiembre 2018

El de la mesa del rincón

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Ya sé que no me conoces, que no sabes quién soy, que solo soy el de la mesa del rincón, el del café solo, el del croissant con jamón, el del periódico y también, lo sé, el cascarrabias, ese que te habló de mala manera el primer día, aquel en que te pedí un café solo y me trajiste un cortado largo, pero que, cuando me miraste y te disculpaste, algo desconocido comenzó a transformarse dentro de mí.
Sin embargo, no sabes que, desde hace mucho tiempo, desde nuestro primer encuentro, desde el primer día en que me perdí en el negro azabache de tus ojos, desde el primer día que oí tu voz cantarina, desde el primer día que rocé tu mano, desde el primer día que me mantuviste la mirada y me sonreíste, desde primer día que te preocupaste por mí y me preguntaste cómo empezaba el día, desde esos días, estoy enamorado de ti.
Y vengo a esta cafetería ya no solo a matar el hambre de la mañana, que se multiplica en las horas de insomnio en las que pienso en ti; ya no solo a leer el periódico y asquearme de las mentiras que también se multiplican como las bacterias en las aguas fecales y ya no solo a enterrar el tedio que me atenaza y que me ahoga. Me acerco hasta aquí porque quiero volver a verte, porque quiero pedirte el café solo, que te acerques a mí y oler ese perfume, casi imperceptible, de las flores de primavera, porque te has convertido en ese maná que me alimenta, ese manantial que aplaca mi sed, que borra del mapa la pesadumbre y también calma a la fiera que me atormenta, que quiere salir a devorar lo que se le ponga por delante.
Tú haces que levante por las mañanas y que, por arte de magia, se me dibuje una sonrisa con solo pensar en ti y que las mañanas sean más luminosas que las de ayer.
Pero ya sé que poco tengo que hacer; he visto al cuarentón de traje y chaqueta, que te viene a buscar a la hora del cierre con una sonrisa que le llega hasta las orejas. También sé, los chismorreos solo necesitan un oído atento, que el cuarentón te conoció aquí, que es director de un gran banco, que dejó a su mujer y a todo el mundo que él tenía a sus pies.
Pero no lo critico, porque yo hubiera hecho lo mismo, aunque yo no tengo nada que dejar atrás, quizás solo mi mísera existencia. Pero sí, yo también lo hubiera dejado todo por ti, por tener tu mirada en las noches de soledad, por tener tus manos para calentar las mías, por ver tu sonrisa entre el tumulto de los cafés solos, los pinchos de tortillas, las pulgas de queso tierno y las medias raciones de ensaladilla rusa.
Sí, ya sé que no me conoces, soy el cascarrabias del café y el croissant con jamón del rincón, pero no sabes que has cambiado mi vida, que, en silencio, me has hecho mejor persona, una persona que disfruta de la vida, del canto de un pájaro, de la hermosura de un amanecer, de la belleza de una flor o de la insignificancia del café bien hecho y lo más importante, has excavado los primeros centímetros de la fosa para enterrar al miedo a la vida.
Sin embargo, no pretendo ir más allá, solo quedarme con lo que tengo y con lo que me das, ni más ni menos y pensar que eres como un salvavidas al que me agarré cuando estaba a punto de ahogarme.
Fuente de la imagen: Pixabay

13 septiembre 2018

Arte callejero

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Sigo con la serie de graffiti que están por mi barrio, en este caso la continuación del mural sobre el antiguo Egipto.
I continue with the series of graffiti that are in my neighborhood, in this case the continuation of the mural on ancient Egypt.

12 septiembre 2018

Las madres y nuestros fracasos

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Muchas veces no consideramos el valor que tienen nuestras madres, que siempre están ahí, en las verdes y en la maduras, pero sobre todo cuando más nos hace falta el apoyo incondicional en nuestros fracasos, en nuestras penas y en nuestras tristezas. Cuando somos felices y el viento sopla a nuestro favor, también están ahí, aplaudiendo en desde un rincón, casi invisibles.
Sin embargo, cuando las cosas se tuercen son las primeras de la fila para prestarnos el apoyo necesario para que podamos salir adelante y sin pedir nada a cambio.

El callejero del jubilado

Cuando se jubiló no quería hacerlo. A diferencia del resto de sus compañeros, él quería seguir trabajando. Hizo todo lo posible para retrasar su jubilación y logró que lo jubilaran a tres meses de cumplir los setenta años. Él quería quedarse entre sus viejos papeles, en aquel archivo histórico que parecía que a nadie interesaba. Tenía la extraña sensación de que, si dejaba su trabajo, nadie lo continuaría. Él sabía cómo funcionaba la administración cuando se trataba de la cultura del conocimiento y ese era su mayor temor. 
Se quedó con las últimas palabras de joven Jefe de Servicio de Archivística Documental:
—Gregorio, no se preocupe, cuidaremos bien de sus papeles y recuerde que nadie es imprescindible. El mundo seguirá girando a la mañana siguiente de que usted se vaya. 
Así que un día se vio en su casa sin nada que hacer. Un hombre soltero, sin hijos y sin perro, ¿qué haría? Tendría que buscar algún entretenimiento, una ocupación que alimentara las horas muertas que tenía por delante. 
Lo primero que hizo fue ir a la perrera municipal. Necesitaba un compañero y qué mejor que un perro. Eligió un «mil leches» de tres colores, marrón claro, negro y blanco al que llamó Pergamino. Lo segundo fue comprarse un equipo informático de última generación, contrató la fibra óptica para conectarse a Internet y se matriculó en un curso de ofimática básica en la Escuela de Adultos de su barrio.
A partir de ese momento comenzó a salir a la calle, a primera hora, a sacar a Pergamino. Aprovechaba los paseos para caminar y seguir las recomendaciones de su médico porque era muy importante para mantener los parámetros de salud en el nivel deseable porque la edad no perdona.
En uno de esos paseos matutinos se detuvo en una vía y leyó el nombre de la calle: 
Eustaquio Del Monte Siberio. 
Sacó su libreta y apuntó el nombre. Al llegar a su casa encendió el ordenador y abrió el navegador siguiendo las instrucciones de la guía didáctica que le entregaron en la Escuela de Adultos.
Tecleó el nombre y lo entrecomilló para restringir las búsquedas. Al poco le salieron algunas referencias, pero solo encontró artículos superficiales que no profundizaban en la figura del Eustaquio Del Monte Siberio, pero sí supo que era un maestro de escuela que colaboró en el desarrollo y la universalización de la educación en su ciudad a finales del siglo XIX.
Lejos de desmoralizarse siguió su búsqueda en Internet y localizó una página que dependía de la Universidad, en la que tenían todos los periódicos de la ciudad escaneados, realizó una búsqueda y encontró algunas referencias importantes sobre el maestro de escuela, que fueron suficientes para ir al Archivo Histórico y seguir con su trabajo.
Volvió a su antiguo trabajo y, para su sorpresa, habían contratado a una chica joven, no tendría más de veinticinco años y que era más que competente.
Después de un mes de trabajo en el archivo, ya tenía datos suficientes para hacer un artículo sobre la figura del insigne maestro de escuela.
No sabía qué hacer con esa información, pero sí tenía claro que tenía que hacer un artículo de referencia utilizando el procesador de texto de su ordenador, y eso hizo. 
Después habló con el joven profesor de ofimática de la Escuela de Adultos. Le contó lo que había realizado y preguntó que qué podía hacer con la información. El profesor le dijo que creara un blog, que no era difícil y se ofreció a echarle una mano.
Al poco ya tenía el blog creado y lo llamó:
«Los nombres de nuestro callejero»
Después de haber subido la primera entrada de su blog, volvió a salir con Pergamino y se detuvo delante de otro nombre de otra calle, esta vez «Barlovento». Apuntó el nombre y al llegar su casa se puso a trabajar. Esta vez fue más fácil encontrar referencias a ese nombre, pero Gregorio no se quedó ahí, buscó el significado etimológico de la palabra y realizó una entrada muy cuidada para su blog en la que explicaba el origen de la palabra en cuestión.
Gregorio siguió recorriendo la ciudad, apuntando los nombres de las calles y realizando la entrada correspondiente en su blog de Internet  hasta que completó el callejero de su ciudad.
A los pocos meses de haber concluido el trabajo, le llegó una oferta de su ayuntamiento en la que le planteaban la publicación de la totalidad de su blog y al tiempo le llegaron otras ofertas de municipios vecinos que querían tener un trabajo parecido al de la ciudad de Gregorio.
Gregorio aceptó el trabajo de uno de los municipios vecinos, que le ofrecieron hospedarse en un hotel rural, propiedad de la corporación con todos los gastos pagados, a cambio de realizar el trabajo. El jubilado no se lo pensó dos veces y se mudó a la ciudad vecina con su perro Pergamino
Sentado en la terraza de hotel tomando un té a eso de las cinco, Gregorio pensó que ya no tendría tiempo de aburrirse, que tendría todo el tiempo del mundo para pasear con su perro y disfrutar de lo que le quedaba de vida haciendo lo mejor que sabía hacer.

Fuente de la imagen: Pixabay