25 junio 2018

Entre tréboles, picas, rombos y corazones

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Él sabía que suerte era un ser que no tenía dueño, que no había manera de atarla en corto, que, a la primeras de cambio, se te escapaba y no volvías a verla en mucho tiempo.
Lo había probado todo, tocar madera, los tréboles, los santos patrones y hasta el dorado gato chino, pero no había manera. La suerte lo había abandonado.
Recordó los tiempos aquellos en que la suerte le sonreía, aquellas partidas interminables con los tahúres que ya se conocían como hermanos, sus gestos, sus tics, sus sonrisas socarronas y hasta el olor cuando la partida se torcía. Tiempos en los que ganó mucho dinero y la suerte lo abrazaba con fuerza, hasta que una noche lo perdió todo.
Ahora entra en un bar, se detiene delante de una máquina tragaperras y busca, en sus bolsillos, una moneda que sabe que no tiene. Se queda hipnotizado viendo el baile, monótono, de las picas, los rombos, los tréboles y los corazones, hasta que alguien le toca en el hombro y le dice que se aparte. Entonces se da media vuelta y se va. No le gusta ver cómo la suerte le sonríe a otros.
Entonces, antes del anochecer, se va al viejo puente que está a las afuera de la ciudad, para encontrar un buen lugar a sotavento donde dormir entre cartones. Allí, entre la duermevela, cuenta los días que le quedan para que le ingresen los cuatro cientos ochenta y cinco euros de la paga no contributiva y darse una ducha, afeitarse y dormir una noche en caliente en una pensión de mala muerte.
A la mañana siguiente buscará una buena partida y ver si le cambia la suerte. Sin embargo, el se olvida que la suerte es esquiva, que se pierde en los vapores etílicos, en la noche oscura y entre los tréboles, las picas, los rombos y los corazones.

Fuente de la imagen: Pixabay


24 junio 2018

La contraluz y su silueta

Las fotos a contraluz tienen ese toque especial que las hace diferentes.


23 junio 2018

Reflejo de palmera

Las sombras también tiene su punto de hermosura, como lo es el reflejo de esta palmera en la piscina.
The shadows also have their point of beauty, as is the reflection of this palm tree in the pool.

22 junio 2018

El apuntador



No había razones para seguir. Detuvo su carrera buscando un poco de resuello. Apoyó las manos en las rodillas y vio como se alejaba para siempre. Él sabía que ella no volvería a pasar por allí. Bueno, siendo realistas, si volvería a pasar, pero él sabía que lo haría de una forma diferente, porque ella cambiaba todos los días, nunca llegaba  igual; cada día de una forma distinta. Así era su forma de ser y así era su existencia. Cambiantes como las olas del mar.
Su corazón intentaba volver al reposo cotidiano. Después de unos minutos de descanso, sus pulsaciones volvieron al estado normal. Se detuvo a mirar los dígitos del cronómetro, que parpadeaban en la pantalla digital de su reloj, aquel que le había regalado su padre, para conocer la hora exacta en la que se había ido.  
No comprendía qué había pasado. Rebuscó dentro de su abigarrada mochila y, a tientas, encontró su pequeño bloc de notas, lo sacó, se sentó en el banco de la marquesina y apuntó la hora exacta: 8:14:30 Esta vez se había adelantado treinta segundos. Observó como la guagua se perdía entre la bruma de la mañana, pensando que las guaguas son unos máquinas muy impuntuales y que su tesis doctoral con el nombre provisional: 
La curva del tiempo y su influencia en la ruta de línea 343. Consecuencias estructurales en la productividad laboral.
Se estaba poniendo cada vez más interesante y que estaba llegando, sin lugar a ninguna duda, a demostrar la hipótesis planteada.

 Fuente de la imagen: Pixabay

21 junio 2018

Efectos digitales

No soy un experto en efectos digitales, pero de vez en cuando me gusta jugar y a veces salen cosas muy hermosas.
I'm not an expert in digital effects, but every now and then I like to play and sometimes beautiful things come out.

20 junio 2018

19 junio 2018

Una cuestión inesperada



Pascual se levantó temprano, como siempre. La rutina le había marcado el paso desde que tenía quince años, cuando comenzó a trabajar y no había dejado de hacerlo, incluso, después de su jubilación.  Se dirigió a la nevera con paso cansino, la abrió y comprobó  que no tenía nada; ni siquiera un bote de leche para hacerse el cortado de las mañanas. Se acercó a la cómoda, abrió el cajón y allí estaban los últimos treinta euros que tenía. Suficientes para hacer la compra de la semana, hasta que le ingresaran los novecientos euros de la pensión.  Cogió los treinta euros y pensó de qué le habían servido los más de cuarenta y cinco años de trabajo trabajando en la tabaquera. Solo para romperse el lomo. 
Se vistió con el chándal azul que siempre tenía más a mano. Lo más cómodo y práctico. Atrás habían quedado los días en los que le gustaba emperifollarse con alguno de los treinta y dos trajes que llegó a tener, pero cinco años antes de la jubilación comenzó a querer salir menos; perdió el gusto de sentirse un dandi y se sentía más que a gusto en su cueva, como él denominada a su casa.
Fue al supermercado caminando, que estaba a más de medio kilómetro de su casa y llenó una cesta con los productos principales, pan, leche, fruta, carne, algo de verdura y un poco de embutido. Salió con cinco bolsas dispuesto a regresar a su casa, pero se detuvo, un dolor intenso le bajó desde la cadera hasta el talón y le paralizó el pie derecho. La ciática estaba volviendo a hacer de las suyas. Soltó las bolsas en el suelo y se apoyó en un árbol cercano para coger un poco de respiro. Se metió la mano en el bolsillo y sacó los cinco céntimos que le había devuelto el cajero. Vio un taxi, levantó la mano como pudo, el taxista paró muy cerca suyo, se subió y con un quejido le indicó donde quería ir. 
Una mujer rubia observaba la escena desde la otra acera, cruzó y llegó al lugar donde estaba Pascual, miró a un lado y otro, mientras veía como Pascual se alejaba en el taxi. Cogió las cinco bolsas y se marchó calle abajo con la compra de la semana.
Por el camino, Pascual se percató de dos cosas: que había perdido la compra y que sería muy difícil explicarle al taxista que solo tenía cinco céntimos para pagarle la carrera.

Fuente de la imagen: Pixabay